no solo de pan vive el hombre
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Mil panes y mil peces no pueden saciar el hambre del alma

Por el 19 octubre, 2018

Hay un tipo de hambre que mil panes y mil peces no pueden saciar. Es el hambre del alma. Ya lo dice la frase bíblica:

 

No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4, 4)

 

Y es que el ser humano ya dejó atrás la etapa arcaica en la que su única inquietud era cazar o recolectar para poder comer. El impulso de vida no se ha detenido, y aquel homo habilis de hace dos millones de años ha seguido desplegando capacidades y, con ellas, también nuevas necesidades.

Y, si en tiempos pretéritos el pan y la leche saciaban la única hambre que tenía el ser humano, pasados los milenios, surgieron hambres nuevas. El nuevo ser se descubría a sí mismo ya no solo diseñado para sobrevivir y no ser depredado, sino también para apreciar aspectos sutiles de la existencia que, en nombre de la emoción estética o de la unión sublimada, aparecieron en el escenario con igual o mayor importancia que una pata de ciervo recién asada.

La inteligencia desplegó capacidades insospechadas de lograr alimento, por lo que hombres mujeres comenzaron a poder enfocarse en labores que no estaban directamente relacionadas con la agricultura y la ganadería. Estos emergentes sapiens se movilizaron hacia actividades tales como del comercio, la religión o el arte, entre otras.

Con el tiempo, era cada vez menor el número de personas dedicadas directamente a producir alimentos. Solo un reducido número de seres generaba la base alimentaria de cada comunidad. Más tarde, la superproducción de alimentos lograba que este homo economicus pagase más por un teléfono móvil que por diez ovejas.

Hemos dado pasos adelante; nuestros ojos ya no solo sirven para controlar las amenazas de los depredadores y mirar allí dónde podemos sobrevivir. Somos la única especie cuyos sentidos sirven para percibir las evoluciones de la danza, las composiciones musicales, el juego de las palabras y los colores, así como muchos matices sensoriales que conmueven nuestra alma y evocan la belleza que somos en esencia.

Nuestros oídos no solo parecen diseñados para oír el chasquido de una rama avisando que se acerca aquello que puede comernos; nuestros oídos también se deleitan con un Mozart. Nuestro diseño permite llegar al éxtasis tan solo escuchando los mil y un mensajes que encierran las combinaciones armoniosas de notas que emite cada instrumento.

Y, para qué hablar de nuestras manos que no solo construyen lanzas y arcos, sino que pueden hacer prodigios tales como el de acariciar expresando sublimes sentimientos de ternura.

Pareciera que el ser humano tiene un destino que va más allá de habitar la tierra para sobrevivir. Tenemos una concepción cada vez más amplia de lo que significa vida. De hecho, el último regalo evolutivo que ésta nos ha hecho ha sido la consciencia. Gracias a ella nos damos cuenta de que nos damos cuenta, y tal cualidad despliega posibilidades insospechadas.

Una gran parte de la población mundial sacia diariamente su estómago y, por tanto, su mirada puede enfocarse en aspectos que no dan directamente de comer, aunque indirectamente lo hagan. Actividades tales como el mirar las estrellas, o bien investigar en laboratorios, o participar de círculos contemplativos y un sinnúmero más de ellas que conforman la sofisticada cultura de la raza humana.

La riqueza ya no consiste en llenar el granero y garantizar alimento para el estómago, sino para nutrir los sueños y las locuras de cada cual.

Todos los egos padecemos cierta hambre de lo que no encontramos y nos preguntamos cuál será el alimento que puede acabar con la sutil sensación de ansiedad y carencia que asoma en nuestro ombligo. Nos preguntamos también cuál será la próxima “zanahoria” que se pondrá delante de nuestros ojos y tras la que saldremos corriendo ilusionados.

La frase evangélica: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” señala el alimento que nutre al alma. Un alimento que contiene las “proteínas de la consciencia” que permiten reconocernos como seres trascendentes. Quien padezca hambre de pan físico, lo cierto es que deberá atender con prioridad a su propia urgencia biológica y no perderse en bucles de su propia idealización filosófica.

Una vez más, la escalera de necesidades de Abraham Maslow viene al caso. En dicha pirámide se clasifican cuatro niveles de abajo arriba, en los que se manifiestan las diferentes necesidades humanas.

Los primeros satisfacen necesidades básicas de nuestra dimensión instintiva.

Más tarde y, conforme seguimos evolucionando, se accede a los siguientes niveles en los que las necesidades son menos primarias: la amistad y la influencia social.

Finalmente llegamos al cuarto nivel en el que se demanda satisfacer lo que se entiende como metanecesidades. Y en este punto evolucionario es donde se despliega el impulso de auto realización, es decir, de actualizar los potenciales más elevados de nuestra potencial. El hecho de sentir “necesidad” de meditar y de contribuir a la felicidad de todos los seres, alimenta una dimensión de nuestro psicocuerpo que se halla más allá de los escalones alimentarios básicos ya resueltos.

Quienes precisan de cultivar su dimensión profunda, asumen la meditación como práctica de la silenciación interna, es decir, como algo tan fundamental y nutritivo como puede serlo el pan físico. De hecho, la comunión cristiana por la que el pan de levadura es consagrado y luego ingerido como el “cuerpo de Dios”, puede llevar a quien participa de tal fe a estados de unión mística que deja pequeño el pan como alimento. Asimismo, el ágape también hace referencia a un banquete de celebración con un propósito que va más allá del alimento del plato.

La oración y la práctica consciente de la virtud son también alimentos que la dimensión espiritual de la existencia reconoce como más nutritivos. Trabajar la atención al momento presente y enfocarse en desplegar autoconsciencia son también formas universales de conexión que, yendo más allá de credos e ideologías, dan bienestar a quienes las saborean.

La palabra de Dios” trasciende las creencias. En realidad, supone todo aquel conjunto de símbolos, oraciones y ritos que vuelven a recordarnos nuestra dimensión interna hacia el estado de apertura y conexión. Es la fuerza que nos moviliza a interiorizar la mirada y tratar de comprender, o en su caso, de aceptar nuestra pequeña realidad en un marco mayor.

En realidad, el nuevo homo lucidus es una criatura cada vez más compleja y paradójicamente más sencilla; un ser con necesidades insospechadamente intangibles.

Intuimos al mencionado homo lúcidus como una criatura despierta y chispeante que crea su destino y juega con los mundos que proyecta a imagen y semejanza.

Su alimento es su propia plenitud y el reconocimiento de ser habitante y cómplice en el Todo.

 

Extracto de mi libro Un bidón de agua para atravesar el desierto (próxima publicación)
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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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