Un parto con dolor hacia la cuarta vida
Mágico vivir

Un parto con dolor hacia la cuarta vida

By on 30 July, 2012
Eran las 3,30 de la tarde. Aquel día de diciembre del 2010 era frío y la comida con el equipo de la Escuela Transpersonal, había sido muy cordial y creativa.

Al salir del restaurante hacia los coches y volver a nuestra cercana sede de Kay Zen en el Escorial, no imaginaba yo que a los pocos minutos, aquella molestia que comenzaba a sentir en mi costado de pronto, se transformaría en un dolor agudo, un dolor tal que me haría detener el coche, salir precipitadamente del mismo y tenderme tembloroso en el piso.

El imprevisto

A los pocos minutos, mis tres desconcertados compañeros vieron que la situación ya no era controlable, fue entonces cuando intuí que aquello no iba a ser una visita acelerada a la sala de urgencias más próxima. Aquel tremendo dolor anunciaba algo que estaría más allá que el simple ajuste “por unos días” de mi apretada agenda. En aquel instante, nada había más importante que resolver aquella presión lacerante que barriendo ideas, planes y hábitos cotidianos, se disponía a resetear 21 años de mi pasada vida.

Mis desesperados quejidos en el coche que vertiginoso se dirigía al hospital de Torrelodones, eran inquietantes. Mis compañeros no sabían cómo hacer para atenuar aquel horror que al parecer mi ser padecía. No parecía haber pausa en aquel ataque que iba a más, en los largos minutos de viaje que aún quedaba.

A la llegada, tras un diagnóstico a toda marcha, los médicos coincidieron: Se trataba de una pancreatitis, la cosa era grave, pues había un porcentaje elevado de personas que no lo superaban. A los pocos minutos, mi cuerpo fue llevado rápido a la UCI, un lugar que no abandonaría hasta pasados 11 días y noches, durante los cuales atravesaría terribles infiernos. 11 días intensos en los que soslayaría a la muerte y finalmente volvería desde un punto 0, al juego encarnado de la vida.

La prueba

La UCI era un extraño lugar extraterrestre entre la Tierra y el Infinito. Había unos seres vestidos de verde con gorros y cara tapada que llegaban hasta muy cerca de mi cama. Al llegar miraban gráficos y analizaban datos, al tiempo que introducían líquidos en mi cuerpo y ponían más cánulas de entrada en mi dolorido ecosistema. A veces hacían alguna pregunta como para dar la impresión de que eran humanos y de que uno seguía en la Tierra. Recuerdo que hablaban en voz muy alta y era difícil convencerlos de que lo único que quería era anestesia y más morfina,

¡¡¡Por favor…!!

… el dolor era tan insoportable que ni un minuto más podría habitar aquel cuerpo sometido a tanto dolor sin tregua.

La respuesta siempre era la misma:

¡¡Ya le hemos administrado toda la que puede usted admitir, ahora relájese y duerma…!!

Aquellos gestores del dolor, decían que no podían darme más de lo estipulado. Y toda mi ocupación durante las horas y horas que pasaba mirando al reloj de enfrente, consistía en convencer a los más jóvenes de que me dieran una gota de agua en una lengua resecada y llena de llagas. Cada respiración era igual que un cuchillo entrando en mi costado y cuando miraba el y me daba cuenta de que el tiempo era terriblemente lento y el dolor tan intenso y sostenido, que la muerte parecía cosa secundaria. A veces miraba a ésta, pero dentro de mí sabía que en esa ocasión, quizás no tocaba, pero en realidad, la sentía día y noche a mi lado. Había tanto que hacer… además morir o no morir… había algo mucho más importante que la muerte. En aquel momento lo único que realmente importaba era convencer a los señores de la cara tapada de que ¡por favor!, se diesen cuenta de lo insoportable de mi dolor e hiciesen lo que fuese, que pusiesen algo nuevo y rápido en mi vena.

Eran momentos en los que me sentía mendigo en espera de una sustancia química que aliviase el infierno que, segundo a segundo, me inundaba. Comprendí en aquel momento la desesperación implícita en aquella anécdota que la historia cuenta acerca del Rey Carlos V. Se decía que dicho monarca, habiendo sido derribado por un enemigo en pleno campo de batalla, y encontrándose a pie, a merced de sus atacantes, clamó con voz suplicante y atronadora aquella frase que pasó a la historia:

¡¡Mi reino por un caballo!!

En mi caso también lo daba todo, daba todo lo que tuviese por ¡¡un chorro de calmante!! Un somnífero que permitiese a aquel cuerpo dormir un rato, aunque fuese una hora.

A todo esto, día a día, a la hora indicada, era visitado durante unos breves minutos, por mis compañeros, amigos y familiares que avisados del delicado momento, dudaban si me volverían a ver con vida. Y aunque el amor y la compasión que me ofrecían, reconfortaban mi ser, sentía no estar del todo presente. Mi alma se hallaba en algún sitio, tal vez sintiendo si tenía o no que volver al juego de la vida.

Algunos rostros queridos y sonrientes junto al tacto de sus manos que a las mías tocaban, me recordaban que existía un mundo sin dolor ahí fuera, un mundo en mi caso eclipsado por el gigantesco agrandamiento del momento presente que el dolor continuado, sin dudar conllevaba. En aquella UCI no había tiempo pasado, no había futuro, no había ahí fuera… tan solo existía ese AHORA y solo AHORA, acompañado de un intenso deseo de salir del infierno que fulmina al pensamiento en sus anticipaciones y memorias.

Solo sentía que tenía que recorrer aquello y que cada instante era “uno menos”, en una carrera desesperada e incierta. Los señores de la cara tapada fruncían a menudo el ceño, y uno sentía que podía estar grave. Había que atravesar el fuego… una prueba de dolor que a veces intuía que tendría sentido en algún registro mutante de mi consciencia.

¿Acaso el dolor no estaba presente en la mayor parte de los procesos de crecimiento: en el nacimiento, en la dentición, y en la adolescencia…?

No tenía respuestas lógicas a lo que me pasaba, pero sentía que tenía que seguir adelante, sin dejar de estar presente, aunque una parte de mí quisiese dormir y olvidar aquella pesadilla.

A pesar de mi expandida vivencia de un súper presente, para el mundo del cuerpo el tiempo sí pasaba, un tiempo en el que los medicamentos y las energías curativas propias de la naturaleza, iban restableciendo el orden anterior a la caída. A los diez días, me dijeron que si las cosas seguían así, saldría pronto de aquel cubículo. Pocas emociones cabían ya en aquella realidad de mi ser, una realidad tan solo sujeta al puro fluctuar de sensaciones. Mi único mundo era la sed, el dolor y el sueño. Y era tan limitado a tales sensaciones que por más que me hubiesen ofrecido un paraíso en la tierra, me habría dado igual. Lo único que me importaba era beber agua y poder destensar mi contraída naturaleza.

Volviendo a la tierra

Aquel huracán que había visitado mi vida, un día pasó. El día undécimo salí de aquella nave y fui depositado con mimo en una cama del hospital en el planeta Tierra. Allí estaban mis seres queridos y el teléfono móvil, recibiendo al recién llegado de los infiernos que era de pronto bienvenido a la vida cotidiana.

Allí durante otros 11 días, fui acompañado noche tras noche por mi querida Patricia y alguna otra por mi compañero Raúl que lograba convencerla. Allí viví la incondicional entrega de esta gran amiga del alma que sin poder dormir, compartía con amor e interés las muchas emanaciones que a borbotones salían a mi recién llegada existencia. En aquellas largas noches hubo visiones, corazón palpitante y lágrimas de gozo ante las cosas que mi pecho evocaba. Había tanto dentro deseando salir y tomar forma, que Patricia, mi cansada acompañante nocturna, no podía cerrar un ojo para dormir sin que mi alma la despertase expresando los paisajes que veía mientras aterrizaba.

Cuánta gratitud y amor con mayúsculas evocan aquellos días y noches, tantas horas en las que la energía de complicidad y apoyo, se hacía presente mientras cruzaba aquel puente desde el infinito a la mente concreta.

Un día cuando el proceso de vuelta estaba más maduro y mi cuerpo ya comía patatas, pastas y ensaladas, se presentaron mis compañeros de equipo , e hicieron una representación teatral que como rito, movió algo profundo en mis íntimas moradas. Entraron en fila con chupetes y narices de payaso, me entregaron un mensaje con el que fui encendiendo velas. La magia e inocencia de aquello que ofrecían, estaba mucho más allá de la mente lógica. Hablaba el corazón y se confirmaba sutilmente que la nueva energía, vendría inocente y mágica desde la esencia. Una energía lúdica, creativa y de total consciencia.

La nueva vida

Allí se dejó constancia del amor más allá de las palabras. Y en realidad aquel silencio elocuente, la hondura creativa y el eje de la presencia, constataron el nuevo ciclo y abrieron la puerta a mi cuarta vida.

De pronto, me di cuenta de que lo que tenía por delante era, efectivamente, otra vida.

A poco de sentirla supe del gran reto de dejarme ser de otra forma, sin abandonar el barco, ni recambiar a los seres de mi entorno y circunstancia.

Las cosas serían diferentes sin necesidad de desmontar “la casa”. El juego del nuevo ciclo no estaba tanto en decir otras cosas, sino en decirlas desde otro yo, es decir, desde un nivel de mayor profundidad y presencia.

El Universo me había otorgado un cuarto episodio a recorrer en el camino hacia la misteriosa meta. En realidad allí en aquella cama, repasé mis ciclos reconociendo que tras la primera vida hasta los 28 años, una vida de “tierra”, me comí el mundo y aprendí el trabajo en la materia. Y tras la segunda hasta los 42, una vida de “cielo”, realicé la gran búsqueda entre anhelos, viajes y renuncias. Y tras la tercera hasta los 63, una vida de “integración”, ejercí lo que sabía y materialicé proyectos sostenibles que bailaban ente la sensatez y la locura.

¿Cuál sería la cualidad de la cuarta? Me pregunté.

Hum… no hay pregunta sin respuesta. La cuarta que asomaba sería la de la “inteligencia cardíaca”. Ahora le tocaba al corazón latir en la vacuidad radiante y amorosa de la presencia.

La ternura, la aceptación y la coherencia serían cualidades que resonarían en el horizonte de las nuevas tendencias. Pronto llegarían datos neurológicos acerca de las investigaciones que hablaban de las neuronas del corazón, de su radiante campo electromagnético y de la onda de coherencia que éste precisaba en su campo de influencia.

El día de alta del Hospital era sincrónicamente Noche Buena. Y aquel día en Kay Zen, sede la Escuela y lugar en el que vivía, coincidía con un retiro de silencio. Me gustó que el símbolo de mi llegada fuese aquella energía de aquietamiento y presencia. Todo indicaba que los pasos futuros irían por aquella senda. La puerta del silencio como angosto umbral era requisito para que eso más allá del pensamiento y la memoria, nos encontrara. El mundo de la información, aunque no menos importante, tendría una posición sutilmente secundaria. Ahora el camino señalaba el vacío radiante y creativo como práctica contemplativa en el proceso de liberación y auto consciencia.

Cambios y descubrimientos

Al poco, creé un puesto de subdirección en la Escuela y comencé un camino progresivo de delegación de funciones cotidianas. No tardé en darme cuenta de lo obsoleto del patriarcado que determinaba gran parte de mi acción profesional. Poco a poco, mi energía de “padre”, daría lugar a otra más espontánea e inspirada, no exenta de humor y visión clara. Entretanto cruzaría el Atlántico con Patricia y construiríamos un puente de interacción de enseñanzas con las Américas.

A todo esto y mientras me reponía, me brotaba la visión de un futuro centro transpersonal de salud, un lugar que integraría no sólo al cuerpo mediante ayunos y limpiezas de hígado, sino que integraría asimismo las emociones, mediante capitulación de relaciones y desarrollando la propia biografía. También se cultivaría el intelecto con dialécticas luminosas y lecturas profundas, y por último, ¿cómo no?, la conciencia cultivada con silencio y prácticas meditativas… Todas estas íntimas visiones dejaron certezas entusiastas e impulsoras.

Quién iba a decirme que al cabo de un año y medio constituiría en compañía de una bella alma llamada Delara, una Fundación Transpersonal con proyectos de educación, salud y autoconciencia. Y quién podría imaginar que aprendería a soplar el digdiridoo y la flauta de viento, al tiempo que abrazaría una dulce soledad, abrazante y creadora.

Los cambios iban en cadena y las señales me llevaban a soltar teorizaciones y abrazar la vivencia. En este contexto, recuerdo incluso que en una tarde de primavera, sucedió que mi vista se detuvo en una cabeza de buda que se hallaba encima de mi chimenea. Se trataba de una talla en cristal de roca que traje de uno de mis viajes a Nepal, talla que allí llevaba ya años bien posada. De pronto seguí un impulso… y moviéndola de su sitio, la puse a un lado… en su lugar coloqué una manzana.

Observé lo que había hecho y me dije,

“¿Qué querrá decir mi ser con este pequeño movimiento?”

Sentí que a partir de ese momento, la energía global tanto de mi vida, como de la Escuela y la Fundación, estaría marcada por el aspecto “vivencia”. Un aspecto que no hablaría del morder, sino que directamente mordería.

Sin duda aquello era algo que me llevaría a nombrar los episodios relevantes de mi vida, episodios que en este libro se expresan como vivencias en las que la curiosidad, el riesgo, la lágrima, la pasión, el placer, los anhelos, el miedo y la risa, no me habían llegado por leer libros sobre consideraciones y efectos de la “mordedura”, sino tan solo por haber decidido a lo largo de mi vida, una y otra vez, Morder la manzana.

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0 Comments
  1. Reply

    lola

    31 July, 2012

    ¡ la Vida es tan bonita…que parece de verdad !
    …y eso es lo que le da la Magia…

    La vida de un pájaro en vuelo
    La vida de un amanecer
    La vida de un crío
    …de un bosque y de un río
    La vida me ha hecho saber

    La vida del sordo y del ciego
    La vida que no sabe hablar
    La del triste loco
    La que sabe a poco
    La vida me ha hecho soñar

    La vida voraz que se enreda
    La vida que sale a jugar
    La vida Consciente que queda
    La vida que late en el mar

    La vida que brota de un muerto
    La vida que no se murió
    La de los desiertos
    La de un libro abierto
    La vida me ha hecho cual yo

    La vida que alumbra en el trueno
    La vida final de un adiós
    La Vida goteando de un seno
    La vida secreta de un Dios

    La vida que pende de Todo
    La vida de cada emoción
    La vida en exceso
    La vida …de un beso
    La vida me ha hecho canción…..

  2. Reply

    Elisa

    6 August, 2012

    Gracias por ser, por estar, por compartir…

  3. Reply

    Marta Pretus Real

    8 August, 2012

    La vida a partir de los 42…

    ¿Qué es la Tristeza? ¿La tristeza profunda?
    Es saberse amada, respetada y honrada…
    Y aun así desesperanzada
    ¿Qué es la Alegría? ¿La alegría pura?
    Es esa emoción que todo lo contiene
    Presa en ella silenciosa se vuelve
    A veces con el corazón en la mano y
    Otras veces encerrado en tu puño
    ¿Qué es la soledad?
    Es cuando tu mente piensa que necesitas compañía
    Y cuando la tienes ahí presente
    Deseas ardientemente que se ausente…
    ¿Qué es la humildad?
    Darte cuenta de que cuando
    crees saberlo todo
    no sabes nada en realidad
    ¿Y el Amor?
    Ah, el Amor…
    El Amor es aquello que tenias enfrente
    Pero no lo sabes hasta más adelante
    Es aquella vibración radiante
    Que te mueve, te empuja desde dentro y hacia arriba
    Y aquello que no sabes definir con palabras exactas
    Ni con comparaciones abstractas
    Ni con dibujos, música o mantras
    El Amor es aquello que queda
    Cuando has intentado de cualquier manera
    darle forma, color o nombre…
    Es lo que te hace fuerte
    Incluso superar la muerte
    Eso que en algunos momentos
    Desearías cambiar por deseos
    Pero aguardas sabiamente
    Sabes con certeza
    Que si ha de llegar llegará
    Y si no llega a llegar
    Habrá valido la pena esperar…
    Marta

  4. Reply

    araceli

    13 August, 2012

    recuerdo haberme concentrado mandandote fuerza y sabiduria para vivir la dura experiencia que te habia tocado y recuerdo como me hacia una y otra vez la pregunta ¿por que el? ¿acaso no es un hombre que trabaja dia a dia el estar consciente en su mente su cuerpo y su corazon?.
    Ahora entiendo…, yo interpretaba la enfermedad como una especie de “castigo” por haber hecho algo erroneo, tu me acabas de enseñar que la enfermedad bien puede ser un “premio” para ayudarnos a llegar a una vida “mejor”.
    y Sobre todo una enesima leccion de humildad para aceptar aquello que no entendemos y no podemos manejar.

  5. Reply

    africa

    27 August, 2012

    Al leer tus palabras las lagrimas resbalan por mis mejillas…
    Gracias por compartirlo todo, gracias por estar ahí!!!!!!!
    Y gracias al Universo que ha querido que tus enseñanzas lleguen a mí .

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JOSÉ MARÍA DORIA
ESCRITOR Y PSICOTERAPEUTA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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