Espacio de indagación
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Espacio de indagación

Por el 19 agosto, 2015

¿Es posible una espiritualidad sin corazón?

La espiritualidad carece de condiciones. Y se manifiesta más allá de una parte u otra, ya que en sí misma supone la vivencia de lo que ES, y a partir de ahí, se manifiesta en todo y como causa de todo.

Sin embargo la pregunta de si es posible una espiritualidad sin corazón, lleva la mirada a discernir qué entendemos en este contexto por “corazón”. Si aceptamos el modo popular de contemplar el corazón como el reino de los sentimientos; es decir, en oposición a la cabeza y los pensamientos, podrá decirse entonces que la vivencia espiritual integra ambos modos y a su vez los trasciende. Si por el contrario resonamos con esa mirada que relaciona al corazón con el amor sin objeto, con la compasión universal y con el asiento raíz del ser esencial, concluiremos afirmando que el “camino del corazón” es el destino que permite fructificar el sentido último de la vida.

¿Acaso es posible el famoso “amar a dios” sin amar a las personas?, ¿amar a las personas, sin amar a los animales… sin amar a todo? Desde el corazón no tardaremos en reconoceremos como el amor que somos, y esta cordial amplitud nos permitirá el acceso a la madurez iluminada.

El corazón es un misterio, quizás el Misterio de lo sagrado. ¿Nos hemos preguntado por qué Jesucristo no nombró en sus enseñanzas algo así como la “sagrada vesícula”, o el “sagrado hígado”? Y sin embargo, pareció dejar claro aquello de Sagrado Corazón. ¿Qué quiso decir con ello aquel Despierto? Tal vez que quienes estén abiertos al silencio, podrán escuchar cada latir.

¿Qué aporta el corazón a la espiritualidad?

El corazón siempre está ahí haciéndonos maravillosamente humanos, habitantes temporales de la vida. El gran tema es si somos conscientes de la profundidad y sutileza que puede ofrecer la sabiduría de su latir. Tal vez, cuando esta se manifiesta, es vivenciada como la certeza por excelencia; algo que va más allá de la miopía dualista de nuestro “yo pensante”. Sucede que en un momento dado de la vida, y no antes, es cuando podemos decir que nuestro corazón se ha “abierto”.

Y aunque parece pretencioso tratar de conceptualizar este tema al que la mente racional simplemente “no llega”, no puede negarse que la espiritualidad como vivencia de unidad, sin el concurso de tal apertura de corazón, parecería no ser real. La conciencia de “unidad” no significa tan sólo el trascender la dualidad, sino vivenciarse en la infinita compasión que se deriva de tal estadio. Valores tales como humildad, gratitud, cooperación, bondad, generosidad, coherencia… y muchos otros, en realidad son valores que atribuimos a la sabiduría del corazón y que se expresan en el nivel persona. ¿Acaso el corazón es un puente al Misterio en el que rendir el yo y dejarse absorber en la Fuente primordial?

Solemos identificar corazón con “blandito” ¿Cómo es la fortaleza del corazón y cómo se expresa?

Lo que en un nivel de conciencia es opuesto y excluyente, en el siguiente se integra y trasciende; por ejemplo, la firmeza y la ternura, la determinación y la dulzura, el rigor y la benevolencia que en el nivel persona o bien se manifiesta uno, o bien el otro, en el nivel transpersonal no son excluyentes; lo agrio y lo dulce se manifiesta como “agridulce”. ¿Qué forma encarna aquello que se manifiesta de forma compasiva y dulce, a la vez que firme y determinada?

Una vez más la pregunta lleva nuestra mirada a rozarnos con el arte; la poesía, la música, la danza, la literatura… la inocencia primordial devenida consciente que se recrea en un baile de vida; un baile que reconociendo el juego de las mareas y recreándose en la interdependencia de todos los fenómenos, fluye en el infinitum del Rostro Original.

Es inútil buscar la manera de ser que encarne la integración de opuestos que anhelamos. Esto sucederá naturalmente cuando tenga que suceder. En realidad si anhelamos tal realidad es porque lo somos. Y desde este reconocimiento, tal vez el camino consista en dejarnos encontrar por lo que nos busca. Y acaso ¿no es esta la manera de recorrer el camino del corazón?

¿Acaso conviene esperar pacientemente a que alguien vea sus propias trampas?, ¿o bien lo que conviene es dar “un empujoncito”?

Hacer sin hacer: Wu Wei. ¿Cómo encarnar ese íntimo fluir en el acompañamiento a otro ser humano… un fluir que sabe ofrecer espacio y esperar, un fluir que además de permitirnos vivirnos como actores también nos reconocemos como espectadores? En realidad todos aquellos “empujoncitos” que no cortocircuiten la cordialidad y dejen buen sabor de boca porque, entre otras cosas, nacen desde una atmósfera de “ganar ganar”, no estarán de más ni de menos. Serán los apropiados.

¿No es arriesgado y suicida abrir el corazón?

De la misma forma que no podemos forzar la apertura de una flor o la llegada del otoño, tal vez nadie a su vez puede adelantarse o retrasarse en ese delicado proceso de abrir el corazón y “saltar” a otro nivel de conciencia. A menudo sucede que cuando este proceso se presiente, el yo puede sentirse asustado por la nueva sensación de vulnerabilidad, o bien por los temores naturales que aparecen al abrirse a nuevo estadio de conciencia. Sin embargo, la inteligencia de vida se ocupa de hacer los procesos de forma gradual; de esta forma cuando el fruto se va a desprender del árbol y se dispone a empezar otro camino, aparecerán los suficientes chispazos de luz como para confiar en la bondad irreversible de lo que llega.

“El fruto tarda en madurar pero cae de repente”, Nissargadatta dixit.

¿Como descubrir lo trascendente en lo inmanente?

Bien sabemos muy dentro que las dos realidades no son más que una sola Realidad. Bien sabemos que la mente en su estadio racional divide, conceptualiza, clasifica y siente necesidad de establecer diferencias y métodos. Y desde esta perspectiva, la dimensión “inmanente” es percibida como cohesiva, late dentro de todas las formas y se manifiesta implícita en el Ser; es el Dios, Tao, Brhama… no nacido que late dentro de cada célula, de cada flor, de cada pétalo antes y después de sus existencia física… Por su parte, la dimensión “trascendente” se manifiesta como el impulso de ir más allá, y en sí misma conforma la fuerza expansiva y ampliadora que sobrepasa a universos y galaxias; es el Dios, Tao, Brhama… infinitud que abraza desde su inabarcable dimensión a todas las formas creadas y ES más allá de ellas.

“Tú no estás en el Universo, es el universo el que está dentro de ti”, Nissargadatta dixit.

Dicho en otras palabras, las pequeñas cosas de cada día pueden ser grandes oportunidades para ensanchar horizontes internos en la visión lúcida que somos. El adentrarse y ahondar en la propia mismidad, conlleva el paradójico impulso de abrir y ensanchar. En realidad, mientras que el ser inmanente es reconocido tras recorrer el laberinto hacia dentro, hacia la esencia del Profundo, el ser trascendente por el contrario, nos encuentra en el océano infinito de consciencia, tras dejarse intuir en la grandeza de su paradójica vacuidad sin lugar ni límite. Ambos, uno, no dos.

¿Cuáles serían los mayores legados de Occidente y Oriente que podemos integrar?

Cuando los occidentales viajamos a Oriente y nos adentramos en sus tradiciones, percibimos cierto grado de quietud y silencio en la atemporal cultura de la contemplación. Observamos paciencia, sentido de lo implícito, verticalidad “religante”, aceptación… hay algo pausado, ambiguo, no lineal, rendido a “lo que hay”, más allá de los estímulos externos.

Cuando los orientales viajan a Occidente, quedan fascinados por el reto colectivo del logro exterior y la tensión de confrontar el obstáculo, de analizar y quintaesenciar el pensamiento y los conceptos, el reinado de la ciencia, la tecnología y el bienestar explícito de los cuerpos de sus habitantes.

Los unos van a Oriente buscando a menudo la quietud, el silencio y el sentido, los otros por el contrario desean economía, razón y tecnología. Unos y otros son como las dos alas del Ave-Humanidad-Una; dos dimensiones que en el momento actual de salto y cambio de paradigma, se integran y trascienden en una conciencia planetaria.

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0 Comentarios
  1. Responder

    marta

    11 septiembre, 2015

    No se si soy ingenua o inocente (tampoco sé si significa lo mismo) o simplemente me la hago, por otra parte, no se si soy inteligente o si me hago la lista. La que creía tener una mente abstracta al final parece ser que es que soy de efectos retardados. En todo caso, no soy ni lo uno ni lo otro sino la que observa mi torpeza o inteligencia, mi sabiduría o ignorancia. Soy la que se queda tan ancha al observar ambas características. Y si, los empujoncitos van muy bien para no quedarse en el mismo sitio por mucho tiempo, no todos los frutos caen al estar maduros, algunos caen por influencias externas, como el viento o la lluvia. ¿interfiere eso en su libre albedrío? Quien sabe, porque al ser un gano-ganas pues igual esa manzana que cae antes de tiempo sirve a algunos insectos o plantas que les gusten mas verdes que maduras… La inteligencia de vida ya sabe que esa manzana caerá antes de tiempo y que estará preparada para lo que venga a continuación. Y no, no es posible una espiritualidad sin corazón, al menos, no por mucho tiempo. Hasta las manzanas tienen corazón!! Por cierto, ese café me recuerda al capuccino de 1000 pesetas en la plaza de San Marco y que precisamente con el nombre de “Ragazza di campagna” que me llevé como etiqueta me recuerda también la inocencia primordial que todos somos. PD. yo creo que también va bien un “empujoncito” para hacer ver las propias virtudes o luz ¿no?. Las trampas las llegas a ver por repetición. Arrivederci !!

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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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