Mágico vivir

El lama que mordió la manzana

Por el 26 marzo, 2012

Durante mi período de vida como terapeuta transpersonal en Madrid, sentí el impulso de hacer un alto en mi trabajo y retirarme unos días en los Himalayas. En esta ocasión, mi naturaleza demandaba interiorización y acallamiento del ritmo de trabajo que traía en mi vida cotidiana, razón por la cual, decidí investigar un destino que no ofreciese despistes, al tiempo que tomaba la decisión de hacer un viaje en solitario y en atención plena.

Y dado que era verano, una época de lluvias y monzones en casi toda Asia, me pregunté si habría algún sitio en los Himalayas que no estuviese bajo las lluvias del monzón, para así de noche poder ver las estrellas.

La respuesta fue un lugar con el nombre de “Leth” situado en lo que se denomina como el Tíbet indio. Esta pequeña ciudad tan solo abre su aeropuerto durante el verano, ya que en el resto del año la nieve lo cubre con varios metros de altura. En realidad es una zona de alta montaña, conocida porque en sus laderas se yerguen imponentes monasterios budistas. Al poco de llegar y adaptarme a los efectos de la altura, di las primeras vueltas por los alrededores al tiempo que observaba la sencillez con que allí se tejía la vida del día a día. Y dados los pocos extranjeros que por aquellos contornos se veían, debió correr la voz de mi llegada, ya que a la mañana siguiente, tuve la inesperada visita de un lama que llamaba a mi puerta.

Ante mi grata sorpresa, este curioso personaje se ofreció para hacerme de guía y acompañar mi camino el tiempo que durase mi estancia en aquellas tierras. No hice preguntas, asentí complacido y a la primera. Si viajábamos varios días juntos, ya sabría las razones que mueven a un lama que se ofrece como guía de un viajero desconocido, de entre los muchos que por allí aparcan.

Conformé observaba su estilo y escuchaba sus comentarios, fui poco a poco conociendo a un personaje con la rusticidad muy propia de aquella naturaleza seca y ventosa. En realidad, se mostraba tan cortés como sobrio en sus palabras, y su inglés era tan doméstico y limitado como el de mi propia persona.

Respiré aliviado al deducir que dado el aspecto austero del lama, hablaríamos poco, tan solo lo justo y no habría palabras ociosas. Me sentía esperanzado de poder adentrarme en el silencio y la observación, propósito que traía en el enfoque del aquella pequeña aventura que comenzaba.

Tras varios días de visitas a monasterios, stupas y espacios sagrados llenos de historia, decidimos llegar hasta un valle que según mi compañero de viaje, era de gran peculiaridad y belleza. Una vez más sentí que aquel lama era un regalo, no sólo porque no conocía hasta entonces que existiese un “lama guía”, sino porque además me acompañaba con tanta entrega en todo lo que coincidentemente nos interesaba. En realidad, cada día crecíamos en amistad, humor y confianza, al tiempo que compartíamos reflexiones cada vez más hondas y refinadas.

Aquella mañana el lama llegó a mi hotel con un conductor y un coche todo terreno dispuesto a llevarnos lejos por entre las montañas. Y así fue. Tras atravesar todo un cañón de rocas agrestes y empinadas, en un silencio cada vez más profundo y en gran contemplación de lo que por mis adentros circulaba, llegamos finalmente a una zona verde y arbórea con aspecto diferente. En realidad parecía todo un ecosistema.

Transcurrida más o menos una hora, el conductor abrió la maleta del coche y sacó un picnic que traía cuidadosamente envuelto y, seguidamente, se acercó hasta donde me encontraba conversando con el lama. Cuando el joven llegó hasta nosotros con una bandeja sus manos, titubeó mirando a uno y a otro, hasta que finalmente fue a mí a quien ofreció en primer lugar la comida que portaba. Y dado que por mi parte no hubo tampoco titubeo en aceptar o no su preferencia, el joven volvió de nuevo al coche y trajo otra bandeja que seguidamente entregó al lama.

No se me escapó este pequeño detalle sobre mi rango preferente a ojos del joven conductor, ya que hasta entonces mi persona trataba al lama con gran respeto, ofreciéndole prioridad sobre todo al cruzar las puertas. En realidad, a lo largo de muchos detalles diarios mi persona honraba y distinguía a aquel ser que además de acompañarme amistosamente, manifestaba su vocación de servir a la vida.

Sin embargo, mi reciente gesto de aceptar la comida, sin incluso por mi parte declinar la preferencia y ofrecérsela al lama, debió de ser sutilmente relevante a la mirada de este último porque, de pronto, el lama me dijo de forma amable y sutilmente provocativa:

“Tu eres como un rey. Te comportas y vives como un rey”. Dijo con una sonrisa franca.

No dudé en responder: “Sí, así es. Mas no sólo me comporto como un rey, sino que también dispongo en mi íntimo archivo de un vasallo. En realidad tengo muchos personajes y caretas, la de rey, la de vasallo y ¿por qué no? También la de turista, profesor, padre y a menudo, viajero que paga los coches que en sus viajes alquila para visitar montañas”.

Sonrió, pareciendo captar el juego dialéctico de mi mensaje, al tiempo que reparaba en el trasfondo desidentificador que mi persona había tejido entre la conciencia testigo y los propios personajes con los que el ego se expresa y juega.

De pronto, y sintiendo por mi parte que podía ir más lejos, le solté directo y provocativo:

“Tu no eres un lama”.

“¿Yo?” Respondió. ¡Claro que soy un lama!

“Tú no eres un lama”, volví a decir.

“Pues claro que soy un lama. Entré a los 7 años en el monasterio, crecí en el mismo y ejerzo mis responsabilidades desde entonces hasta ahora”.

“No querido. Tú no eres un lama, como yo tampoco soy ese rey o viajero que señalas“.

Me miró perplejo. Y seguí acentuando mis palabras expresándolas con lentitud:

Tu no ERES un lama, en realidad tu TIENES un lama.

Proseguí: “El lama es una de tus caretas. En realidad es la subpersonalidad más relevante de tu nivel persona. Y tal vez todavía crees ser la careta con la que la esencia se expresa en el mundo de la forma. Y quizás al vivir identificado con ella, parece que te cuesta verte siendo algo más allá que la de ejercer el oficio de lama.

Mi interlocutor levantaba las cejas como si su mente estuviese procesando horas precedentes de estudio sobre antiguas escrituras. Seguí diciendo:

“Tu eres infinitud, Océano de Consciencia… Y en este espacio-tiempo que habita tu persona, ejerces con una máscara de lama. No digo que no seas coherente ni fiel a tus votos y valores de todo lama, sino que te lo has creído, olvidando tu identidad esencial, la que no nace ni por tanto muere, tu identidad verdadera, la que está más allá del tiempo y la forma.

De pronto, su cara se iluminó y estalló en una gran carcajada…. De súbito, aquel ser dando un salto, comenzó a correr como niño feliz por la explanada. Y a voz en grito divertido, exclamaba:

¡I am not a lama! ¡I am not a lama!

Humm… me sentí gozoso al compartir su alegría, ¡Que experiencia! Tenía el privilegio de atestiguar una gran expansión de consciencia.

¡Cómo era la vida! Allí en un valle al que posiblemente nunca volvería,, estaban ocurriendo cosas no ordinarias que nunca olvidaría…

Semejante liberación sucedía gracias al pequeño detalle del conductor que por dar preferencia a mi persona, había desencadenado un ensanchamiento sin vuelta. Me daba cuenta que la bella alma de aquel lama, tras los profundos estudios y reflexiones propios de su carrera, habría a menudo intelectualizado la gran diferencia existente entre lo que en realidad somos en esencia, y la identidad pequeña del mundo temporal que más o menos “llevamos puesta”.

Pues bien, aquel ser humano de pronto había superado la teoría y había “mordido la manzana”. Es decir, vivenciado lo que tantas veces posiblemente había recitado en los sabios sutras de la vida comunitaria.

Una vez más, mi personaje constataba que una repentina comprensión vivencial, valía mucho más que miles de páginas eruditas y teológicas.

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6 Comentarios
  1. Raquel

    26 marzo, 2012

    Agradezco tus relatos y si me das permiso continuaré visitándolos y si «muerdo la mazana» la compartiré gozosa.

  2. Amalia

    27 marzo, 2012

    Mis respetos a tu profesión, José María. No pongo en duda que en ella uno tiene la oportunidad de conocerse y hacer que otros se conozcan.
    Todo cuanto me mostraste, todas las lecturas y ejercicios recomendados, me sirvieron como referencia.Pero la inspiración verdadera brotó de ti y yo tuve la gracia o la suerte de estar en el momento y lugar adecuados. Mil gracias y un cálido saludo.

  3. Alicia

    3 abril, 2012

    Gracias por tu cuento de verdad, querido Jefe.
    He podido ver al lama con aspecto juvenil brincando por un
    campo verde de hierba alta con su descubrimiento.
    Gracias por seguir ayudándonos a tod@s.
    Ali

  4. Paqui

    25 mayo, 2012

    Donde se puede comprar y cuanto vale el libro «El hombre que mordió la manzana»

    Me ha gustado el relato, muy lindo

  5. Wendy

    23 junio, 2012

    Después de pasar años adquiriendo conocimiento o mejor dicho, llenando mi mente de información a través de libros, me encontré con la Escuela y con ella, después de tomar la decisión de saltar a la piscina y mojarme, pude darle la mordida a la manzana. Gracias Jose María por manifestar en el mundo físico un sueño tan hermoso que desde siempre existió en el Universo para recordarnos el camino de regreso a Casa.
    Gracias por tus hermosas y sabias palabras.

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JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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