El acantilado iniciático
Mágico vivir

El acantilado iniciático

Por el 23 abril, 2012
La vivencia que me dispongo a relatar, sucedió durante mi etapa de peregrino y buscador en la Isla de Tenerife. Una etapa de mi vida en la que sentía un enorme interés por el tema de la “Iniciación” especialmente la que provenía de las raíces teosóficas.

Los escritos de Alice A. Bailey en el seno de la Escuela Arcana acerca de las iniciaciones como proceso y rito de expansión de consciencia, resonaban profundamente en mi persona. En realidad para la cultura egipcia, la “Iniciación” era la culminación final de un proceso de aprendizaje en el que el “iniciado”, era sometido a un conjunto de “pruebas”, pruebas que no sólo le permitían optimizar potenciales insospechados, sino que además representaban para él una experiencia poderosa, a costa incluso de arriesgar su propia vida.

Se dice que algunos aspirantes llegaban a morir en las pruebas y que aquellos que sobrevivían a ellas, eran admitidos en la comunidad de aquel singular sacerdocio que gestionaba el desarrollo de las personas.

Con toda esta información que ofrecía la extensa obra Alice de A. Bailey, mi mente rebosaba de aventura evolutiva ante las pruebas que los futuros iniciados enfrentaban. En realidad el camino del peregrino-buscador requería vocación, valentía y compromiso, aspectos claves para acceder a la expansión de la visión y a un grado mayor de madurez y responsabilidad encomendada.

En aquella atmósfera de estudio e interiorización me dirigí solo y sin rumbo fijo a la isla de La Gomera, un lugar en el que por alguna razón desconocida, había vivido experiencias profundas. Una vez allí y adentrado en la naturaleza, llegué hasta un enorme acantilado de roca. Se trataba de un apartado lugar, desde cuya altura se veían kilómetros de horizonte marino cubierto de una limpia atmósfera. Calculé que aquel acantilado tendría unos 700 metros de bajada hasta el nivel del mar, y que en verdad era el sitio que intuitivamente buscaba.

Eran las seis de la tarde. Sentí que el lugar me aceptaba y por ello me senté contemplando en la cima, mientras pasaban las horas en total quietud serena.

La llamada

Así pasó el tiempo hasta que de pronto y ya anocheciendo, sobre las 21.30, comencé a sentir en todo mi cuerpo una extraña sensación como de corriente eléctrica. La inquietud era tal que me hizo salir del estado meditativo y movilizar brazos y piernas. Me dirigí hasta mi Mehari, me hice con una linterna y de pronto, sin saber muy bien a dónde me dirigía, comencé a descender por el acantilado hacia el mar a través de su imponente bajada… Descendía sin rumbo y sin comprender qué estaba sucediendo entre aquellas rocas. Había todavía luz suficiente para poder ver dónde pisaba y discernir el grado de riesgo que aumentaba con mi avance, así como la extraña aventura que a mi vida espontáneamente se avecinaba.

Conforme avanzaba hacia una mayor verticalidad en la bajada, sentía que era “casi necesario” seguir descendiendo, aún siendo consciente del riesgo cada vez mayor de caer por la escarpada. Pero paradójicamente, el insólito hecho de bajar aliviaba una necesidad desconocida, aunque una parte de mi mente advertía que aquello que estaba haciendo y dada la poca luz que había, era una absoluta locura.

Una parte de mí sentía: “Esto es una locura, hay mucho riesgo de caída… estás totalmente solo… si te caes y simplemente te inmovilizas, nadie te va a ver ni recoger… se está haciendo de noche y es muy peligroso avanzar más por esta bajada…”.

Sentía efectivamente la voz de la razón y sin embargo, seguía adelante como si nada. Era como si algo más allá de mi lógica estuviese empeñado en vivir aquella inexplicable experiencia.

Al parecer mi mente precisaba razones para detenerme por lo que esta comenzó a recordar a mi padre, a mi madre, a los educadores de mi infancia… Sus voces me hablaban con el lenguaje de la prudencia y me decían “es una locura, es una locura…”, “este chico es un loco, parece mentira: un día se va a matar… A quién se le ocurre, a las once de la noche estar bajando por una escarpada…Claro: así se cayó y se mató en el acantilado de una isla…”

Todo esto suponía una contradicción gigantesca pero aún así, algo muy hondo en mi ser seguía adelante, a pesar las llamadas a la cordura.

La primera puerta: el sentido

Así pues, seguí bajando hasta que de pronto, en medio de aquella contradicción y en un punto en que el camino se hacía todavía más duro, brotó contundente una Voz interna que haciendo un silencio absoluto, acalló las pequeñas voces previas… Era una voz muy profunda que de forma clara dijo:

“Estás comenzando un recorrido iniciático.

Lo que vivas a lo largo del mismo, te aportará las claves para recorrer el camino de tu vida”.

El sentimiento que desató aquella voz nunca atrás escuchada, me dejó “de piedra”. No era un pensamiento. ¡No!. Era otra cosa, era una voz sabia, honda y sagrada. Una voz cualificada de seriedad y serena contundencia. Su aparición unificadora había silenciado rotunda mi cabeza de dudas y resistencias. Sentí que provenía desde una dimensión interna que merecía todo mi respeto y reverencia.

En vista de lo cual me rendí… se acabó la duda. Tenía la razón que mi mente necesitaba: Recorrer un camino iniciático.

Tenía sentido el riesgo que pudiese asumir en aquella bajada.”

Era ya de noche. Saqué la linterna de mi bolsillo y comencé a iluminar cada roca que pisaba, pues si quería avanzar, debía hacerlo de forma precisa y controlada.

Segunda puerta: adelante sin vacilar

Tras recorrer un trecho, de pronto volvieron a acecharme las viejas voces de sensatez y control de mi infancia. Reconozco que vinieron con menos fuerza que antes, pero con argumentos muy parecidos que decían:

“Es una locura, ¿qué vas a hacer? ¡Te vas a matar! ¡Qué desastre…! Mira tu vida, ahí en un acantilado, por la noche bajando por unas rocas ¿Tú crees que un hombre de tu edad puede hacer estas cosas?

Algo en mí parecía intuir que si seguía adelante y superaba estas últimas programaciones, mi identidad se transformaría. Si de regreso subía vivo, sentía muy claramente que no sería la misma persona.

Y mientras buscaba una cierta paz en el remolino de la duda, divisé a unos 20 metros más abajo, una roca que con un pequeño arbolito, sobresalía a un metro de la pared, y además tenía forma de silla. Entonces pensé:

“Cuando llegue allí me sentaré y pensaré si continúo o no  y resuelvo de una vez esta locura”.

Reconocía que algo en mí trataba de ganar tiempo acallando a mi mente y dándome unos metros por delante para ver luego qué hacía. Me decía una y otra vez, “cuando llegue a la roca y me detenga, decidiré si bajo o vuelvo atrás…”.

Finalmente al llegar a dicha roca dispuesto a “pensar”, de nuevo surgió la honda voz interna y dijo de forma contundente:

“Si te detienes y piensas, no bajarás”.

Ante aquella categórica advertencia, ni siquiera miré la roca tentadora. La soslayé y proseguí de inmediato mi descenso, pero ahora más atento y consciente. En realidad me encontraba ya decidido y pleno de sentido. Tras aquellas palabras sentí que las resistencias ya nunca más aparecerían. Y así fue. El pasado quedaba atrás y mi mirada estaba enfocada en el final, junto al mar.

Tercera puerta: atención plena

Dando un paso tras otro, superaba obstáculos al tiempo que mis pensamientos viajaban dispersos anticipando el excitado final. Mi mente saltaba emocionada de una idea a otra como un mono saltando de rama en rama. La emoción de estar viviendo un suceso tan mítico y peligroso, desenfocaba mi atención y enturbiaba de emociones mi consciencia. Sentía la sensación de euforia por formar parte de un algo Mayor, en el que tal vez mi persona estuviese destinada.

Era por ello que mi atención no era tan precisa al poner pies y manos en aquella escalada. Y fue por no estar atento que, de pronto, perdí el paso y sufrí una caída. Mi cuerpo rodó por entre aquellas rocas. Afortunadamente no fue grave, pero sufrí un golpe en la espalda que me obligó a pararme en seco y tomar nota. Detrás de aquella caída sentía una lección que tenía que incorporar en mi vida.

En ese preciso momento, volvió esa voz lúcida y dijo:

“Atento a cada paso. Pon tu mirada en los tres metros de cada día”.

Gran lección para enfocar la atención al momento presente. Convertiría mi error de caída en experiencia. Y esto trasladado a mi vida y su proyecto, significaría mirar al día de hoy, al cada día, a cada acción, a cada paso, este paso, este único paso. Nacía el primer destello de comprensión hacia la atención plena en lo que cada instante precisa.

Comenzaba ya a agradecer la llegada de aquella voz que empezaba a ser reconocida como fuente de sabiduría e íntima maestra de mi caminar. Sentía que mi caída había comenzado a ser un regalo si lograba aprender a neutralizar esa anticipación tan dispersa como ansiosa.

Tomé la linterna y con mucha más atención y prudencia, empecé a enfocar con precisión en cuál de las rocas se apoyaría mi mano derecha, dónde la izquierda, en qué punto apoyaría un pie y dónde el otro. Toda una lección de consciencia total en el ahora. Con este episodio se abría una de las lecciones más importantes para el camino futuro de vida.

Sentí que al caminar por la vida: “encendería mi linterna interior y trazaría cada día un objetivo. Lo seguiría paso a paso con total presencia”. Comenzaba a amar la acción por la acción, con independencia del resultado.

Al poco y con esta nueva forma de caminar, sentí que se retiraban la euforia, la excitación y la prisa. De pronto extrapolé que aquel estado de presencia tendría consecuencias en el camino de la vida.

Pasados los años he reconocido haber enfrentado muchas etapas difíciles, etapas en las que si no hubiese entrenado la mirada a esos únicos tres metros del día, a ése minuto o a ésa hora, hubiera abandonado muchas de las metas que constituían el sentido de mi caminar.

Así las cosas, de pronto llegué a un punto de rocas en donde comprobé que quedaba un segundo trecho por delante. Comprobé más tarde que incluso quedaría una última y tercera etapa. En verdad no imaginaba que el camino fuera tan largo y que quedase tanto por recorrer.

La lección asimilada

Tras comenzar aquel segundo tramo, me olvidé de la reciente lección del enfocar el momento presente, y ratifiqué que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Sucedió que de nuevo me volví a emocionar, y con esta emoción también de nuevo volví a anticipar, dispersar y descentrarme. Mi mente una vez más se inundaba saltarina de recuerdos y suposiciones. Mi cabeza cavilaba llena de preguntas acerca de lo que me esperaba y cómo sería el final. Todo un repertorio de artilugios mentales que distraían mi atención en lo único que tenía que hacer, que no era otra cosa que poner los pies y las manos en el sitio adecuado, entre otras cosas para no precipitarme al vacío y acabar con mi vida.

Pero volví a caer impactándome en los brazos y en la clavícula, pero entonces fue menos doloroso aunque resultó más largo el rodar de la caída. Súbitamente me detuvo una roca.

En ese momento, La Voz volvió a decir lo mismo:

“Atento a cada paso. Pon tu mirada en los tres metros de cada día”.

Ahora sí que aquellas palabras se grabaron a fuego. La reincidencia de error estaba siendo la mejor manera de asimilar la enseñanza. Aquel repetitivo entrenamiento del enfoque al presente se estaba convirtiendo en la ley más importante y practicable de toda la bajada:

Ahora, ahora, sólo ahora.

Lo que significaba sacar la linterna de mi bolsillo y enfocar al lugar concreto donde apoyar y avanzar. “Ahora”, sólo “ahora”… Mi mente comenzaba a estar tan solo centrada en la acción, en la acción de alumbrar, pisar y observar.

Seguí adelante. Sentí que estaba en la dirección correcta, ahora sólo tocaba actuar. Avanzaba más sereno, más pausado, más maduro, y también… algo más dolido. Rendido “a lo que hay” y atento en la presencia.

Cuarta puerta: la luz mayor

Proseguí avanzando, hasta que llegué a una roca que sobresalía. No parecía seguro pasar por allí, pero no parecía haber otra manera. Avancé un pie al lado posterior de aquel saliente, mientras que el otro permaneció atrás. Y de pronto… ¡Horror! Me vi agarrotado, abrazando la roca con los pies separados a cada lado de la misma. El pánico me asaltaba. Una oleada de terror paralizó todo movimiento de salida. Me sentía incapaz de avanzar o retroceder. Había quedado literalmente colgado en el camino, casi a la mitad entre el principio y el mar.

No me atrevía a levantar un pie, porque no tenía impulso suficiente para pasar al otro lado de la roca, al tiempo que tampoco podía retornar. Mis dedos se aferraban a la roca tratando desesperado de serenar mi alma.

El lugar era peligroso y al no poder mover una mano para sacar la linterna de mi bolsillo me encontraba en total oscuridad. Me sentía cada vez más engullido por el pánico que me invadía. Y continuaba desesperadamente abrazado a la roca. Mi agarrotamiento de pies y manos era total. La noche oscura, el abismo a mi espalda y ninguna capacidad para discernir ni actuar.

En aquellos momentos de “ataque de pánico” más terrible de mi vida ¡¡¡OOOHHH!!! Estaba solo, nada podía pasar para solucionar mi situación, y además, nadie me encontraría…

En aquella eternidad de tensión infinita, sucedió un milagro.

De pronto, sucedió algo que acabó de golpe con todo mi sufrimiento. Apareció de súbito, por detrás y por encima de mi persona, una luz plateada de increíble intensidad, que iluminó toda la roca que agarrotado abrazaba. Aquella claridad también permitió que soltase y saliese de la encrucijada. Una vez fuera de la misma todo volvió a la normalidad.

Aquella intensa luz que se había encendido a mi espalda, y que no pude mirar de dónde venía, pareció un potente flash de un mega foco. No podía creer lo que estaba pasando, no había palabras… tan solo un ¡¡SÍ!!, ¡¡Hay salida!!

Junto a la insólita y oportuna llegada de la luz, llegó a su vez una oleada de lucidez y nuevamente escuché La Voz que contundente y sabia decía:

“Cuando la luz menor no pueda alumbrar tu camino, la luz mayor lo hará”.

Aquellas palabras supusieron una bendita dosis de confianza. Palabras que otorgaban la certeza de que no estaba sólo y de que algo mágico y transpersonal acompaña nuestra vida. Sentí que el cosmos, la inteligencia de vida y el destino eran amor y benevolencia.

Salí de aquella encrucijada, convencido, feliz y con el alma reforzada. Sentía de nuevo recorrer el camino desde un estado profundo de paz y complicidad con aquella primordial enseñanza. Miré hacia el cielo y comprobé que había una gran Luna.

Me pregunté si aquella intensa luz habría sido un fenómeno natural de Luna, o si tan solo había ocurrido una sincronía astronómica. Sin embargo aquel sentimiento de impactante flash, no parecía luz de Luna, aunque esta brillase llena y radiante. Finalmente abandoné la indagación racionalizadora y sentí más bien que “todo encaja”. Aquel oportuno fenómeno formaba parte de algo mucho más grande que no sería distinto que el milagro de la vida Una. Sentí que todo era parte de un gran orden perfecto y pleno de sincronía, un orden en el que todas y cada una de sus partes hacían su proceso en la aventura de la consciencia.

Hasta aquel momento de luz, mi mente estaba influenciada por el paradigma mecanicista. Pero en aquel instante tuve un punto holístico de comprensión, una primera aproximación al concepto de que todo está en todo y es causa de todo, y que el universo y sus fenómenos son interdependientes por más que sintamos a nuestra persona como separada.

Después de aquella vivencia seguí de nuevo avanzando convencido y feliz. Me sentía con fuerza y energía … ¡Ya estaba más cerca!

La quinta puerta: el salto

Me fui acercando a lo que constaté sería  la tercera y última etapa de aquel acantilado. Ya no quedaba mucha distancia hasta el nivel del mar, un mar que ya se veía y oía rugir muy cerca. Incluso se percibía el azul oscuro de su superficie, un azul agitado por un suave oleaje e iluminado por la plateada luz de la Luna.

Me acerqué al borde de una roca y contemplé el final. Veía a mas o menos 50 metros el último metro de roca que pisaría al borde del mar. Y junto a esta alegría, me inundó un profundo silencio al descubrir que si quería seguir adelante, tendría que enfrentar una cortada casi vertical. Una cortada que a primera vista parecía imposible de atravesar.

En aquel momento del camino reconocí que ya no me quedaban dioses ni protecciones divinas. Mi mente no tenía ningún apoyo “ajeno” ni “energía superior” que invocar. Desde hacía un rato, sentía que todo estaba unido e inmerso en un plan de Unidad. El camino era uno, y uno era el camino sin diferencia ni dualidad. No había duda.

Era por ello que ante aquel obstáculo ya no me “salía” rezar… sentía que no había “otro” allí arriba. Ello y yo y todo éramos unidad. Sólo cabía seguir, arriesgar y confiar. No había marcha atrás.

No pensé. Hice. Y no sé qué hice, tan solo me puse en cuclillas y me dejé caer rozando mi espalda. Al llegar abajo impacté piernas y coxis, pero insólitamente no fue nada que no pudiera superar. Allí y tras este episodio no hubo voz, tan solo silencio primordial y vacuidad. Sentí certeza de que estaba haciendo lo que había que hacer. Nada más.

Sexta puerta: Los pies en la tierra

Sudaba bastante, estaba cansado y respiraba alterado sintiendo la llegada del inminente final. Vi a mi paso una roca más grande y dado que sentía gran calor, pensé en abandonar allí mi cazadora. Era un gesto de ¡¡Ya está bien!! ¡Qué más daba si hacía en algún momento frío! ¡Qué podía importar una chaqueta después de haber superado las pruebas!

En el momento en que iba a tirarla, apareció en mi mente por última vez La Voz y dijo:

“No abandones lo que te abriga”.

Me sentí de súbito detenido. Obedecí silencioso, sin emociones, sin duda alguna. Me puse de nuevo la prenda y tras un corto y fácil trecho, llegué a la orilla del gran mar.

Séptima puerta: La llegada

Me encontraba sobre una plataforma de roca. A mis pies las olas del azul, y en mi rostro las brisas de la gran inmensidad.

Y allí, mi primera sensación de llegada fue de “realización”.

Me sentía totalmente lúcido y en serena vacuidad.

En ese instante sucedió un fenómeno insólito sobre la superficie del mar. De pronto, se conformó un gran círculo de olas con espuma blanca. Aquella gran circunferencia tendría unos cincuenta o  sesenta metros de diámetro y su visión era tan impactante y sostenida que entré en total contemplación. Observé desde la quietud primordial como mi mente racional expresó:

¡¡¡Ohhh!!! ¡¡¡Esto no es posible!!!

Al tiempo que una dimensión más honda señalaba serena:

“El círculo, la obra perfecta, la realización”.

Mi quietud no cuestionó. Mi parte lógica y científica ya no mandaba ni alteraba mi sagrada profundidad. Sabía que estaba presenciando un fenómeno meta-racional, ante el cual cualquier análisis se quedaba pequeño y daba igual. Tenía esa experiencia y me bastaba. El gran círculo de olas tan bello como insólito, se mantenía desafiando todas las leyes de la Física tradicional. Observaba que mi ser podía contemplar lo que sucedía sin necesidad de controlar ni racionalizar.

Por primera vez observé que uno mismo no era solo su parte racional, su mente. Y podía observar a ésta tan solo, como una pequeña herramienta más.

Me sentía Ser. Era observación pura, neutralidad total.

Aquel extraño fenómeno que desafiaba las leyes de la Física, era recibido con gozo sin causa y alegría natural. Me sentía observador neutral. Daba igual que mi mente señalara que aquel fenómeno era un platillo volante a punto de emerger del mar, o bien propusiese que era una proyección arquetípica de mi mente, sin apoyo objetivo en la realidad corporal.

Octava puerta: la intuición como camino

Esperé allí contemplando el círculo unos diez minutos. De pronto, di media vuelta y empecé a subir y regresar. Cuando llevaba una decena de metros de ascenso, se me cayó la linterna rodando metros abajo. Clanc, clanc, clanc… Recordé aquello de “no la dejes en el camino, que te puede hacer falta…” y bajé el trecho que había subido, no sin cierta contrariedad. Recogí la linterna del suelo. Observé que aún funcionaba y reemprendí la subida hacia el origen.

Cuando llevaba otros veinte metros de ascenso, se me volvió a caer la linterna. Pensé: “¡Ya no bajo más! Y al poco descubrí que no la necesitaba porque allí donde ponía la mano para agarrarme, casualmente era donde había una raíz bien fijada a la tierra. Allí donde levantaba el pie cómodamente, allí había un roca saliente donde apoyarlo. Casualmente cada paso que daba, lo daba por el preciso lugar.

De pronto sentí que ni siquiera debía mirar donde pisaba. Mi ascenso era algo sentido e intuitivo. La vuelta a casa ya no era calculada ni racional, no había necesidad de controlar ni prever. La espontaneidad se había hecho cargo de mi vida. Todo funcionaba solo. No había esfuerzo. Llegué arriba con la misma ligereza con la que habría ascendido un jaguar.

Al llegar arriba reconocí que justo dónde había puesto una mano o un pie, la roca era dura y me sostenía. Siempre había habido un escalón, un saliente, una raíz donde apoyarme y agarrar. No había habido sudor, riesgo ni prueba a superar… Ahora resultaba todo tan sencillo…

Al poco y sintiendo la suave brisa de la noche, extendí mi saco de dormir.

Y mientras contemplaba lo alto del cielo, sentí que se habían insertado en mi ser las claves de mi futuro caminar.

En adelante: La tierra sería mi lecho, las estrellas serían mi techo, y viviría en amor a la humanidad.

Siete años más tarde

Pasados siete años, y en momentos de oscuridad en los que la mente racional eclipsaba las dimensiones en las que el “todo es posible”, llegué a pensar:

“¿No habré exagerado en mi recuerdo de aquella vivencia? ¡Igual no fue tan singular ni extraordinaria! Quizá el acantilado era más corto y transitable, y lo que recuerdo como un descenso escarpado, no es más que una creación mítica de mi persona…”

Pues bien, dado que las claves inspiradas en aquel acantilado estaban impresas en lo profundo de mi esencia, decidí volver al lugar y resolver las dudas de mi mente a su estilo, es decir a plena luz del día. A la mañana siguiente, monté sobre mi potente moto y partí rumbo al “acantilado iniciático”, lugar que así nombré conforme iba adquiriendo más perspectiva.

Llegué sobre las cinco de la tarde y a primera vista dudé en bajar ya que las cosas no eran tan fáciles ni siquiera a la luz del día. Comencé a descender tal y como como lo había hecho siete años atrás, pero ahora a pleno sol de tarde y calibrando cada detalle de mi vivencia. A medida que lo hacía, fui recordando y confirmando las claves de aquella bajada tan sentida y lúcida. Conforme avanzaba iba comprobando que el descenso exigía toda mi atención y osadía. Había tramos en los que se debía poner todo el cuidado para no convertir la tarde en una tragedia estúpida.

Descendí muy atento, aplicando el enfoque del presente en el que tanto me había entrenado en los últimos siete años de vida. Y cuando finalmente llegué a la tercera y última etapa, me percaté de que el hecho de continuar, era una locura.

Resultaba curioso ver que no había forma de atravesar la cortada que ante mí tenía. No había forma humana de hacerlo, sin romperse algún hueso en su caída.

¿Cómo pude bajar aquello?, ¿en qué estado me encontraría como para cerrar los ojos sin dudar ni volver atrás?, ¿cómo había culminado esta sagrada aventura?

Sentí que aquel tramo sólo podría haber sido hecho desde un estado transpersonal de conciencia intuitiva. Solo atravesando la mente racional y desde una morada interna más profunda y arquetípica, sería posible el salto al vacío que demandaba aquella prueba iniciática.

Comprendí entonces el alcance de mi pasada iniciación y constaté que nunca podría haber hecho ese camino durante un estado ordinario de conciencia. Aquella última prueba sólo podría haberse superado bajo la luz de las estrellas, esa luz que revela lo profundo e infinito que convierte mágicamente la esperanza en certeza.

Me rendí conmovido por la confirmación del misterio expresado en aquella aventura. Llegué hasta mi moto, y regresé despierto a casa.

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0 Comentarios
  1. Leonor

    23 abril, 2012

    Recuerdo momentos del pasado (inmediato y lejano) en que he vivido una sensación parecida; ahora, me pregunto ¿fué una locura o Fe?; y la única respuesta es: «no habia lugar para la duda, la certeza me acompañaba».
    Hay un sutra de Patanjali que dice: «Cuando estás inspirado por alguna gran causa, algún proyecto extraordinario, todos tus pensamientos rompen sus ataduras, la mente trasciende sus límites, tu conciencia se expande en todas direcciones y te encuentras en un nuevo y maravilloso mundo. Fuerzas, facultades y talentos dormidos cobran vida y descubres que eres una persona más grandiosa de que lo que jamás soñaste ser»; a mi, me sirve como explicación.

  2. Angela

    24 abril, 2012

    Partí con una idea y era que tenia que subir la cima de la colina, no sabia porque ni como…solo sabia que lo lograría si realmente lo deseaba, comencé a caminar y vi que no era posible eso continuaba a decir mi mente una y otra vez, todos los accesos estaban cerrados, había peligro de desprendimientos…Sabia racionalmente que era una verdadera locura, pero por el otro lado me invadía la serenidad de que si lo hacia lo conseguiría. Comencé a subir por un sitio que no era apto para ello y subí y subí sentía que con cada paso mi corazón se aceleraba algo fuera de lo normal, que se expandía y tomaba todo mi ser…Hasta que mi mente comenzó a bombardearme sin parar, tenía miedo y me paralice ya no podía subir pero tampoco bajar …empece a cuestionar todo, dudas dudas y más dudas sobre mi sobre mi fuerza de voluntad, sobre mi estado mental estoy loca, fue un minuto pero millones de cosas pasaron y a la vez nada…luego surgió la parte analítica haciendo hasta cálculos sobre distancia, etc y Fue cuando llego algo que no venia de mi ( no por lo menos en este momento del espacio tiempo)El miedo es tu amo y señor! y grite NO…y nuevamente una energía de seguridad invadió mi ser, sentía que no me sucedería nada, nada que yo misma no permitiese…Me amo, me cuido, actúo conforme al amor, soy amor, no me sucederá nada…Me pare pero sin miedo en mi corazón, libre…yo interprete esto como una pequeña prueba para mirar el miedo y ver lo que hacia conmigo me paraliza pero lo peor es que me aleja de quien soy …Dejamos de creer, nos quita la fuerza, trata de apagar esa chispa divina que nos acerca al Amor…El miedo es dudar de la bondad del universo! Gracias …

  3. Mónica

    24 abril, 2012

    Me encanta esta aventura. Un relato aplicable a muchos aspectos de la vida, en los que he podido verme identificada en matices. Es una metáfora que guarda un mapa escondido.
    Me encantan las aventuras, y el misterio que guardan los mapas que conducen al tesoro.
    GRACIAS por compartirlo,
    Eres pirata, cartógrafo, malabarista….y además todo aderezado con una pizca de «preciosa locura».
    Procuraré tener aún mayor ATENCION PLENA en los tres metros de cada día.

  4. Amalia

    27 abril, 2012

    Gracias a las locuras sinsentido uno obtiene lo que le transciende. ..
    Tu relato es de fábula, y aquella experiencia vivida, casi seguro, fue la desencadenante de una perspicaz inteligencia en tu ser.
    Muchas veces, lo más hermoso se esconde tras extrañas apariencias y atisbarlo exige un esfuerzo «sobrehumano».
    La locura guarda en su intimidad un ápice de espléndida cordura…Sólo los locos hablamos con cordura y los que tienen miedo a esa «locura» son presos de la demencia más absoluta…Me ha gustado especialmente este artículo, Un saludo, José María.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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