La noche triste y la paloma blanca
Mágico vivir

La noche triste y la paloma blanca

By on 23 July, 2012

Mi vida agridulce en Madrid como profesional en una revista pronto se derrumbó. Un grupo editorial la compró y este peregrino con casa, hija y compañera, tuvo que pasar por el aro. En vista de lo cual me busqué la vida haciendo radio y ofreciendo en ella relatos de mis aventuras.

Al poco, todo el montaje profesional volvía a derrumbarse, mi maltrecha situación obligó a pisar más a fondo el acelerador y llegué hasta la dirección de la revista “Tercer Milenio”.

En este mar de contradicciones en los que uno a veces siente ir en contra de sus valores y de su coherencia, fui pasando uno a uno por todo el catálogo de despropósitos, vergüenza y negación de lo que hasta entonces me había constituido.

Pero tras aceptar y aprender lo que me estaba tocando vivir, la vida fue generosa conmigo, ya que tras el primer sueldo recibido, resplandeció la verdad, y la verdad era que no tenía ni idea de cómo dirigir aquella revista. Volví a casa con sensación de ruina y de absoluto caos. Mi vida se había colapsado y me sentía como el más mediocre de los mortales. Sentía que con tantas experiencias a mis espaldas, aquella no era una más. Lo que me estaba sucediendo era superior a mis fuerzas.

Fue entonces cuando mi compañera Marga y mi hija Nova se refugiaron en casa de los padres de ésta en Galicia. En realidad ahí acababa un ciclo que aunque había luchado por mantenerlo, parecía que desde hacía un tiempo todo se había sistemáticamente puesto en contra. En aquel momento de mi vida, decía adiós a la convivencia diaria con mi hija Nova, un ser que en mí generaba el amor más incondicional que jamás había sentido. Durante los dos últimos años y medio de la vida de Nova, había vivido día y noche enfocando mi conciencia en su cuidado. Mi atención y amor eran incondicionales. Salíamos juntos a todas horas llevándola en una mochila a mi espalda. Ambos recorríamos múltiples senderos de montaña. Me levantaba como un rayo cuando tosía o lloraba y le dedicaba cuentos e historias casi las 24 horas del día. En realidad, la falta de trabajo me ayudaba a dedicar esa atención, mientras se conformaban sus neuronas y recibía las primeras influencias de su vida.

A la salida de Marga hacia Galicia, el adiós a un modelo de vida flotaba inevitable en la atmosfera emocional del destino. Lo que años atrás había comenzado con una sinfonía de luz y vida, ahora señalaba un cambio de perspectiva.

Así pues, tras su salida, dejé la casa familiar y entré en un piso vacío que me dejó un amigo.

Aquella noche, la primera noche de aquella dolorosa separación, sucedió uno de los acontecimientos más tristes y penosos de mi existencia. Encontrándome en una habitación vacía y sentado sobre la moqueta, sentí la separación y experimenté un dolor tan fuerte que comencé a llorar y llorar en el más absoluto desconsuelo. Sentía que aquella escisión con mi hija Nova y su madre, no solo era el término de un proceso, sino que también era la hecatombe de una mente confundida que no podía detener el cúmulo de acontecimientos, que conspiraban para soltar un modelo de vida en convivencia cotidiana a mis casi 49 años.

El desarraigo emocional era de tal intensidad que de pronto, en un ataque de dolor extremo e inusitado, sentí como mi pecho se abría, dando paso a una extraña visualización:

¡¡¡Una paloma blanca salió de mi pecho¡¡¡

Atónito, observé cómo se elevó perdiéndose en lo alto. Aquella imagen era tan real como el suelo azul sobre el que me asentaba. Ante tal vivencia, el llanto y una lacerante tristeza desgarraron mi ser. Aquella paloma blanca… sentía que también me abandonaba. Con ello quedaba herido de muerte en mi alma rota. Lloré amargamente durante horas y horas, mis gemidos eran interminables y mi sentimiento de fracaso y soledad sangraba en una ininterrumpida hemorragia. Aquella casa vacía y sin muebles, mi hija querida y mi buena compañera muy lejos…, mis sueños rotos, mi coche inexplicablemente fundido y mi bolsa totalmente vacía. No había escapatoria posible, ni siquiera pasó por mi imaginación llamar a mi madre y pedir ayuda. Parecía que la vida quería que muriese con dolor, para tal vez renacer más amplio y profundo.

Era la noche oscura del alma.

Y ante este abandono y la sensación de exilio, mi ser se quebrantó todavía más… De pronto, en un gesto de infinito desgarro y sufrimiento, determiné que “nunca jamás volvería a creerme el proyecto de una vida familiar al común de los hombres”. Para sellar este propósito, tomé un cuchillo y practiqué una incisión en la mano para que saliese la suficiente sangre como para escribir un juramento. En aquel decreto con letras en rojo que plasmé, decía que “por el poder de mi consciencia y el Universo como testigo” juraba “no volver jamás a entrar en un juego de convivencia familiar que adormeciera mi misión”.  A partir de entonces, mi vida se dedicaría a ejercer la vocación encomendada más allá de los tiempos y ya nunca más me enredaría en proyectos “ajenos” a la obra de mi destino.

¡Que poco sabía yo entonces de que somos más pasajeros que conductores en el gran tren de la vida! Ignoraba los muchos elementos desconocidos y misteriosos que tejen la red de nuestro destino.

Una vez sellado y firmado aquel pacto de sangre, salí a una terraza y le prendí fuego. De esta forma pensé que su mensaje vibratorio acerca de mi gran refrendo, quedaría registrado en los éteres de la noosfera.

El vuelo ascendente de aquella paloma blanca me llenó de pena y confusión. Una parte de mí creía que era la metáfora de un algo espiritual que se había “alejado” de mi vida. Pensaba que se abría un paréntesis en el que la paloma no volvería hasta que hubiese purgado y comprendido todo que debería comprender e incorporar. Pensaba que una vez pasadas las pruebas que me aguardaban y finalizado el entrenamiento que con los años precisaría, la paz a mi alma volvería.

El caso es que durante años y años y ya viviendo junto al Retiro en Madrid, mi vida no estaba lejos de las palomas. Aquel ático del psicoterapeuta era la sede de docenas de palomas que se posaban en el dintel de mi ventana. Las miraba a menudo silencioso y casi obsesionado. Pensaba que tal vez un día, alguna paloma blanca entraría en mi casa y el espíritu volvería a reconfortar mi corazón.

Un día entró una paloma marrón clara y por su aspecto muy enferma, se diría que venía a morir. La cuidé pensando que si esperaba a una reina blanca me llegaba una leprosa. A los pocos días murió en mi casa. Pasado el tiempo, entró de nuevo otra paloma con manchas negras, pero también en condiciones lamentables, una paloma que también acompañé hasta que un día sanó y voló. Observaba que a mi vida tan solo llegaban aves muy heridas que mi persona acompañaba.

Desde entonces, las aves blancas me han recordado un paraíso perdido, el reino infinito de Itaca. Me preguntaba de forma poética si con el tiempo, de pronto, vendría un ave blanca a hundirse en mi pecho, habitando y encendiendo mi morada con su llama.

Reconozco también que otra parte menos dramática de mi persona, pensó que aquella noche en la que me enfrentaba al duelo de la separación, lo que en realidad había sucedido es que mi pecho se había abierto desagarrado, y que aquel ascenso de la paloma blanca no era otra cosa que la elevación del espíritu. Sin duda otra interpretación que flotaba también en mi subconsciente. Pensé que ambas ideas podrían convivir y que sería el tiempo quien diría.

Así que siguiendo el curso del relato y tras la dolorosa separación, lloré, aguanté y esperé.

Tras una etapa de desierto en la que vivía minuto a minuto y día a día, sonó el teléfono. Era Juan Antonio Campoy, nuevo director de la revista “Líderes”, queriéndome contratar para entrevistar a las grandes figuras españolas de la economía, la ciencia, la  política, la comunicación y la sociedad en general.

De pronto a este joven peregrino tan colgado como idealista, se le daba la oportunidad de reprogramar su mente, aprendiendo de los hombres y mujeres destacados con cualidades y responsabilidades.

Mis entrevistados fueron desfilando al tiempo que les hacía miles de preguntas en sesiones interminables de varias horas… Punset, Valls Taberner, Cardenal Tarancón, Iñaki Gabilondo, Alfonso Guerra, Cristina Almeida, Javier Arzallus, Fernando Iglesias, Nicolás Redondo,  Ardanza…

Las entrevistas eran insólitamente largas, podrían tener hasta doce páginas y tenía carta blanca para integrar “el mundo” y el espíritu, el amor y la muerte, la sexualidad, las creencias, la vida pasada de cada cual… preguntas todas humanistas que no sólo haría un extraño periodista de mente abierta, sino como algún entrevistado afirmó, las haría un psiquiatra y escritor.

Por lo que pude comprobar conforme avanzaba en aquel cometido, mi formación antes aterrizar en el mundo, estaba nutriéndose de diferentes padrinos y madrinas que en la vida pública, se habían ganado cierto respeto y reconocimiento. Unos por su vocación, otros por su inteligencia, pero por lo que pude comprobar, todos por su incansable entrega a lo que creían con una capacidad de trabajo ilimitada.

Con este quehacer viajé con un fotógrafo de la revista a varios puntos de España. Todo un curso preparatorio para “recordar y actualizar” mi visión del mundo, el cómo eran sus gentes y cómo pensaban aquellos seres humanos que habían hecho algo que les permitía ejercer responsabilidades en el seno de una sociedad, a mis ojos, contradictoria.

Tras año y medio de una entrevista semanal y viendo que también finalizaba la etapa de la revista Líderes, me sentía con más aplomo y tal vez algo más maduro y formateado. En este contexto, una mañana en apariencia como todas, bajé al Bar que había debajo de la redacción de la revista, y me encontré con una mujer que tras una breve conversación me invitó gratuitamente al curso de “Anatheoresis”, de corte psicoterapéutico que impartía Joaquín Grau. Acepté encantado.

Había cumplido 49 años y en mi esperado ciclo de 7×7, comenzaba un camino que evolucionaría en su apariencia, pero que en el fondo me permitiría ejercer de lo único que me hacía feliz: Acompañante del alma.

Allí se iniciaba una carrera sensible y creativa de amor en acción que día a día, aliviaría el dolor a mis pacientes y de paso curaría a este sanador herido que mi ser encarnaba.

¿Quién diría que pasados 14 años, podría contabilizar un pasado con más de 7.000 consultas terapéuticas personalizadas?, ¿quién podría imaginar entonces que pasaría por intensos estudios de psicología y fundaría una Escuela Transpersonal para capacitar a terapeutas y educadores?, ¿quién podría pensar que además desencadenaría la construcción de una sede monasterial para acoger a todo aquel que anhelase practicar meditación y expandir conciencia?, ¿quién imaginaría que cuando mi hija Nova tuviese 19 años, constituiría Una Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal?

Desde luego que la vida me seguía sorprendiendo.

Una vez más aparecía mi mantra en la pantalla del ordenador:

TODO ES POSIBLE

Pasados los años, sigo deteniendo la mirada allí en donde oigo un revoloteo de palomas y mi corazón todavía se estremece, abriendo mi pecho por si ya toca.

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0 Comments
  1. Reply

    Leonor

    4 August, 2012

    Al leer: “sentí como mi pecho se abría, dando paso a una extraña visualización: ¡¡¡Una paloma blanca salió de mi pecho¡¡¡”, la imagen que a mi ha llegado es la de la jaula que se abre para permitir que el pájaro (de “miedo a la libertad” de Erich Fromm), vuele libremente.
    Me ha resultado curioso al ver significados y encontrarme paloma unido a: candor, sencillez, inocencia, paz y armonia. Tampoco recordaba haber visto u oido que Venus la llevaba en la mano y la ataba a su carro, y que a veces se transformaba en ella.
    ¡Paloma, se bienvenida al mundo!

  2. Reply

    lorea

    5 August, 2012

    Estoy en el ciclo del 7×7, sintiendo que es para mi de gran poder transformador, ser mas lo que soy para poder acompañar desde el alma, con y a traves de todos los limites,
    por que ya tambien se ,que esa es mi felicidad.
    gracias J.M

  3. Reply

    Marta Pretus Real

    8 August, 2012

    Esperanzador!!
    Mi historia con un ciclo de 6 x 7 tiene similitud…En vez de una paloma fue un pitiroig el que visitó mi hogar, en el que hasta aquel momento -un piso- solo entraban moscas…
    En lugar de un exilidado masculino…es una fémina lo cual…todavia mas amargo, pues hasta hacia dos meses mi rol de madre desempeñaba sus funciones ordenadamente; de forma meticulosa a la vez que amorosa. Pero la vida me abrió la puerta de la soledad, un nuevo hogar. A dos pasos de donde viven mis 2 hijos: hijo de 13 y hija de 12. Yo he crecido, ellos han crecido, mi ex está creciendo…Si quiero vivir del pasado, lloro y me desahogo, si quiero vivir del futuro pienso “no hay mal que por bien no venga” y si me detengo en el ahora: SOY LA PERSONA MAS FELIZ DEL MUNDO.

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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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