Mágico vivir

El anillo de compromiso

Por el 12 marzo, 2012
Hace años, cuando ejercía de psicoterapeuta en Madrid, viajé a India vía Bangalore y tras pasar una noche en esa bella ciudad sureña, comprobé complacido cómo llegaba un coche de la Fundación Vicente Ferrer dispuesto a llevarme con aquel bendito Vicente, a fin de asesorar al equipo directivo de esa magna obra. Una obra que por cierto, ha conseguido que se apadrinen a más de 120.000 niños, apoyando así la salida de la pobreza y la superación de la ignorancia.

Después de semanas de trabajo en diferentes áreas, entre las que recuerdo de forma especial a una escuela de niños ciegos, decidí visitar el asrham de Sai Babá, un reconocido gurú hinduista que conmovía a miles de personas de todo el mundo.

En aquella tarde de agosto, éramos casi cinco mil personas que con diferentes motivaciones habíamos acudido a esta convocatoria sagrada. La impecable organización de sus discípulos, hizo que este evento fuese ordenado y que todos tuviéramos un lugar en donde meditar y observar lo que pasaba dentro y fuera. Era impresionante ver como todos al entrar, nos íbamos descalzando al tiempo que avanzábamos en silenciosas columnas hasta llegar donde nos tocaba.

Observé ya descalzo, que la alta calidad de mis sandalias destacaba de sus miles de vecinas que tan solo eran de fina suela de goma. Sentí un sabor agrio al hacer patente esta diferencia en un lugar en que la humildad y la fraternidad son valores que se revelan. De todas formas, eran unas sandalias muy chulas y reconocí lo mucho que me gustaban.

Tras una larga espera, Sai Babá hizo su aparición ante una fervorosa masa de devotos que, conmovidos, veían en él a la encarnación directa de quien está más cerca del espíritu infinito que de la condición humana.

Al acabar este evento y salir a la calle, sucedió el imprevisto…

Sucedió eso inesperado que parece movido por la mano sinuosa de la inteligencia divina.

¡OH cielos! Mis sandalias de Thimberland, las sandalias de alta gama del peregrino europeo, habían desaparecido. Y así pues, debería caminar descalzo por las calles de aquella población hasta dar con un lugar en donde poder comprar otras.

El estado de conciencia que mi ser expresaba no me indujo a protesta alguna, sino que más bien, pensé que tal vez algún necesitado había encontrado el calzado de su vida. Así que suspendiendo juicios, y logrando evitar la frustración, acepté lo sucedido, pensando que nada es casual y que de alguna forma la vida habla a través de sinuosos detalles que ajustan rumbos y abren consciencia.

Comencé a caminar por los sucios suelos de la India, sin poder soslayar charcos, piedrecitas y el blando estiércol de las vacas sagradas. Así pues enfocando mi mirada al suelo, de pronto y entre la suciedad más extrema, divisé un punto que brillaba.

Me agaché curioso y… ¿qué vi?

¡Oh! Nada más y nada menos que un anillo de brillantes y zafiros que allí entre el barro, al parecer me esperaba. Lo tomé en mis manos maravillado y pensé que si hubiese caminado con mis sandalias, jamás habría mirado al suelo reparando en este objeto tan valioso como mágico que a mi vida llegaba. Humm… otra vez se hacía patente la paradójica ley por la que tras aceptar la pérdida, el Universo tiene planes con nosotros que con creces la superan.

¿Qué significa este anillo?, ¿cuál será la intención del Universo al hacerme llegar este valioso objeto que tal vez incluso poseería una interesante historia?

En un lugar de tanta escasez económica ¿por qué a mí un anillo tan caro?, ¿por qué a este peregrino que probablemente sería una de las personas menos necesitadas?, ¿qué tenía que ver conmigo algo tan simbólico que no podía ser destinado más que al dedo de un diosa?, ¿quién sería y qué significaría en mi vida esa mujer aún desconocida?

A mi mente vino rápida la escena del mítico zapato de la cenicienta. Aquel príncipe buscando a lo largo de su reino el pie de su adorada y desconocida doncella. De pronto sonreí al evocar mi propia leyenda acerca de ese anillo. Un aro de oro y piedras que iría destinado al anular de quien un día aparecería en mi vida, inundando mi alma de amor y paz profunda.

Me preguntaba, ¿será posible que la vida me regale un juego así, tan cargado de sorpresa?, ¿la reconoceré al primer golpe de vista cuando ella aparezca y el anillo encaje en su dedo a la primera?

¡Ah! El amor a la diosa. En realidad llevaba muchos años amando bellas almas con gran crecimiento y complicidad creadora. Sin embargo, eran amores que desde que nacían, uno sabía que su luz se consumaría un día como la llama de una vela.

Me pregunté, ¿cuántas veces el amor llamó a mi puerta?, ¿y cuántas veces la abrí haciéndome vulnerable y desprendiéndome de corazas y defensas?

En realidad, muchas… Y por ello, en ese momento di las gracias al Misterio de la sagrada complicidad que una y otra vez me encontraba. Tras vivirme 7 años en familia y hacerme buscador, me había hecho habitante de la incertidumbre y no sentía tener nada asegurado al instante siguiente de vida. En realidad mis relaciones de amor fluían, sabiendo que nada teníamos salvo el momento presente, un pacto implícito que se sentía en cada instante del día a día. Reconocí que mi verdadero compromiso era con la voz interna, una voz tan poderosa que lograría sostenerme atento en la sombra cuando ésta de pronto aparecía en escena.

Agradecí que el camino de mi vida estuviese diseñado, por lo menos durante aquella etapa, con escalones de amor y pasión creadoras. En realidad había recorrido cada correspondiente trecho sagrado, compartiendo con cada Ella la maduración personal y la expansión de consciencia. De pronto me acordé de aquel Siddharta de Herman Hesse, de su caminar cambiante, sensible y creativo que finalizaría cruzándose con su compañero Govinda, otro buscador devenido ciego por tan solo seguir reglas, dogmas y escrituras.

Me preguntaba asimismo, ¿acaso a partir de este anillo cambiaría mi forma de tejer vínculos por entre las luces y sombras que toda pasión conlleva en su misma esencia?, ¿sucederá el milagro y de pronto, encajarán todas las piezas para encontrarme con la pareja frontera?

A partir de ahí, guardé el anillo en mi mochila, y respiré agradecido al sentir que en mi vida, gracias a las sandalias perdidas, estaba naciendo una aventura nueva. No tenía prisa, pero sí trataría de mantener la alerta por si aparecía ese rostro que el gran juego tarde o temprano convocaría.

Al final de India y volviendo a casa, dejé el anillo en la mochila, una mochila que tan solo utilizaba en los viajes que en cada navidad hacía a los Himalayas.

Pasó un año, y de nuevo los preparativos del trekking me pusieron en contacto con la olvidada mochila. Y sucedió que al abrir su cremallera, encontré el anillo y con él de nuevo evoqué la música de la pareja perfecta. Así que ya de viaje y tras recorrer caminos y valles, compartiendo descubrimientos con amigos del alma, volví a casa sin haber entregado aquel anillo mágico que de nuevo, era guardado hasta que un día,  su energía se activara.

Y así pasaron varios años, en los que antes de cada viaje a las altas montañas, descubría de nuevo que el anillo allí aguardaba, y al volver a contemplarlo, llegaban suaves brisas de esperanza entre latidos de amor y magia.

Finalmente, llegó un día aparentemente como otro cualquiera…

Me encontraba en Katmandú, en la gran stupa de Bodnat. Y aunque di las tradicionales tres vueltas al gran Buda blanco como años atrás, en esa ocasión, de pronto, me invadió un sentimiento de hacer otra cosa. Miré por los entornos y divisé un templo budista abierto a la gente que por allí pasaba. Entré y observé que estaba completamente vacío. El silencio era perfecto y la luz que por un vitral entraba, era tan bella como misteriosa. Me senté en postura de loto y abracé el silencio respirando en la presencia. De súbito, llegó insospechadamente a mi mente el anillo, y sin saber para qué, abrí la cremallera de mi mochila, lo tomé y mirándolo de nuevo como por vez primera, me pregunté:

¿Qué es en realidad lo que ahora siento con este anillo?

Fue un momento mágico en el que pasaron por mi mente los últimos años de mi vida afectiva.

En realidad, mi vida era recorrida sin mochilas emocionales que anclasen al navío construido con fuerte vocación de descubrimiento y travesía.

¿Acaso quedaban anhelos mágicos del para siempre con la mujer perfecta?

Me sentí como barquero que cruza el río y se dispone a soltar uno de los últimos mitos de la vieja orilla: el del alma gemela. Amaba el amor y amaba a la diosa que a éste encarnaba, diosa que aparecía en mi vida justo cuando el camino lo demandaba y a su vez, diosa que se retiraba cuando el misterioso propósito que a la unión constituía, finalmente se consumaba.

En ese instante y sintiendo la fuerte vocación de vaciarme de deseos, renuncié a soñar con la aparición de la “pareja perfecta”. En realidad mi vida estaba consagrada al camino de lo profundo, y mi amor no era otra cosa que el abrazo a una humanidad con sus mil rostros en el cada día. El amor universal se manifestaría logrando no solo la entrega incondicional a la familia de sangre, sino también servir como cruzada a la familia humana, una familia que se proyectaría en el rostro de todo ser que conmigo cruzara su mirada.

Así que tomando el anillo, lo deposité delicadamente en el banco de meditar en el que me encontraba. Sentí que no lo ponía en el dedo de una mujer concreta, sino que lo vinculaba al rostro sagrado de la diosa.

Sentí que ese pequeño rito confirmaba al peregrino, al tiempo que se desprendía un fleco de carencias emocionales pasadas. Con aquel soltar brillantes y zafiros, también sin saberlo del todo, soltaba el mito de la felicidad que llega del afuera.

¡Ah la felicidad! Que palabra tan bella y cuántas confusiones sentía que genera. Tenía más claro que nunca que esta no se conquista, que tan solo aparece cuando está suficientemente cultivada la vida del alma. Con aquel rito me hacía responsable de mis sentimientos, al tiempo que orientaba mi barco en la dirección correcta. Ni el mundo con sus oros y lisonjas, ni los amores inmaduros que buscan colmar sus carencias, eran la verdadera senda. El amor verdadero estaba en mi corazón, y a esa fuente de energía yo me ofrecía.

Aquella simbólica “boda cósmica” frente al Buda, sellaría una elección hacia los vínculos hondos que se tejen con las bellas personas que acompañan nuestras etapas de vida.

Al día siguiente, curiosamente mi naturaleza sentía una gran tristeza. Y dado que no había razón aparente para ello, deduje que una parte de mi ser, había entrado en duelo por la muerte de una identidad inmadura y adictiva que se alejaba.

Conforme respiraba mi tristeza, comprendí que el amor que buscaba ya no dependería tanto de las cualidades de la persona amada, ya fuese princesa, reina o amazona. En realidad la diosa de todas ellas estaba en mi interior, y el amor que buscaba era el que de la  identidad esencial brota.

Aquel rito silencioso confirmaba un camino futuro de “soledad acompañada”, un camino con vínculos personalizados de cariño, respeto y labor hermanada. Sabía que mi caminar en el mundo, tendería a no enredarse en pasiones dependientes ni en fluidos de seducción llenos de placenteras promesas. La pera iba madurando y aquel rito de renuncia por una causa mayor, la fertilizaba.

Desde entonces he constatado una y otra vez, que el amor y la belleza son fuentes de energía que nacen de los ojos del corazón de quienes despiertan.

Y a menudo recuerdo las palabras del sabio que siguen resonando en mi alma:

Comenzamos el camino con el amor que tenemos
y lo acabamos con el amor que somos.

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0 Comentarios
  1. Amalia

    12 marzo, 2012

    Así es, José María…
    Recientemente , he comprendido que el concepto de AMOR está subyugado a intensas presiones de índole cultural y social. Estos parámetros definen nuestro percibir personal y configuran nuestras expectativas. Las emociones, por supuesto, responden a sus demandas.
    Sin desearlo, nos hacemos esclavos de la ingenua creencia de que una pareja supone un estado de perfecta plenitud. Por ello, nos resignamos, no libres de cierta sumisión, a la inconstante búsqueda idealizada.
    la realidad de las experiencias nos remiten una y otra vez al error no casual, demostrándonos que todo cuanto somos es suficiente para sentirnos plenos.
    Mi vivencia personal me ha conducido a prescindir de «amores» que observo escenificándose desde parcelas superficiales, muy lejos de vínculos profundos de amor genuino.
    Ocurre que desprenderse de esa creencia ficticia es el primer paso hacia el entendimiento amoroso, ya que dos seres pueden o no sumergirse en la calidez de un amor próspero y enriquecedor. La fidelidad, la exclusividad y la entrega total son cualidades intrínsecas de una buena madurez emocional.

    Por tanto, ahora es momento de admitir mi soledad, asumir mis carencias particulares y hallar esa plenitud en el día a día de mis encuentros íntimos conmigo misma.

    Sólo entonces se hace problable el reencuentro sublime con el otro, con ÉL, con rostro, con nombre y apellidos.

    Considero que nacimos para emparejarnos, pero nadie nos enseñó cómo hacerlo. Por eso estamos en este arduo proceso de evolución….

  2. araceli

    13 marzo, 2012

    bonito relato y sabia postura ante las relaciones de pareja, una vez que la prole ha salido adelante, seria ideal que todos supiesemos vivir en soledad compartida y apoyada, pero desde nuestra esencia e individualidad.
    Creo que cualquier dia de estos yo tambien voy a «depositar» mi anillo…
    Mil gracias, Jose Maria

  3. Leonor

    14 marzo, 2012

    Me he sorprendido al ver la imagen que ilustra el articulo: donde hace unos días hubiera visto un yugo o unas cadenas, hoy veo 2 anillos entrecruzados (el infinito); ademas me ha llevado a un yacimiento de obsidiana de California (será por el color de la piedra) y a un regalo que me hicieron antes de comenzar aquel viaje: una tarjeta, que dice:
    «Este viajero está bajo la protección de la Obsidiana
    Masculino- 4º chakra- Verde/Negro- Fuego
    Soy la Obsidiana. Soy la piedra maestra. Estoy aqui para enseñarte como hacer cambios positivos en tu vida. Para crear buenas relaciones con los demás que desarrollarán tu crecimiento interior y autorrealización. Es tiempo de usar todo tu potencial, ir a tu interior, meditar, desarrollar tus regalos psiquicos. Usame como el espejo divino para descubrir el autoengaño y las falsas excusas. Mi poder te mantiene fuera de lo indeseado y te protege de interferencias externas y situaciones que te quitan energía. Soy la prosperidad».

    Elegí, tambien, la «soledad compartida». Bello articulo. Gracias Jose María

  4. amor

    15 marzo, 2012

    Todos nos cansamos de besar sapos y ranas,pero la vida desde el origen esta escrita para vivir en amor compartido sino dejariamos de crear vida y nos estinguiriamos,luego el derecho al inconformismo y a la libertad individual que debemos tener como respeto a nosotros mismos es algo que subyace a cualquier persona que se precie.El amor de verdad esta escrito solo hay que tener paciencia y fe pero no entiende de necesidades ni intereses todo lo da y nada espera,quien lo ha sentido lo sabe.

  5. Iris.224

    16 marzo, 2012

    Mi anillo de compromiso quedó depositado hace 7 años…después de la separación.
    Mi abuelo me regaló unos pendientes en la comunión y perdí uno, siempre los perdía, entonces con el restante me hice hacer un anillo de compromiso.
    Nunca me habian regalado uno. Ahora me lo pongo a menudo, Ahora me siento comprometida conmigo misma,ahora puedo dar sin distinción.
    No vivo el cuento de la cenicienta, ni de los sapos…me creí que era bella y por más que me miro veo una bestia…
    Tal vez algún dia pueda compartir con alguién…
    Ahora mi condición es dar sin distinción.

  6. paco

    23 marzo, 2012

    Una esfera de oro blanco .12 brillantes con un zafiro engarzado en oro amarillo.
    Ese es el diséño que elegí para entregarme a la que entonces era mi pareja .

    Una candiense y un español en la laurisilva gomera … que recuerdos.
    Nunca nos casamos , El anillo se perdió. Nosotros aún nos hablamos desde el silencio.

  7. Elbereth

    26 marzo, 2012

    Qué alegría encontrarte esta mañana, Maestro de años de grandes cambios y travesías del alma…apasionante experiencia, magia en la buena pluma que siempre sabes esgrimir para envolver esas píldoras de sabiduría en la belleza, cualidad supre ma de tu alma elevada…gracias por el momento inefable, por el latido del espíritu que tu post ha arrancado a un instante del día.

  8. Rosa

    3 mayo, 2012

    Me ha encantado el el relato, tengo mi anillo de casada, una alianza de las más sencillas, para mí el anillo má bello (por lo que representa), aunque nunca tuve anillo de pedida,(no me hizo falta). Creo que el corazón del ser humano es tan grande que se puede compartir con cenicienta y con la humanidad en general, el problema está en que «a veces aún estamos buscando las sandalias perdidas», y no vemos nada más, o si encontramos el anillo de nuestra vida lo utilizamos sólo para nosotros sin ver a nadie más

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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