Creer ser el ego es la patología primordial del ser humano
Claves de Mindfulness y Meditación Transpersonal

Creerse ser el ego, la patología primordial del ser humano

By on 30 September, 2014

El ego es nuestro yo pensante, un ente tan carencial como temeroso que está permanentemente tratando de sostenerse y alimentarse en la identificación.

En realidad este yo desde el que habitamos en la conciencia ordinaria es una dimensión subóptima que por alguna razón de fábrica logra que nos creamos ser él, de paso que olvidamos nuestra identidad mayor de la esencia. Y de la misma forma que el ojo no se ve a sí mismo y para conocer a éste, hay que salir del ojo y así poderlo mirar, sucede que para conocer nuestra mente pensante o ego hay también que salir de ella y observarla desde la conciencia atestiguadora.Una vez logramos la distancia o desapego suficiente como para observar nuestro yo pensador, comprobamos que aquello que nos dirigía es una entidad ilusoria, tan ilusoria que es conformada en temprana edad tan sólo como resultado de concatenar pensamientos y memorias. En realidad el ego es como una antorcha encendida en la noche que al hacer giros con ella, podemos creer que es un círculo de luz, cuando en realidad no es más que una sucesión de instantes de la llama en movimiento. Por el contrario, el observador o testigo desde el que lo observamos, siempre ha estado ahí y al no haber nunca nacido, no tiene fecha de caducidad porque lo que no nace tampoco muere.

En realidad la identificación que padecemos con esta limitada dimensión del pensamiento es la patología humana por excelencia. En este sentido conviene señalar que el término “patología” deriva de pathos-sufrimiento, y todo aquello que nos separa y trata de cegar la unidad supraconsciente que somos en esencia, genera sufrimiento.

El ego vive de nuestra resistencia a detenernos y mirarlo, y se debilita en cuanto somos capaces de vivir desde la “presencia consciente”, es decir sin perderle la cara, algo sin duda fácil de decir pero que requiere de arduo entrenamiento de meditación en atención plena.

Los seres humanos hemos tenido ocasión de constatar el hecho de que cuando vivimos “afinados” en la coherencia cardíaca, disfrutamos de esa paz y fluidez que convierten el simple vivir “lo que hay”, le guste al ego o no, en un regalo de la vida cotidiana. Es por ello que no es de extrañar que alguna vez nos hayamos preguntado:

¿Qué extraña maldición padecemos los seres humanos que al parecer “olvidamos” nuestra dimensión más profunda y permitimos a nuestro ego hacerse con la identidad de referencia?
¿Acaso el laberíntico gran juego del vivir, demanda “despistarse”, y volver una y otra vez a recordar lo que no debiera olvidarse nunca?
¿Es decir, re-cordar (cor-cordis: corazón) como acto sagrado de “volver a casa” ?

Estas preguntas y otras más del mismo estilo pueden hacerse sin necesidad de convincentes respuestas. Las respuestas están en otra esfera llamada Misterio que deja pequeña nuestra mente racional y sus pequeñas inquietudes de colocar todo en la misma caja.

En cualquier caso, sea como sea el juego del vivir, nadie quiere sufrir. En realidad bien sabemos de la agradable sensación de fluir con el corazón abierto, es decir en la verdad, la bondad y la belleza que no son otra cosa que reflejos del “amor que somos” en esencia. Y por otra parte, también conocemos demasiado a menudo la dimensión egoica del fastidio, la frustración, la ansiedad, el aburrimiento, la cólera, la inseguridad, la violencia, la exaltación, la fascinación, la envidia… estados que aparecen en nuestro íntimo escenario, y que a su vez no sólo nos causan sufrimiento, sino que además parece que molestan a otras personas.

¿Qué podemos hacer para atravesar la dimensión pensante y desde la consciencia desarticular la identificación con ella?
¿Matar al ego? ¿Soslayarlo? ¿Debilitarlo? ¿Atravesarlo? ¿Ignorarlo? ¿Resistirlo? ¿Reprimirlo? ¿Condenarlo?

Quizás los mapas aportados por los seres despiertos de todos los tiempos tengan su resonancia en algún momento de nuestra vida. Bien sabemos que nos jugamos mucho en el hecho de tener a raya a esta entidad tan seductora como “metepatas”, para que no moleste más de la cuenta. Y este cometido parece ser una carrera que para la mayoría de los mortales puede durar toda la vida. Y si alguien cree que tal afirmación es exagerada porque ya se siente iluminado viviendo en ese blanco e inafectado nirvana, que vaya 10 días a casa de sus padres… lo más seguro es que una buena dosis de humildad visitará a su desafección inmaculada.

En realidad, en la incuestionable búsqueda de la felicidad que como seres humanos recorremos, el hecho de atravesar nuestro ego es el tema raíz de una evolución comprometida. En este sentido las visiones más integradoras de la psicología transpersonal que a su vez aborda la visión trascendente de la existencia, abogan por observar, aceptar e integrar a dicho “nivel persona”:

Observa al ego cuando éste aparece, procede a reconocerlo, date cuenta de sus estrategias, indaga en las raíces del mismo, conoce su naturaleza, míralo y no lo niegues ni sumerjas… en definitiva: inúndalo de atención y consciencia que de por sí, tan neutra mirada conlleva una artillería más sutil que la lucha frontal contra su naturaleza, cosa que por otra parte bien sabemos que lejos de neutralizar, fortalecería su presencia.

Nuestro ego, al igual que toda forma mental, ha evolucionado y a lo largo de milenios se ha hecho más sofisticado y poderoso. En realidad cuando le conviene utiliza lenguajes sedosos y halagadores, o bien adopta posturas extremas para tener siempre razón y echar culpas fuera. A veces manipula en nombre de grandes ideales por los que hay que luchar e incluso para lograrlos acude a formas de violencia diversas.

¡¡Ah el ego!!, ¡Qué poder fascinador debe tener como para lograr que nos creamos ser esa identidad tan dualista y siempre sedienta. Nos gustaría poder observarlo con ecuanimidad, sobre todo cuando nos sentimos contraídos porque se nos ignora o rechaza; en realidad si pudiésemos ver su ilusorio vericueto nos daríamos cuenta de que aunque en esencia somos amor en oceánica conciencia, por el contrario el ego vive crónicamente enfermo de separación y carencia.

Nos daremos cuenta asimismo que por más que logremos encantar a las serpientes sacando “conejos de la chistera” o acumulando dinero en los bancos, la inseguridad y la incertidumbre serán siembre bandera egoica.

La gran obra cotidiana de desarticular la identificación con nuestro ego, no sólo conlleva un compromiso de atención plena, sino que además es un acto de inteligencia y lucidez, ya que es justamente la identificación con él, la que no nos permite vivir en la felicidad unitiva que somos en esencia.

En este sentido convendrá evocar el mito de Hércules y la Hidra cuya metáfora refleja magistralmente la relación entre el ego y el alma.

Se dice que emisarios de una lejana tierra llegaron hasta el poderoso Hércules, famoso por no conocer derrota y vencer a todos los que su espada enfrentaba.
¡”Oh Hércules! Sálvanos de la Hidra, un monstruo que vive bajo tierra en las ciénagas oscuras y cuyos largos tentáculos matan a campesinos, mujeres y niños que habitan aquella comarca. Nadie ha podido vencer a este monstruo que vive en la oscuridad, tan solo se sabe que no puede ver la luz del Sol, ya que de estar expuesto a ella se debilitaría tanto que moriría.”
¡Oh Hércules! Sabemos de tu valor y fortaleza y te rogamos que acabes con ese monstruo de una vez por todas.
Hércules finalmente aceptó el reto de enfrentar aquella pesadilla. Para lo cual se armó hasta los dientes y cuando su mochila contaba con las espadas y flechas más mortíferas, emprendió el viaje hacia aquellas tierras.
Al llegar al lugar donde vivía la Hidra y armado con una gran espada, comenzó a enfrentar cada tentáculo que aquel monstruo sacaba. Y así, tentáculo tras tentáculo, Hércules cortaba sin descanso allí y allá en interminable batalla.
Pasaron los días y las noches y, ni Hércules se fatigaba ni la Hidra se debilitaba. Los tentáculos de aquel monstruo parecían regenerarse milagrosamente, al tiempo que Hércules cortaba aquí y allá asestando formidables tajos, sin que temblase su espada.
Los días pasaban y nada parecía vencer a la Hidra que en las oscuras y putrefactas ciénagas habitaba. De pronto Hércules se dio cuenta de que su batalla no tendría fin. Ante lo cual se detuvo y arrodillándose, escuchó a su voz interna.
Al poco, y ante la incredulidad de los presentes que lo acompañaban, arrojó al suelo sus armas, se despojó de la brillante armadura que portaba y se descalzó las sandalias… y así, desde su inocente desnudez, dicen que se sentó ante el pozo central de la ciénaga… el pueblo estupefacto se estremecía.
“Aquel poderoso guerrero había dejado las armas y ¡Horror! Estaba sentado inmóvil con los ojos bien abiertos ante las burbujas nauseabundas que salían de aquella negra charca”. Todos pensaban que un extraño maleficio se había apoderado de su alma…
Hércules por su parte muy sereno y despierto se mostraba. De pronto, tras contemplar inmóvil el charco por largas horas, introdujo sus brazos en aquel maloliente barro y abrazó al monstruo, elevándolo de la charca a la luz del día. Al poco, el monstruo recogió sus largos tentáculos y se rindió acabando por fin el reinado de la inconsciencia.

A la luz de este mito uno se pregunta: ¿Acaso la contemplación humilde y compasiva que no juzga ni resiste, posibilitaron que aquel ente egoico o Hidra, se rindiese ante la luz de la consciencia?

¿Quién iba a suponer que tan solo el mirar, aceptar e integrar al ego en la consciencia, podría neutralizar sus tentáculos y estrategias?

El hecho de reconocerlo sin condenarlo ni negarlo, sino más bien darle cara, conlleva un sostenido darse cuenta de sus apariciones e integrarlo en el todo mayor de la consciencia. Tal vez este sostenido entrenamiento mindfulness sea un buen camino para trabajar día a día en el objetivo más rentable de nuestra vida: la paz que se deriva de ser encontrados por aquello que nos busca.

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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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