Por el 21 enero, 2019

Nadie que enciende una luz la esconde bajo la cama, sino que la pone en el candelero para que alumbre a todos. 

Lucas 8,16 

 

A lo largo de la historia, cuando el ser humano ha descubierto algo que mejoraba su vida, ha sentido un gran deseo por compartirlo. Al parecer, estamos diseñados para extender hacia otros lo que para nosotros resulta valioso. La Inteligencia de vida nos ha diseñado como entidades sociales, penalizando el aislamiento y a su vez movilizando capacidades increíbles de vínculo que favorecen el crecimiento colectivo.

Está claro que nos necesitamos los unos a los otros para seguir progresando en la mejora continua de la vida que se genera al compartir. El deseo de comunicación no sólo tiene un móvil noble de bien colectivo, sino que además está sustentado por recompensas hormonales que nuestro cerebro regala al torrente sanguíneo en la acción de compartir con otros nuestro tesoro.

¿Podemos imaginar el júbilo que debió sentir Alexander Fleming cuando, a principios del siglo XX, descubrió el primer antibiótico de la Historia? Aquel acontecimiento aumentó espectacularmente la expectativa de vida de una Humanidad que se moría de meningitis, neumonías, sífilis…

¿Qué debió sentir aquel Dr. Fleming cuando, tras años de trabajo en su sótano londinense, comunicó al mundo que en sus manos tenía lo que podía curar a millones de seres estremecidos de dolor e impotencia? Lo más probable es que con aquella aportación su vida cobrara todavía más sentido. Tal vez sintió que su paso por este mundo tenía sabor a destino. ¿Pensaría acaso que un día moriría más tranquilo porque, entre otras cosas, dejaba realmente un mundo mejor al que encontró a su llegada? 

Por esa misma época, no es tampoco difícil imaginar cómo eran de oscuras las noches en aquellos barrios de Nueva Jersey, barrios en los que transitar suponía enfrentarse a las sombras repentinas y a peligros que se olían y oían, pero no se veían. ¿Qué debió de sentir el estadounidense Thomas Alva Edison, cuando dio a luz la primera bombilla de la historia?

Aunque parezca increíble, Thomas, quien además patentó cientos de inventos, sólo pudo ir a la escuela durante tres meses, lo cual invita a pensar que cuando el genio de la botella decide salir de su destierro, no precisa de currículums académicos. Aquel genio que visitó al Sr. Edison debió desplegar ante él un mundo futuro con increíbles focos y farolas que transformarían la noche de la Humanidad. Con aquel invento nos legó la manera de iluminar la oscuridad. 

Al evocar la iluminación y extender su significado a otro ámbito, uno se pregunta por qué a Buda se le apoda como “El iluminado”. Buda es conocido como el “avatar de la luz”, un ser que aportó al mundo un tipo de luz distinta a la que nos facilitó el Sr. Edison con la bombilla eléctrica.

La historia nos cuenta que Buda era un príncipe al que sus padres habían retenido en el interior de su palacio para que su mirada no se turbase con la miseria del mundo. Sin embargo, una noche, tras escapar de sus muros y visitar el exterior, fue testigo del gran sufrimiento que padecía el ser humano ante la pobreza, la enfermedad y la muerte. Al ver por primera vez tanto dolor, sintió una profunda conmoción.

El que un día devendría Buda decidió no detenerse hasta dar con un método capaz de sosegar la mente y hacer cesar el sufrimiento humano.

De inmediato, abandonó su palacio y emprendió el camino de búsqueda. Tras sucesivas vivencias y comprensiones, un día se detuvo bajo la sombra de un árbol y decidió entrar en silencio. Allí interiorizó la mirada hacia sus mundos internos más recónditos. Estaba determinado a no moverse hasta encontrar lo que conocemos como el estado de “iluminación”.

Desde entonces, “iluminarse” significa llevar el discernimiento y la atestiguación a niveles tan profundos y expandidos de consciencia, que la mente se libera de condicionamientos y alcanza la plenitud y la libertad.

La luz del Buda llegó a los rincones más oscuros de la sombra humana. La meditación como camino a la visión clara o “Vipassana” abrió las mentes y permitió a los viajeros de la vida continuar avanzando hacia espacios inusitados de lucidez y belleza.

Más o menos 500 años después, un sabio y amoroso maestro, Jesús el Nazareno que un día devendría “sagrado corazón”, dijo algo que pasmó a la muchedumbre que lo escuchaba en la montaña. Aquel gran iniciado osó ofrecer, a un pueblo empobrecido y humillado, 10 máximas conocidas como “Las Bienaventuranzas” que abrirían la puerta de un camino a la esperanza y la compasión en el mundo:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentiras toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande.”

Aquél inspirado ofrecimiento fue todo un abrelatas para el corazón de una Humanidad fragmentada en ideologías, castas y razas. A partir de aquel mensaje, la especie humana emprendería un largo camino de ascenso hacia la sabiduría del corazón. Aquel nuevo tipo de amor, tan incluyente como compasivoel amor al próximo–, fue germinando de generación en generación. Con el paso del tiempo fue fraguando el mensaje en códigos legales que reconocerían el derecho a la igualdad de todo ser humano.

La revolución de la misericordia y la compasión que Él comenzó permitió incluir y acoger a los menos favorecidos, al tiempo que posibilitó una visión incipiente de la hermandad y la concordia humana.

Tal vez, a lo largo de la vida todo ser humano descubre algún nuevo interruptor que puede aportar bienestar a su comunidad. Cuando así sucede y ponemos nuestro humilde “granito de arena” en ello, agradecemos que la vida nos haya dado tan bella oportunidad.

En realidad, la dicha de aportar es la verdadera base de un sistema económico sustentable. De hecho, el deseo de servir al mundo y emprender lo que se precise para hacer esta aportación posible, es uno de los grandes generadores de la prosperidad.

Tanto si queremos vivir dignamente de la retribución recibida por lo que aportamos, como si queremos donar nuestro talento de forma altruista, el anhelo de servir será la música de fondo del triunfo más verdadero de la orquesta humana.

Extracto de mi libro Un bidón de agua para atravesar el desierto 
(próxima publicación)
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JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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