La Bella y la Bestia
Mágico vivir

La Bella y la Bestia

By on 16 July, 2012

Entre mis amigos de Madrid me relacionada a menudo con Fidel y María, una pareja muy peculiar que desde su propia Fundación coordinaban una espectacular obra musical cuyos insólitos protagonistas, eran en su mayor parte, autistas y discapacitados. Junto a ellos, que hacían un increíble papel en el escenario, actuaba un grupo de bellísimas bailarinas que quizá, por contraste, desencadenaban una emoción agridulce, emoción tremenda que evocaba el mito de La Bella y La Bestia.

En realidad era un espectáculo sobrecogedor en el que con una música a veces atronadora y dramática, tocaba en el público fibras muy hondas que nos hacían derramar muchas lágrimas. Aquel espectáculo único dio la vuelta al mundo y alcanzó reconocimientos allí donde se presentaba.

Todo aquello había nacido porque la hija de mi amiga María, nació autista.

Recuerdo que a veces cuando actuaban en Madrid, María me hacía pasar “tras los bastidores”, y al toparme inevitablemente con los disminuidos, sentía cierto malestar por lo que acababa saliendo del teatro con cualquier excusa. Se trataba de un sentimiento que a mi persona resultaba vergonzoso, sobre todo por saber que aquellos seres deformes eran inocentes, sensibles y necesitados de que alguien los tocara y amara.

Una noche me llamó Fidel invitándome insistentemente a compartir con toda la “troupe” de autistas y bailarinas, una representación fuera de Madrid que requeriría tres días. Iríamos todos juntos en un autobús de la Compañía y por lo que me dijo una y otra vez, la experiencia para mi propia sensibilidad sería extraordinaria. Conforme me trataba de convencer, mi cabeza no hacía otra cosa que inventar mil excusas, pero en aquella ocasión Fidel no se daba por vencido e insistía de forma inusitada.

Abrí mis sensores y sentí que las señales del camino demandaban enfrentar algo no resuelto en mi proceso de maduración como persona. Sentí que no podía eludir más y debía enfrentar directamente mis proyecciones y sombras. Finalmente me rendí y acepté no muy convencido. En realidad, me sentía atrapado por las necesidades que exigía la coherencia. Debía seguir el camino no casual que la vida me presentaba para revisar mis evasiones y resistencias.

Llegado el día y al ver el autocar de partida y contemplar el panorama, me contraje muerto de miedo. No tendría más remedio que mirar de frente a estos personajes tan diferentes. Dicho y hecho, al instante uno de ellos se me acercó con dificultad y me abrazó con amor y alguna baba. Mi estupor fue total al tiempo que me invadía una irresistible vergüenza.

Ante esta resistencia no dejaba de repetirme:

“Son seres humanos y están ahora aquí contigo en un proyecto en el que tu labor es aceptar, atravesar apariencias y relacionarte desde el corazón”.

Tras el sudor frío de mis primeras horas en aquel singular autocar, el universo fue benévolo y poco a poco reveló la oculta pureza e inocencia que latía tras aquellos cuerpos tan asimétricos. Me daba cuenta de que vivíamos inmersos en una cultura demasiado pillada con las formas. Mi corazón comenzó a abrirse en carne viva dejando entrar algo tan grande que tan solo entendía el alma. Aquellas personas de aspecto deforme y con gran dificultad para caminar y articular palabras, fueron poco a poco convirtiéndose en seres genuinos, seres directos sin dobleces ni intenciones añadidas.

Pronto comprobé que eran personas de singular belleza interna, seres de gran pureza que cuando abrazaban y besaban, lo sentían desde lo más hondo de sus almas. Eran tan verdad, que sus abrazos y besos comenzaron a ser un fluido de amor que nunca atrás había sentido. Era un amor muy cercano al origen, un sentimiento bañado de presente inmediato y que carecía de intención. Un sentimiento que brotaba de forma natural sin esperar nada.

Conforme recuperaba mi cabeza, comprobé que íbamos en aquella extraña nave unos treinta autistas y personas deformes y siete bailarinas que además, como ángeles hacían de enfermeras, ocupándose de sus cacas, de sus vómitos y de abrazarlos como a niños de manera increíblemente amorosa. Mi atónita persona era allí un singular comodín que sin papel en el escenario, estaba disponible para lo que en cada momento hacía falta.

Tras unas horas de viaje, de pronto vi que se sentaba a mi lado una joven de ojos verdosos muy claros, rubia, sonriente, absolutamente directa que dijo llamarse Paula. Me contó que como bailarina apoyaba la obra con los autistas, mientras conjugaba sus estudios de tercero de Psicología.

La energía ambiental y la inocencia de aquella bella, inspiraron en aquel autobús de ruidos, cantos y miles de klinex, las conversaciones más sinceras de mi vida sobre mi sensación ante la muerte y el escaso apego que en ese momento sentía por la vida. ¡Qué curioso! Expresé de corazón que no me importaba morir y que en el fondo si la muerte me llegaba, abriría mi ser aceptando con total paz tal visita.

A veces cuando recuerdo este episodio, pienso que algo en nosotros sabe siempre lo que va a suceder… Era evidente que ya comenzaba a intuir que toda una etapa de mi vida, al poco y de forma violenta, moriría.

Tras aquella conversación especial nació algo entre nosotros. No en vano se había abierto mi corazón al sintonizar con la energía de aquella peculiar caravana. A las dos horas, el autocar se detuvo para hacer un descanso mientras afrontábamos la complicada tarea de ayudar a las necesidades fisiológicas de aquel grupo de autistas y disminuidos. Al poco y en un momento de respiro Paula, con su sonrisa más amplia, me ofreció un regalo diciéndome:

“Mira, te entrego este frasquito, son mis esencias”.

Lo abrí y percibí un aroma, su aroma, el que ella se ponía cada día y que al parecer también ella misma lo fabricaba. ¡Qué curioso regalo! En realidad iba dirigido a mi olfato, una parte del cerebro que poco tenía que ver con el habitual de la vista… una vez más todo era diferente.

Tras retomar la ruta y percibir su aroma, nuestra comunicación aumentó en frescura y transparencia. Por lo que fuimos hablando, ella buscaba un mundo más amplio que el que hasta entonces le ofrecía la carrera de Psicología. Se lamentaba de que las enseñanzas oficiales impartidas eran tan solo cognitivas, demasiado articuladas y reductivas. Al parecer era ferviente bailarina de la técnica Graham, una técnica que practicaba a diario en comprometida disciplina.

Paula soñaba con un nuevo ser humano en el planeta, se encontraba algo sola en la búsqueda de almas afines y visiones de la vida más amplias. Se sentía rebelde ante el modelo religioso de sus padres que pretendían darle respuestas a las inquietudes espirituales que ella sentía.

El viaje de tres días fue muy laborioso, ya que nuestra ocupación era de día y de noche, aunque nuestro corazón rebosaba alegría. La obra representada en un teatro a rebosar no podía ser explicada en palabras, fue directamente extraordinaria. Una vez más el público al final de la representación, se puso en pie sin dejar de aplaudir. Aquella futurista y genial coreografía con música de muchos vatios y un guión inspirado, rompía las invisibles corazas del pecho a todos los que allí no casualmente observaban.

A la vuelta de aquel episodio iniciático me disponía a volver a casa, a Tenerife.  Mi viaje hacia cualquier parte comenzado largo tiempo atrás, llegaba su fin. Sentía que mi batería estaba caducada. Había comenzado la búsqueda años atrás tras salir de San Sebastián y sentía que ahora, rendido y cansado, todos mis pedazos volvían a casa. Llevaba en mi mochila conocimientos de mitos y costumbres andinos y un vago anhelo de vacuidad silenciosa de los Himalayas. En mi pequeño equipaje tenía ya terminado mi libro del “Observador Número 9” y aquel gran tesoro azul turquesa de Sri Nisargadatta.

En Tenerife abracé a mis hijos y tan solo dije a mi hermana Laura que había conocido a una muchacha muy joven que se llamada Paula, una muchacha que se había colado en mi corazón y a veces, en mi cabeza.

Al poco adquirí una moto con la que protagonizaría un terrible accidente. Un impacto que conduciría mi energía por entre la vida y la muerte hacia la nueva existencia.

Sucedió una tarde en la que mi hijo Alex quería unas gafas nuevas. Fuimos juntos a verlas eligiendo marcos transparentes, tal vez con el propósito de que le facilitasen una visión expandida.

Íbamos por una calle de santa Cruz de Tenerife, rodábamos en aquella BMW y sin casco, tal y como antes eran las cosas. El semáforo estaba en naranja y no obstante aceleré acostumbrado a salir como una bala. De pronto, se cruzó un autobús… y allí de frente impacté contra aquel gigante con mi cabeza. Oí el gran chasquido… rotura de cráneo, herida a pulmón abierto, muchos huesos rotos, quemaduras de primer grado, traumatismo máximo, pérdida del conocimiento y…  el Misterio de regresar a la vida o bien volver a Casa.

Afortunadamente paré con mi cuerpo el golpe de mi hijo que no tuvo más que un problema menor de mandíbula. Y tras el impacto perdí la consciencia tan solo despertando por unos breves instantes sobre una camilla en la sala de Urgencias. Y allí a punto de entrar al quirófano mientras oía a las enfermeras que arrastraban mi camilla decir ¡¡Paso, paso, quirófano…!! Escuché en mi oído el susurro de mi hermana Laura. Un susurro que me decía en voz muy baja

“Jose, ¿quieres algo?”.

Algo en mí respondió: “Quiero… PAZ”

Algo en mí sabía que había consumido el ciclo asignado de búsqueda y que mi vida conocida estaba caducada. Poco sospechaba que mi ser necesitaba una nueva vida, una nueva circunstancia, una nueva mente capaz de albergar la conciencia expandida que ya manejaba. En realidad mi vida anterior, es decir la segunda, estaba ya agotada.

Al despertar a las muchas horas de UCI en una cama, ¡Oh milagro! ¡no podía ser cierto! Vi a mi lado el rostro radiante de Paula. La había llamado mi hermana Laura y tan solo le había dicho que JM en Tenerife había tenido un accidente grave. De pronto, aquella joven estudiante de Psicología, haciendo gala de un extraño coraje y sin saber nada acerca del futuro que la esperaba, dejó su casa de Madrid, su familia, su Universidad y vino a sentarse a la cabecera de mi cama. A partir de ahí no se separó mientras duró mi recuperación hospitalaria, acompañando con angelical cuidado los primeros pasos de un recién nacido, un aprendiz que caminaría un tiempo a gatas.

Paula dejó una importante semilla de nueva vida. En realidad fue mi madrina en la Psicología y la energía que acunó mi ser tras una UCI de vida o muerte y los primeros momentos de nueva existencia. En aquel hospital, el buscador decía adiós a su antigua etapa de soñador y de artista. El viajero con sed de ideales y aventura, nacía a una vida de síntesis en la que aplicar el cielo descubierto y la tierra heredada.

Tenía 42 años, me hallaba en el sexto ciclo de los siete. Al parecer algo muy hondo en mí, debió elegir tras el accidente volver de nuevo a encarnar. Mi lección de vida exigía integrar los dos grandes ciclos que hasta entonces había vivido. Aquel primero de tierra hasta los 28 y el segundo de cielo hasta los 42. Ahora tocaba la síntesis entre la tesis terrestre y la antítesis celeste. Nacía la era de la integración entre la inspiración esencial y el adecuado andamiaje para realizar mi proyecto de forma sostenible y practica.

Al parecer mi modelo era abrupto, y precisaba deconstruir todo mi anterior andamiaje para empezar de cero hacia la nueva cima.

A partir de ahí, Paula y yo vivimos un año en un amor de inocentes, un amor de dos recién nacidos recorriendo lo que la vida en aquel momento señalaba. Recuerdo que en esa época, me ganaba la vida colaborando con un programa de arte en Televisión Española. Escribía guiones que eran luego leídos y comentados por mi amigo, el maestro Zen, Alejandro Togores que conducía el programa. Me sentía reseteado, todo era nuevo sin el peso de la memoria. La vida me dio tiempo para volver a aprender del mundo y desplegar nuevos programas con mayor consciencia.

Durante aquel año inocente, instalé en mi nueva casa una sala de trabajo físico con amplios espejos en la que Paula hacía danza Graham y yo diariamente realizaba mis tablas de Tai Chi. Pareciera que tras años de viaje como nómada por América, la armonía y estabilidad de aquel presente ciclo era la medicina de mi alma aventurera y cansada. Me daba cuenta de que todo sucedía balanceando la energía y buscando su equilibrio en el centro de la gran noria.

Por aquel entonces comencé a descubrir el poder didáctico de los cuentos, escribiendo por vez primera una versión personal de uno de los clásicos del sufismo y su particular mística. Fue la primera piedra de un largo camino que más tarde, crecería dando lugar a una de las obras más leídas de mi trayectoria creativa: Cuentos para aprender a aprender.

Llegó un día el que tanto Paula como yo, estábamos listos para continuar nuestro camino como profesionales de nuestra particular movida. Paula volvió a Madrid y al año siguiente mi vida también encajaba piezas y me instalaba en San Lorenzo de El Escorial, como puerto de entrada a la intensa etapa de acción que se avecinaba.

Gracias Paula. Dejaste tu vida cotidiana buscando un algo más que sin duda encontraste y sembraste en tu alma. Contigo sentí los primeros aromas de un mundo en el que debía aprender desde la A hasta la Z. Te recuerdo inocente y hermosa.

Y desde aquí levanto mi corazón para honrar la labor humanitaria de Fidel y María. Dos seres que con su inspirada coreografía de La Bella y la Bestia, agrietaron las defensas de nuestro corazón, dejando salir el amor y permitiendo que nos sembrase la nueva Vida.

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0 Comments
  1. Reply

    Leonor

    16 July, 2012

    Como en el cuento de La Bella y la Bestia:
    “La belleza está en el ojo del que ve”

  2. Reply

    Dulce Maria

    28 July, 2012

    No entendia porque dedia iniciar por formarme como educador antes que como terapeuta pero ya lo comprendi

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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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