Observando

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”

Por el 25 mayo, 2018

La frase Ama a tu prójimo como a ti mismo representa la llama nuclear de todo el evangelio. Su mensaje no solo hace referencia a la relación con uno mismo en el camino del autoconocimiento, sino que a su vez señala la necesidad de ensanchar los propios límites e incorporar compasivamente al otro desde la versión más evolucionada de uno mismo.

 

La vivencia de amarse a uno mismo se confunde a menudo con la autoestima u otros aspectos psicológicos; sin embargo, en su más amplia dimensión, el amarse sólo es posible desde un grado suficiente de auto consciencia. De hecho, el amarse a uno mismo conlleva un progresivo darse cuenta y aceptar, no sólo tras integrar la propia sombra psicológica, sino también por haberse reconocido en la identidad profunda o ser esencial que todos somos.

Se trata éste de un reconocimiento que, en la mayor parte de los casos, requiere cierto grado de observación y silencio, dos prácticas que pueden disolver las barreras del corazón y desplegar la capacidad de amar.

 

Podemos preguntarnos si será posible amar lo que no se conoce o a quien realmente no se conoce. Esto nos remite a las conocidas palabras del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás a Dios”. En este caso el “uno mismo” no es el conjunto de pautas psicológicas, sino la esencia o nuclear mismidad.

 

En realidad, conocernos es amarnos.

 

A lo largo del desarrollo humano, el amor y la consciencia se integran de tal forma que no puede entenderse lo uno sin lo otro. A mayor consciencia más amor, y a mayor amor más consciencia. En realidad, la cualidad que da valor e identidad al amor y la compasión es precisamente el nivel de consciencia de quien lo vivencia.

 

El ser humano que ya ha devenido como ser individualizado está capacitado para elegir conscientemente amar, es decir, ponerse en el lugar del otro y abrirse a una dimensión más profunda y bondadosa de su ser. De hecho, cuando se da la mencionada voluntad de amar pareciera que el Universo responde abriendo nuestro corazón y atestiguando dicho florecimiento desde la plena consciencia.

 

El hecho de querer ir más allá del ego y dar un paso adelante florece en el Amor Transpersonal, es decir, un nivel que permite descubrirnos como habitantes de la Humanidad Una, reflejo de nuestra identidad mayor. Vemos entonces que el ‘yo de los comienzos’, tan prepersonal como egocéntrico, dio lugar al paso siguiente o nivel del yo consciente para, finalmente, dar otro salto y realizar los potenciales del ser transpersonal. El hecho de vivir este salto permite captarnos como totalidad de un universo holográfico y sentir la inspiración arquetípica del amor del Cristo Cósmico.

 

Tan sólo con tratar de comprender la magnitud del significado que encierra el “amar al otro como a uno mismo”, permite descubrir la realidad que se halla más allá del ego y el verdadero significado del amor.

 

Muchos seres humanos nos preguntamos cómo hacer para lograr amarnos a nosotros mismos, sin confundir este camino con el simple hecho de estar satisfechos de nuestros logros.

 

En este sentido, el mensaje evangélico señala al amor como identidad profunda y la armoniosa relación con la vida que tal dimensión desencadena. Esta relación conlleva la aceptación de lo que hay, aceptación envuelta en comprensión amorosa de los múltiples efectos colaterales que el ego enfrenta.

En realidad, cuanto más profunda y esencial es la identidad, o consciencia de nuestra propia mismidad, más pequeños resultan los conflictos de la identidad superficial que habita dispersa entre anticipaciones y recuerdos.

 

Cuando nos damos cuenta de que vivimos “centrados”, significa que estamos abiertos a la fuente interior que en todo momento guía por el sendero medio de la vida sencilla. El hecho de “sentirnos centrados” conlleva estar atentos a la inspiración que nace desde un ‘más allá del pensamiento racional’. Es entonces cuando la sabiduría del corazón se muestra floreciente y cualquier brote de agitación emocional no tarda en posarse serena. Cuando tal estado nos encuentra, podemos escuchar el latir de los valores nobles del corazón.

 

A mayor amor, también será mayor la capacidad de empatizar con el otro. Se trata de un nivel de consciencia que supera la identificación del “ombligo narcisista” de los primeros escalones de evolución. Durante tales escalones no somos capaces de tener en cuenta al otro o bien de hacernos cargo de las emociones de nadie, ya que bastante tenemos con vivir con las nuestras, es decir, con nuestras propias frustraciones y conflictos. Solo cuando maduramos y nuestras emociones se templan es cuando podemos ampliar la mirada hacia las necesidades de los seres que se cruzan en nuestro camino de vida y servir a la comunidad eficazmente.

 

El verdadero compromiso de amar al otro como a uno mismo, más allá de si nuestras acciones gustan o no a los demás, está en la pureza del corazón como cualidad necesaria para atravesar ropajes de autodefensas. Sucede entonces que el discernimiento y la firmeza acompañan la acción en sintonía con el ser esencial, una acción que vela por la armonía universal, aunque sus caminos tracen vericuetos insospechados.

 

El comienzo evolutivo gira en torno a uno mismo, más tarde se amplía al llamado “otro” para seguir creciendo hacia una visión universal que integra en la consciencia la multiplicidad de las formas. Y aunque durante el proceso de individualización tan solo cuenta e importa lo que le pasa a uno mismo, no por ello dejamos de intuir que, en esencia, todos somos uno, y que lo que al otro le sucede no resulta ajeno a una íntima mismidad en la que todo es.

 

Tal y como conocemos nuestro mundo postmoderno, da la impresión de que hay diversidad de niveles evolutivos coexistiendo en infinitos mundos humanos. Sin embargo, frente a tal diversidad de tendencias, creencias y culturas de la actual Humanidad, la carrera evolutiva hacia el amor consciente es un común denominador de esta carrera evolutiva que enfrenta la raza humana.

 

Y en este sentido, las palabras del evangelio Ama a tu próximo como a ti mismo son una guía perfecta que va más allá de la gran multiplicidad de formas en la que la vida encarna.

 

Por más tecnología que la ciencia nos ofrezca, y por más desarrollo que nuestra inteligencia alcance, parece no haber camino mejor para encontrar la paz profunda que el vivir en el amor y sintonía con los valores nobles del corazón.

 

 

Testimonio de vida

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”

 

El milagro del amor y la compasión. Me llamo Lidia Rodriguez. Soy actriz y terapeuta transpersonal. La experiencia que a continuación me dispongo a relatar me sucedió hace 19 años, durante mi viaje a Italia en un caluroso 9 de julio. 

 

Me encontraba de paso por Milán para firmar un contrato con la productora que se estaba haciendo cargo de mi nuevo proyecto teatral, una obra que realizaría en Suiza. Aquella tarde tenía sin falta que tomar un tren allí hacia Zurich en donde me esperaba la compañía de teatro con la que me disponía a trabajar un mes y medio. 

 

Aquella mañana tras firmar en la empresa y ya de regreso al hotel decidí tomar el metro. Y sucedió que acelerada como iba, tropecé y caí rodando estrepitosamente por las escaleras. Mi dolor fue tremendo, el pie me dolía muchísimo, no me podía mover, lloraba desconsolada. Al poco se acercaron varias personas a socorrerme mientras yo en el suelo observaba el revuelo.

 

 –Esta chica no se puede levantar– Decía una mujer.

-–Tiene una fractura en el pie– escuché decir. –Se ha roto el tobillo–. 

 

En aquel pequeño grupo se encontraba un hombre de mediana edad que trató de tranquilizarme sin éxito, ya que me sentía tan impotente y frustrada que no podía más que lamentarme y llorar. Aquel personaje con la ayuda de otras tres personas me subió a un taxi para llevarme al hotel. El caso es que yo no podía dejar de llorar, así que no sé bien como sucedió, pero el caso es que en un dos por tres me vi en la habitación de mi hotel con aquel desconocido colocándome hielo y diciéndome lo importante que era irnos al hospital para ser atendida por un especialista. 

 

Tengo en el recuerdo un dolor que, aunque nacía del tobillo roto, todavía dolía más la el no llegar a presentarme en Zúrich. ¡Había luchado tanto por conseguir aquel contrato! No había otra que presentarme allí como fuese. Llevaba miles de horas invertidas y todo se derrumbaba.

 

Entre sollozos le decía horrorizada: “Esta tarde tengo el billete para Zúrich, no me puedo ir ahora al hospital, perderé en tren. Por favor lléveme a la estación, por favor. Allí me esperan”. 

 

Yo no sabía nada de esta persona, él no hablaba español y yo no hablaba Italiano y, aunque no nos entendíamos, su generosidad siguió creciendo hasta tal punto que llegada la hora de mi tren, cargó con mi maleta y me subió a un taxi que nos llevaría a la estación. Para mi sorpresa se compró un billete y me ayudó a acomodarme. Se quedó sentado enfrente y sonriendo callado me acompañó todo el viaje hasta la estación de Zúrich. Mi dolor era tal que no lograba recuperarme del shock. Creo que tan solo conseguí decirle entre lágrimas: “gracias, lo siento”. Por fin llegamos y, ¡Oh sorpresa! Aquel ángel viviente había llamado a unos conocidos suyos que esperaban en el andén con una silla de ruedas y cita para ir a un médico. 

 

Cuando me quise dar cuenta aquel hombre había desparecido montando al parecer en un tren de vuelta. Se llamaba Gian Luigi, ¡Es un ángel! pensé. En mi corazón hubo regocijo y gratitud, aquel ser me amó. Nunca supe más de él, pero vive en mi recuerdo mostrándome la senda.

 

 

La voz del corazón

Ante la fuente infinita de amor y en virtud de mi consciencia, me reconozco en la hermandad con todos los seres. Traigo a la presencia la profundidad de mi corazón al desnudo. Elijo pensarme capaz de amar desde la plena consciencia. Permanezco en la escucha de la sabiduría de mi corazón para relacionarme con el mundo desde la presencia compasiva.

 

Me abro a la inspiración del amor universal que me permite conocer, comprender y abrazar.

 

Abro mi corazón a la esencia del Misterio y me entrego a ser y servir. Que mis palabras y acciones nunca hagan daño, sino más bien contribuyan a discernir y clarificar.

 

Que todos los seres se vivan desde el amor y sientan la dicha de ser en el seno de una Humanidad Consciente y Compasiva

  

Práctica

Esta práctica se realiza cuando sentimos que nos encontramos demasiado determinados por nuestro propio ego y comprobamos que nuestras decisiones responden más a intereses egoístas que a un Win to Win. Se trata de una práctica para aquellos momentos en los que nos gustaría sentirnos movilizados por la confianza y el anhelo de servir, y, sin embargo, nos observamos viviendo en un trasfondo mental de temor y amenaza.

 

Ejercicio de siete pasos

  1. Toma varias respiraciones profundas, mientras relajas tu cuerpo y entornas los párpados para interiorizarte.
  2. Pon ambas manos en el corazón, tratando de sentir su latido.
  3. Visualiza una suave luminosidad de color rosáceo que, saliendo del corazón, comienza a llegar a todas las partes del cuerpo. Siente cómo esta luminosidad va produciendo una agradable sensación de bienestar al llegar a cada rincón del cuerpo. Observa cómo la luz rosácea penetra en el corazón de todas las células.
  4. Visualiza cómo la suave luminosidad sigue manando y traspasa los límites de tu cuerpo, llenando toda la estancia en la que te encuentras. Siente cómo todo el espacio que te rodea se impregna de amor.
  5. Conforme la gran esfera rosa sigue creciendo, incorporas dentro de ella a todos los habitantes de la casa. Más tarde, la luz rosácea y su agradable sensación de bienestar alcanza a la ciudad en la que habitas. Sigue creciendo e integra al continente…, para finalmente englobar a toda la humanidad y al planeta con todos sus reinos.
  6. Respira la sensación de totalidad amorosa y compasiva hacia todos los seres.
  7. Agradece el vivir y servir en el seno de una Humanidad consciente y compasiva.

 

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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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