Claves de amor y relaciones. Infidelidad, dependencia y relaciones abiertas.
Por el 1 julio, 2013

Desde el punto de vista transpersonal, ¿es posible vivir con una pareja que tiene un amante? ¿Es asimismo posible mantener simultáneamente dos relaciones de pareja estables?

La relación de amor y pasión entre los seres humanos se ha revestido de una muy amplia gama. Nuestra vida se ha llenado de opciones, y en realidad a mayor número de ellas, mayor poder de autogestión y seguridad para nuestra persona. Dicha gama de opciones está clara por ejemplo, cuando vamos a comprar un simple pan a la tienda de la esquina. Se trata de un momento en el que debemos elegir si será pan de trigo o de centeno, si será con corteza o sin ella, si será integral o no, si lo querremos en barra o… Toda una delicada operación de exclusión de posibilidades tan solo para llevar a casa un pan a secas. Y para qué hablar de la compra de un coche nuevo. En los momentos actuales debemos optar, no sólo por los carburantes, cambio, motores, llantas… sino también por los techos y colores de la tapicería.

Pues bien, el modelo  de pareja no es ajeno a esta gama de opciones que se conforman en un mundo creativo desde el que manifiesta nuestra mismidad tan irrepetible como única.

Pero, más allá de modelos, ¿se puede amar a nuestra pareja cuando ésta tiene un amante?

Claro que se puede amar a quien no sólo desea y ama a nuestra persona, sino a otro ser con quien recorre determinadas vivencias. Sin duda para las personas que viven en el nivel personal dependiente, éste supuesto puede ser todo un drama. Sin embargo convendrá preguntarse si algún día terminarán nuestras identificaciones con la forma que el amor adopta.

En realidad el amor será siempre amor, sea con el envase que sea. Tal vez no sea muy común mantener una relación de pareja con quien mantiene otra relación íntima, sin embargo, quien sienta superada la posesividad sexual y emocional, tal vez descubra horizontes insospechados de libertad y grandeza. Sin duda aspectos que pueden abrir la puerta de una relación de amor de mayor universalidad y sintonía.

Tal vez en nuestra cultura posesiva, este planteamiento de amar a quien ama a otro, todavía no resulta digerible, pero sí es una forma de amar compatible con la pareja que se encuentra en multitud de culturas. Por ejemplo en China existe la etnia Mussho que permite a todas las mujeres apertura total de relaciones con otros hombres que no son su pareja. En dicha cultura, toda mujer casada dispone de una habitación de total privacidad con entrada directa a la calle, y los hijos que nacen no son del matrimonio sino de la comunidad entera.

Y quizá en el seno de la cultura occidental actual, el hecho de llegar a amar a quien no solo a nosotros ama, ha sido y es una de las posibilidades más elevadas de amor que late en el camino que discurre entre el lobo y el buda. Dos naturalezas que coexisten en el interior de todo ser humano y que sin duda, tienen su escenario de experimentación en las pruebas que a cada uno nos pone la vida.

Cuando atravesamos la fase del enamoramiento, fase en la que precisamos de total absorción en nuestro ser amado, sucede que cualquier ampliación del objeto de amor hacia un tercero, resulta casi imposible de sostener, tal vez porque en ello percibimos interferencia. Sin embargo cuando el amor supera obstáculos y crece hasta brotar desde la madurez del alma, deseamos que finalmente y por encima de todo, el ser que amamos, con amante o sin él, sea realmente feliz experimentando lo que alma necesita.

La diferencia entre la pasión y el amor está en que mientras la pasión busca la felicidad en el otro, el amor busca la felicidad del otro.

No tenemos por qué necesariamente sentirnos mermados de amor como se siente el niño que teniendo en propiedad a su madre, es decir, “toda entera para él”, de pronto se ve destronado por la llegada de otra nueva criatura. Todo un drama reservado para quienes todavía como es el caso del niño, viven en la dependencia. La pareja entre seres abiertos a la dimensión transpersonal, puede “comprender” los deseos y necesidades del otro, y no padecer de abandono ni sentir quebranto personal cuando éste extiende el amor y abraza.

¿Acaso esta comprensión tan “abierta” resulta posible para las personas de un nivel “normal”?

Este mencionado supuesto de infidelidad es una dura prueba para muchas parejas que elijen seguir sosteniendo la relación, aún a pesar de la presencia de una tercera persona. En estos casos lo importante no es si hay un tercero o no lo hay, sino el proceso íntimo que vivimos ante ello y qué es lo que finalmente elegimos como fórmula de vida.

Demasiado a menudo estamos condicionados por la sensación social de “cuernos”, una imagen que todavía es considerada no sólo como un síntoma de desamor, sino como ridículo y devaluación como etiqueta. Algo así como pensar que si nuestra pareja ama a una tercera persona, es porque goza más con ella. Una interpretación que para muchas personas lleva al duelo y la ruptura, mientras que para otras supone el comienzo de un nuevo nivel de complicidad y amistad pura.

Reconozcamos que nuestra sociedad occidental está muy condicionada en esta área de las llamadas “relaciones abiertas”. Sin embargo no por eso podemos enjuiciar a quienes eligen tal modelo de vida. En realidad demasiadas personas todavía piensan que si nuestra pareja tiene un amante es porque en alguna medida no “somos lo suficiente”, y en consecuencia, no ha tenido más remedio que buscar fuera lo que no ha encontrado en nuestra compañía. En este sentido se realizan juicios ligeros llenos de rabia, morbo y desprecio, ignorando el complejo entramado de sutiles y no tan sutiles necesidades que la infidelidad enfrenta.

Cada día que pasa hay más personas que investigan en el reconocimiento de sus propios moldes de cultura y familia. Y en nuestras memorias profundas todavía late un patriarcado racionalista que condiciona el modelo y por el que se encauzan nuestras emociones más recónditas. Soslayemos todo juicio condenatorio al modelo más o menos revisable que un día fue clave en la evolución de las personas. Que el ser humano sea polígamo o monógamo puede ser un condicionamiento de la cultura, o bien ser el refrendo de su simple constitución biológica.

En cualquier caso asumir que no hay una única forma, sino que somos y hacemos el camino, será una forma de ejercer nuestra responsabilidad al actuar y escuchar desde la presencia.

ETIQUETAS
RELATED POSTS
0 Comentarios
  1. Eugenia González

    20 julio, 2013

    Este tema en especial me agrada la mirada de la diversidad y que por cultura el hombre ha intentado la imagen de la monogamia, aunque ha practicado siempre la poligama a escondidas. Como siempre gracias por compartir su forma de percibir y ver la vida.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

Suscríbete
¡Recibe los últimos artículos de mi blog en tu email!
Archivos
VISITA MI FACEBOOK
PÁGINAS AMIGAS