Dhara, el fuego de Dios
Mágico vivir

Dhara, el fuego de Dios

By on 9 July, 2012
Tras editar el Tarot y experimentar sensaciones de “obra acabada”, me percibí influenciado por mi pasada experiencia en el monte griego de Meteora. Mi ser ya resonaba con el concepto de “aprender jugando”, por lo que asumí el reto de una nueva obra creativa.

Al desembarcar en Puerto Rico para realizar los tableros del futuro juego, abracé a mis viejos amigos Gradissa y Rafael, no si evidenciar la armonía que reinaba en aquella pareja. Lejos quedaban los días de aventura en México. Ahora Gradissa daba clases en la Universidad y Rafael era ya un cotizado pintor, presente en grandes subastas. Me alojé en el cuarto de uno de sus hijos y poco a poco comenzamos la pintura del futuro tablero de juego que sería un impresionante mandala.

Recuerdo que una tarde Rafael y yo visitamos una librería especializada en temas de evolución y conciencia. De pronto vi un lomo azul turquesa que de inmediato, convocó mi atención. Cuando lo toqué para ojearlo, me recorrió una descarga de energía eléctrica por la espalda. Solté rápido mi mano aún sabiendo que ese libro tenía respuestas, pues no era la primera vez que un aviso así me llegaba. Sin embargo, ofrecí resistencia. En cierto modo estaba cansado de leer libros que daban vueltas a las mismas cosas. Pero al salir de la librería, sucedió una sincronía de esas que de cuando en cuando llegan. La dueña del lugar que conocía a Rafael, despedía al español con una sonrisa y un regalo en sus manos: el gran libro azul turquesa.

Con aquel gran libro de sustrato filosófico Vedanta, comenzó mi verdadera iniciación a la Conciencia Testigo y con ella mi primera comprensión y vivencia, sobre “un más allá” de la mente lógica. En aquel viaje nacía el nuevo ciclo que mi ser buscaba. Poco a poco fui despertando al neutro observador interior y al reino transpersonal de la conciencia. De alguna forma, estaba sutilmente diciendo adiós a la etapa mítica de los Andes y saludando a su vez al futuro silencio de los Himalayas. Allí pues, me abriría a la psicología budista y a la milenaria filosofía Vedanta.

Durante dos años viajé con este libro en mi mochila y mi mente no dirigió su mirada a ninguna otra enseñanza. De hecho una vez leído y releído, trascribí sus reflexiones con pincel chino,destacando sus investigaciones más lúcidas y despertadoras. Subí muy alto de su mano hasta que pasados los dos mencionados años, me tocó descender a tierra y enraizar mi vida en la materia. Entretanto escribía mi libro El Observador Número 9, un relato mágico que de alguna forma cerraba un capítulo sobre la etapa de promesas de mensajeros míticos y canalizaciones de hermanos mayores venidos de otros planetas.

Una tarde de apariencia como todas, Rafael y Gradissa fueron invitados a una fiesta de cumpleaños en una casa mágica, de techos muy altos y de estancias llenas de esculturas y artesonados de escayola. Con la pareja, iba también este invitado que sus amigos llamaban “el español”. Al llegar me presentaron a Dhara, la dueña de la casa. Era una escultora de piel canela oscuro, pelo negro largo y un aura de misterio femenino en lo profundo de su mirada. Su esbelto cuerpo se parecía al de una gacela.

Desde que la vi, supe que era un ser especial y que algo había comenzado en mí ser a latir con fuerza. Contemplé despacio sus obras, cuadros y esculturas maravillosas que integraban vanguardia cultural y naturaleza. Al parecer acababa de exponer en una sala en New York .

Tras dos horas de conversaciones aquí y allá con diferentes invitados de la fiesta, llegó la hora de cortar el pastel de cumpleaños de Dhara. Las cuarenta personas más o menos que allí estaban, rodearon a la bella y se pusieron a cantar el “cumpleaños feliz”, apagando luces y encendiendo 35 velas. Ante algo tan personal y sintiéndome un poco intruso, me acerqué al grupo discretamente. En realidad no olvidaba que era un invitado de última hora. Observaba que todos aquellos hombres y mujeres eran amigos y tendrían con ella su particular historia.

Se hizo de pronto un silencio sepulcral. Todos callaron cuando a ella le llegó el momento ritual de cortar un trozo de tarta, un trozo que era tradición dar a alguien que ella seleccionaría entre todos los presentes, como elegido del alma. Era muy emocionante, aquella casa y las velas… Yo observaba a Dhara radiante, al tiempo que pensaba lo bella y carismática que era.

Y de pronto, ¡Increíble!

Aquella mujer me buscó con la mirada, se acercó ceremoniosa hasta mí, y ante el expectante silencio de aquel grupo, me dedicó aquella mágica ofrenda.

Ufff… algo sucedió muy dentro. En realidad lo intuí desde que la vi por vez primera. De aquel infinito silencio en el que nuestras miradas se sostuvieron, se pasó a un torbellino de aplausos y felicitaciones que llegaban de todos hacia mi persona. No podía ocultarlo, mi corazón estaba lleno de júbilo, intuía que el próximo tramo de vida traería grandes avances con la energía tan creativa de aquella princesa negra.

Dhara y yo a partir de aquella noche, comenzamos a dar paseos mientras el diseño de mi tablero mágico avanzaba. Entre nosotros fluían conversaciones llenas de descubrimiento, creatividad y sincronías que nos reconfortaban. Recuerdo que había una frase que, de alguna forma, se convirtió en el lema de nuestra particular filosofía: “De dentro a fuera”.

Una noche decidimos ir en grupo de amigos con sacos de dormir al Tambor, una montaña sagrada de frondosa vegetación y en la que a determinadas horas cantaban miles y miles de ranas en una auténtica sinfonía mántrica. Según comprobé aquel sonido que estas a miles emitían, sosegaba nuestra mente y abría insospechadas puertas a las moradas internas. Con nosotros vinieron gentes, entre otros un amigo periodista que también era de los que buscaban raíces y rastreaban las pistas antiguas que hablaban del sentido de la vida humana.

De pronto en una conversación sin importancia, salió el título de un escrito que cuando lo había descubierto hace años en México, no paré de hacerle fotocopias y regalárselo a toda persona con la que me cruzaba. El impresionante texto de corte fantástico hasta entonces anónimo, hablaba de un tal Doulus Oukoon, comandante de la flota intergaláctica de Sagitario que como lúcido enamorado, seguía la pista de su amada Helena Ukusa sobre el planeta Tierra. Al parecer su amada Helena, en un tiempo anterior sobre la hierba de Calíope, le había entregado sus anillos de amor y fuego sin permiso de los hierofantes. Como castigo, había caído en el olvido de sí misma en la Tierra, un planeta colonia para el tratamiento de la amnesia.

El relato tocaba temas muy trascendentes en un ambiente cósmico. Era fascinante el amor consciente de dos grandes seres, el castigo por romper las reglas y la amnesia consiguiente en la noche oscura del alma. Si a este ambiente se le sumaba que él seguía amándola porque veía su grandeza más allá de las apariencias, podía decirse que el escrito en cuestión tenía los ingredientes que sintonizan con el mito de un amoroso despertador de la amada. Sin duda un relato que lo leía y releía activando en mi alma un manantial de nostalgia acerca de un mundo de Luz perdido.

Pues bien, el citado periodista sabía la identidad del autor. Al parecer se trataba de un tal Jorge Briceño, un catedrático de la Universidad de los Andes que al parecer vivía en una alta región andina de Venezuela.

Para mí aquella noticia era una bomba. Tras hacer miles de copias anónimas de un escrito que había alimentado mi mundo mítico, de pronto aparecía el autor, un ser vivo que además de genial visionario parecía ser respetado en los círculos racionales de la Academia.

Propuse de inmediato a Dhara que lo suyo sería partir lo antes posible a Venezuela y conocer al transmisor de semejante historia. Dhara no lo dudó y en un “plis plas” decidió dejar sus compromisos, cerrar su casa y partir hacia a la gran aventura sin billete de vuelta. Allí supe que “el fuego de Dios” era lo que en realidad significaba el nombre de “Dhara”, la palabra con que el mundo nombraba a aquella muchacha capaz de tirarse al abismo si había un ígneo latir en su alma.

A los pocos días y antes de iniciar el viaje para visitar a aquel misterioso escritor, estaba terminado aquel tablero de juego que durante tardes y tardes se dispondría a centrar la atención de miles de futuros grupos en España. Un año más tarde, nacería con el nombre de Antakarana y se vendería como juego de moda entre gran parte de la gente enrollada. Su mercado sería el de personas que buscaban un algo más en su ocio, un punto de aprendizaje mientras jugaban en familia y creaban.

Dhara y yo embarcamos para Venezuela en Navidades, faltaban cuarenta y ocho horas para la Noche Vieja. Sentíamos que la energía del nuevo año ya se dejaba fluir por nuestras venas. Para acercarnos a nuestro objetivo de visitar al sabio, teníamos que tomar un vuelo interior desde Caracas que nos llevaría a las altas montañas de Mérida. Tan solo teníamos el nombre y la dirección de Mireya, una mujer que al parecer conocía de cerca al escritor y que haciendo de guardiana de su energía, se ocupaba de filtrar las visitas de los buscadores y curiosos que para verlo hasta allí llegaban.

Mireya vivía en una finca de ensueño con el nombre de: “Las Praderas del Cielo”. Se hallaba situada bajo el llamado Pico del Águila, un lugar increíble en los Andes situado entre montañas nevadas.

Pronto entramos en sintonía, ya que teníamos muchos puntos en común con sus inquietudes creativas. Ella era escritora y aquella noche, la Noche Vieja, había invitado a un grupo de pintores y poetas para despedir la frecuencia que se alejaba. Nos invitó a quedarnos en su casa y a las pocas horas vivíamos un ritual inolvidable en aquella noche señalada. Brindamos con vino blanco al último rayo de luz del año que de alguna forma, quedaba mágicamente condensado al levantar nuestra copa en aquellos instantes cargados de adiós y consciencia de etapa.

Fue una despedida de año digna de los seres de una alta cultura que da valor a los ritos y que crea situaciones colectivas cargadas de psicomagia. Al día siguiente Mireya nos indicó como llegar a la casa del sabio y llamar a su puerta.

Justo era Año Nuevo cuando llegamos a la casa de Jorge Briceño. Era un chalé con paredes de verja muy altas. Tocamos el timbre, golpeamos varias veces la puerta y sin respuesta… Insistimos, sabía que nuestro viaje no había sido en vano, aunque ya lo vivido hasta entonces mereciera de sobra la pena. Finalmente se abrió la puerta y apareció tras ella un viejecito de barba blanca y de mirada chispeante e inofensiva. Pasamos al interior de la casa y una hemorragia de comunicación brotó ininterrumpida durante horas y horas. Su energía llegaba a mis venas mientras él, de cuando en cuando, me observaba y decía: Hummm… ¡Qué mercurial tu energía!

Hablamos de uno y mil temas en un ambiente despierto. Me daba la impresión de que estaban pasando más cosas dentro de mí que las que la situación aparentaba. A las cuatro horas nos despedimos, me dijo que estaríamos en contacto pero no mediante eso tan antiguo como la telepatía… me dijo que estaríamos conectados en La Presencia… Pasados los años y conforme he ido madurando y expandiendo progresivamente consciencia, he comprendido la profundidad de aquellas palabras.

Nos alejamos de aquella casa cargados de sentimientos, de libros geniales y con el corazón vacío de fronteras. Al llegar de nuevo a Las Praderas del Cielo, reparamos de pronto en una edificación de forma triangular y con aspecto de ermita. Se trataba de una casa peculiar que se hallaba a la entrada de la finca, una casa que vimos inexplicablemente cerrada. Mireya nos dijo que un año atrás su marido había muerto, era un ser que todos los días al amanecer se dirigía a esa ermita. Al parecer era muy devoto de un santo cuya imagen de casi dos metros presidía aquel recinto. Y desde su muerte, nadie había entrado en aquel espacio, tal vez por respeto, tal vez superstición y un poco porque ella no sintonizaba con la energía de aquella casa.

Percibí miedo y entreví que habían pasado cosas extrañas.

De pronto me pidió fervorosamente que la liberase de aquel recuerdo que parecía más un raro hechizo que flecos de su pérdida. Me pidió que entrase en la ermita haciendo frente a las sombras que su mente había proyectado entre suposiciones y penas.

Nueva misión para Dhara y para mí que nos vimos de pronto metidos en la reforma integral de aquel templo de formas e imágenes caducadas. Picamos y destruimos un medio altar, raspamos paredes, desnudamos el lugar de imágenes y figuras varias. Pasamos todo a brocha blanca y dejamos el espacio final con un radiante vacío, un vacío radiante y apto para trabajar la respiración consciente y la conciencia neutra.

A continuación metimos aquella enorme imagen del santo en una furgoneta. Dhara y yo la llevamos hasta un pueblo grande como regalo para su iglesia. Al llegar con esta preciada carga, el señor cura nos dio las gracias emocionado por el milagro de nuestra llegada que según él, era el propio santo desde los cielos quien aquella entrega propiciaba.

Según nos contaron más tarde, aquella triangular edificación sobre la que Dhara y yo habíamos trabajado con ahínco, sirvió de lugar para que durante años el sabio Briceño y sus alumnos más cercanos, se reuniesen cada semana a reflexionar y respirar en la expansión de consciencia. Por lo que también me enteré, este genial transmisor que daba clases en la Universidad con gran reconocimiento y libertad total en sus enseñanzas, también era Gran Maestre y máximo grado de la masonería en aquella tierra.

Tras aquella experiencia me sentí creador de un puente entre el pasado y el futuro. Sentí que no en vano diez años atrás había sido iniciado por la Orden Rosacruz de California en un rito bello y complejo, como “Constructor de Templos” de la nueva conciencia.

Tras varios días de sensible labor creativa y amor creciente a Dhara que cada día más cautivaba mi alma por la nobleza de su corazón, partimos para New York en donde ella tenía una amiga escultora con la que abrimos un nuevo ciclo en nuestra aventura sin billete de vuelta.

La susodicha nos alojó en su casa. Se trataba de enorme loft que como antigua fábrica albergaba en su edificio a artistas en sintonía con la movida integradora. Aquella nave industrial adaptada a vivienda, tenía una gran mesa de madera en su centro y esculturas que por todas partes salpicaban el ambiente de sorpresa y magia. Fue un tiempo insospechado en el que vivía en la misma casa con la mujer latina, morena, profunda e intuitiva que amaba la naturaleza y con la rubia sajona, mujer racional estructurada y americana que sintonizaba con la cultura neoyorquina de vanguardia. Allí avancé en mi libro, escribiendo cada día varias horas, mientras las chicas hacían arte sobre la materia densa y sus formas.

Llegó el tiempo de partir, Dhara y yo cruzamos el charco dirigiéndonos a Barcelona. Alquilamos un apartamento y conectamos con amigos míos de la movida española. Pronto surgió otro proyecto creativo que ya había sido inspirado en la cordillera andina. Se trataba de la “Bolsa Mágica”.

Durante los meses de Barcelona ocurrió así la última creación que realicé junto a la energía de Dhara. Una vez realizado el proyecto sentimos que nuestro tiempo se acababa.

Dhara se fue a Puerto Rico y yo me dirigí a Madrid a casa de Tony, un amigo actor que agradeció mi llegada. Allí tomé fuerzas, tratando de asimilar el largo viaje vivido y las muchas semillas que habían germinado en vivencias tan grandes con Dhara, con el sabio Briceño y con la sintonía del libro azul de Nisargadatta.

Mi proyecto del juego de mesa estaba casi listo y en las próximas semanas le daría los últimos toques para finalizar este proyecto, que financiaría mis futuras aventuras en los Himalayas.

Dhara y yo nos despedimos con gratitud. Al alejarse sentí que había hondura y silencio en mi alma. Con ella se integró en mi ser el mundo del arte y la vida de un nómada con sed de dios en sus moradas.

Una vez más un nuevo adiós. Una vez más el peregrino que mordió la manzana, seguía su camino, un camino en el que se abrirían nuevas grietas hacia la esencia.

Gracias Dhara. Gracias por elegirme en aquel trozo de pastel que cambió nuestras vidas y nos regaló increíbles experiencias. Gracias por tus silencios, por tu profunda sensibilidad y por los besos que nos dimos apartando de la cara tu larga melena negra.

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0 Comments
  1. Reply

    Cristina del Pozo García

    9 July, 2012

    Querido José María,
    al igual que “hablo de ti” me ha sido de ayuda en mi camino, y seguro que en el de miles de personas más, creo que este “mágico vivir” bien vale también de autobiografia publicada, pues serían muchos también a los que tus aventuras y reflexiones podrían ayudar.
    En mi caso también, y a modo de anécdota que me abrió los ojos una vez más a ese misterio maravilloso que llamamos sincronicidad: yo también he usado el tarot como herramienta de descubrimiento personal, pero de eso no hará más de cinco o seis años. Pero mi primer contacto con una baraja de tarot, y para el clásico fin de intentar vislumbar el futuro, fue hace la friolera de unos 15 o 16 años… y fué con la baraja que creáste, concretamente hice una pregunta (ni me acuerdo qué pregunté) pero lo que no se me olvidará nunca será el arcano: el Mago (de la baraja tradicional). En aquel momento ni supe de tu nomvre ni de la autoría se la baraja. Quién me diria que un dia nos cruzaríamos!

  2. Reply

    Cristina del Pozo García

    9 July, 2012

    (nombre), q me ha traicionado el teclado del movil!

  3. Reply

    Denis Criado

    9 July, 2012

    Simplemente gracias por compartir porque suspiro de saber que no hay cosa mas bella que la presencia en el fluir del instante presente y vivir con intensidad. Una brisa de mis vivencias que viví de poesia y música cuando estuve en Rio de Janeiro me ha llegado mientras ensancho mi observación pura con amigos monacales de la orden Vedanta aqui en California. Con tu compartir, con tu sendero abrazo más si cabe aún las distintas piezas de mi puzle vivencial que no hacen sino hablarme a traves de mi corazón. Ahora me toca, y acompañado, ir a Don Lorenzo, un chaman que vivio con Don Juan, el chaman con quien estuvo con Castaneda…Pensaba que estaba loco pero entiendo al leerte que la conciencia, atestiguación pura, juega al parchis maya con inteligencia dando continuas sorpresas. Un abrazo fuerte. D.

  4. Reply

    Leonor

    10 July, 2012

    Me hubiera entusiasmado formar parte del grupo de creadores, tanto del juego de mesa como del tarot. Ahora, me gustaría saber de ambos.
    Hace poco, disfrutamos y aprendimos diseñando y llevando a la práctica un juego para una investigación de la Escuela.
    Hace unos años escribí “Volver a Casa: La Aventura”, y desde entonces mi vida se convirtió en eso (aventura, juego, escenarios,..); la sabiduria encontró un modo de manifestarse, ¡que mejor manera de aprender que con algo, tan inofensivo, que lo utilizan los niños, como es un juego!.
    Además de un libro, siempre me acompaña algún tarot de mi minicolección y por supuesto, una maravillosa niña interior con ganas de jugar y aprender.
    Gracias Jose Maria

  5. Reply

    Dulce Maria

    28 July, 2012

    Jose Maria entre mas te leeo se que estoy en el camino correcto de busqueda aun muy primitivo, mas lleno de esperanza y ansiedad y a su vez rodeada de un mundo tan cerrado y lleno de limitación que me frenan, mas al leerte se que esto es ya imposible eh inevitable debo vencer el temor de marchar en mi propia busqueda. De verdad gracias por compartir tu experiencia de verdad gracias

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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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