El nido del tigre
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El nido del tigre

Por el 9 enero, 2012
Resulta difícil creer que exista un lugar como “el nido del tigre” y no sea un sueño o una vulgar idealización. Pues bien, el citado lugar se halla en el reino de Bután, un estado que hace frontera con India y Nepal, y que recientemente ha sido abierto a un selectivo turismo que intuye realmente a donde llega.

Por de pronto éste parece no ser un país cualquiera ya que el pequeño reino no puede ser visitando por quien, sin más lo desea. Sucede que hasta el momento no puede accederse al mismo si no se viaja acompañado de un grupo mínimo de tres personas. Y al parecer tienen un cupo de turistas que no sobrepasa en un año las 6.000 visitas, una medida adoptada no precisamente por motivos políticos como es frecuente, sino al parecer por una cuestión de intimidad y respeto a su propio estilo de vida. De hecho es frecuente que los butaneses respondan a cuestionarios sobre el nivel de felicidad que disfrutan. Una cuestión que al parecer importa a su gobierno, tanto o más que la economía. Sin duda un paquete de estas y otras medidas que denotan la particular energía que se moviliza en esta tierra himaláyica.

Pues bien, una vez en Bután el viajero que se decide a peregrinar a lo alto de una montaña y llegar al emblemático “Nido del Tigre”, tendrá que comprometerse a realizar una ascensión en la que el “paso a paso, y ahora sólo este paso, y ahora este único paso,”, constituirá una buena decisión para desarrollar la atención al momento presente y su consecuente llegada.

¿Quién dijo que la única forma de practicar meditación consistía en sentarse en el suelo o en una silla y permanecer en silenciosa quietud física?

En realidad pocas meditaciones son tan efectivas como la que muchas personas realizan caminando en silencio, subiendo montañas y entrenando la atención plena. En este caso se trató de una ascensión hacia un monasterio por un sinuoso sendero, a menudo nevado, tras el que finalmente apareció la visión del mismo, una visión que impresionaría fuertemente la retina, y de paso, haría resonar unas cuantas neuronas cardíacas.

Este monasterio que hace alusión al tigre como animal totémico, animal poseedor de fuerza serena y controlada, se alza en la falda de un acantilado. Y se trata de un milenario templo budista que tras subirlo y respirar en sus estancias, resultará difícil de olvidarlo a la vuelta. En realidad cuando el caminante sobrepasa los tres mil metros de altitud y se topa con semejante arquitectura, se pregunta, ¿cómo es posible? Esto no es real, ¿será un delirio de la altura? Y efectivamente, poco a poco y con perseverante esfuerzo, supera cientos de escalones que parecen terminar con su aliento y su paciencia, hasta que de pronto, la mítica visión se convierte en algo palpable en donde entrar, observar y respirar.

Una vez constatado el sobrehumano esfuerzo que tuvieron que hacer sus constructores, uno se pregunta, ¿Qué espectacular promesa conformó la fe y devoción de esta tierra como para que sus habitantes acometiesen esta increíble obra?, ¿qué poder de prometer ha debido ejercer el mensaje de aquel Buda, como para motivar a sus gentes a tallar tantos miles de piedras en condiciones adversas?

En realidad y conforme se avanza uno sigue preguntándose, ¿qué fuerza imparable mueve a los seres humanos a construir gigantescas catedrales, misteriosas pirámides y monolitos que tocan las estrellas? ¿Acaso sus constructores conectan con un caudal de energía ilimitada por el simple hecho de enfocarse en una dimensión de la trascendencia?
Pues bien, conforme uno sube la montaña y mira el milagro arquitectónico que aparece en la pared de aquella roca, se queda poco menos que pasmado. Allí se yergue una edificación tan arraigada como aérea que se asoma ante el abismo del acantilado de roca viva.

¿Cómo harán sus monjes en un lugar de tan esforzado acceso para llenar sus despensas?, ¿tomarán el “sube y baja” como ejercicio de escalada meditativa y tirarán un día sí y otro no, de burros de carga?

En cualquier caso, una vez que uno cruza el umbral de entrada y se adentra en el pétreo recinto que además de templo de culto, aloja un grupo de lamas, se nota la carga de fervor que miles de peregrinos durante siglos han impregnado a sus estancias. Se trata de un recinto que fue construido en el siglo octavo, un momento de la historia en que un legendario iluminado habitó su cueva de montaña en meditación silenciosa.

Al parecer, aquella avanzadilla de las enseñanzas de Buda que este comprometido discípulo sembró en aquella zona, fue honrada de tal forma que sus habitantes asumieron el reto de inmortalizar su inspiración luminosa. Sin duda, muy potentes debieron ser sus palabras como para hacer realidad un imposible, al tiempo que dejaban constancia lítica del camino sagrado a generaciones venideras. Reflexiones estas que reorientan la mirada a Fátima, Lourdes, Guadalupe… y tantas otras obras que inmortalizan el súbito momento de la gracia.

Pues bien, llega el día en el que el viajero termina su estancia, un momento en el que siente dejar atrás gentes que respiran los valores de una tierra que tal vez por estar situada entre escarpadas montañas, se ha mantenido en coherencia con la filosofía más pura de la historia. Y sucede que la presencia de este cliché de sencillez y moderación, supone todo un recordatorio de las raíces que permitieron ampliarnos, a veces con nostalgia.

Otro detalle mítico, por cierto de este pueblo con baja renta per cápita, es que acaba de construir un gigantesco Buda de 56 metros de altura, una escultura imponente que se divisa desde cualquier lugar del valle de Timpu sobre el que esta se alza. Curiosa polaridad con un Brasil en el que también un gigantesco Sagrado Corazón es quien abre sus brazos sobre Río de Janeiro. En este caso es el buda sedente quien en Bután, silencioso observa.

Dos grandes iconos mundiales que como “obra acabada”, representan el desarrollo evolutivo que a la humanidad espera: el corazón crístico y la conciencia despierta.  El uno de pie y hacia fuera abrazando en activo, al tiempo que el otro se arraiga interiorizado en la vacuidad de la consciencia. Y si bien el Sagrado Corazón expresa amor en acción hacia la ciudad entera, el Buda oriental señala lo mismo pero hacia dentro, de otra manera. Ambos a dos en este momento de integración planetaria, inspiran lo que de alguna forma intuimos como amor consciente, un estado que remite a la infinitud de la esencia.

Religión y razón son en Bután de momento compatibles, y aún así tras la llegada de internet, la televisión y los coches de alta gama, veremos si en los próximos diez años, no hay despiste y permanece en sus gentes la misma sonrisa con alma.

¿Qué sucederá? ¿Cuál será el precio del progreso?

Tal vez no tengan que seguir exactamente nuestros pasos y cometer los mismos errores. En realidad cada generación no inventa de nuevo lo que ya constituye para la anterior una “prueba superada”. En este sentido, tratemos de indagar asimismo en la dimensión genética de la raza humana, ¿a qué se debe que cada generación aprenda en menos tiempo lo que a la anterior le costó décadas? ¿Tardan lo mismo los niños actuales en aprender informática que lo invertido por nuestras abuelas en manejar aquellas lavadoras o en conducir coches de cuatro marchas?

¿Conseguiremos como humanidad integrar el progreso sin perdernos en el laberinto del pensamiento, y a su vez vivir una vida desde la conciencia? Nos ha costado muchos años conquistar el pensamiento, ¿cuántos nos llevará despertar la conciencia?

Rastreando respuestas, y evocando miradas serenas, uno se pregunta al salir de Bután: ¿Y por qué en esta fase del camino nos atrae tanto la inocencia? Reconozcamos lo bello que resulta ver a un pueblo que sonríe desde dentro, y que no da muestras de desear precisamente el oro de nuestra bolsa. Una actitud nada habitual en las comunidades que reciben turistas, es decir, en lugares en donde las personas sonríen mucho más al pasarles un billete de muchas rupias.
Tal vez estas palabras tan reconocidas sobre los butaneses no sean tan solo fruto de una idealización, ya que por principio sabemos que desde nuestra mente todo tiene dos caras, sino también de lo que estos ojos vieron sin refrenar el deseo de encontrar pureza.

¿Seguirá este pueblo irradiando humor, cooperación e inocencia?, ¿será esta una inocencia en nada ingenua, sino más bien la que brota esencial de quien no se rige por la mente intencional, sino que despliega el inequívoco sello del alma?

Si es así y la sonrisa honda continúa, bendita sea esa gente.

Y si no es así, bendito sea también el Gran Juego del samsara en los Himalayas.

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0 Comentarios
  1. lola

    9 enero, 2012

    ¿Qué espectacular promesa conformó la fe y devoción de esta tierra como para que sus habitantes acometiesen esta increíble obra?,

    ¿qué poder de prometer ha debido ejercer el mensaje de aquel Buda, como para motivar a sus gentes a tallar tantos miles de piedras en condiciones adversas?

    ..Algo que en estos momentos de humanidad, clama por ser restaurado:

    «EL COMPROMISO».

    Compromiso: algo nacido en un lugar silencioso y profundo metido dentro de sí ,.con uno mismo, con la pareja..hijos…amigos… con un camino…
    Que requiere de la fuerza serena y controlada del Tigre….para guardarlo, protegerlo ..
    aún a la vista de 6.000 turistas.
    Siento envidia …de esta bella experiencia que sólo atisba «lo profundo» .En hora buena.

  2. paco

    9 enero, 2012

    … el reino de Bután tiene su nido del tigre,
    El Hierro tiene su hermita de las Nieves.

    ¿Por que nos pareciera cuesta más apreciar lo que tenemos cerca?

    ¿Por que sucede que cuesta màs ser profeta en tu tierra?

    ¿Es el tiempo – espacio físico que nos permitimos proporcional al grado de descubrimiento e iluminación ?

    Hoy comparto la luz , humor inocencia y belleza del ojo del tigre en una flor de hibisco que se habría impermanente para mi contemplación mientras caminaba a mi centro de trabajo.

    ¿comparto ?
    ¿comparo?

    puede ser

    Abrazo

  3. paco

    9 enero, 2012

    y abro sin H
    🙂
    Bendito golpe de bastón a mi erudita reflexión

  4. MAC

    23 enero, 2012

    Yo el año pasado comencé una vivencia, un tipo de meditación que llamé «Andar contemplado», siempre que puedo me escapo a una zona del monte de El Pardo y acontecen cosas como esta, que titulo «meditación andante»:

    Desde el caminar, desde el ritmo, con paz estoy.
    Efímeras imágenes pasan frente a mí,
    Personas que no son ni memoria, pensamientos…
    El tiempo se ocupa con cambios, idas, venidas,
    Nada perdurable, no lo siento en la quietud.
    Los sentidos son puertas al silencio. La nada,
    Lo que acontece son interrogantes, respuestas.
    No hago caso a lo que supone el discurrir.
    Estoy, presto atención regalando presencia.

    Gracias por abrirnos a otras opciones meditativas.

  5. Denis Criado

    12 febrero, 2012

    Que polaridad tan entrañable. Cada mañana, al abrir las puertas de madera del salon colonial de donde vivia en Rio de Janeiro, veia el coloso Cristo Redentor encima del monte Corcovado. Desde practicamente cualquier punto se divisa a la estatua con sus brazos abiertos y que justo este año ha cumplido 80 años. Que polaridad, el hecho de saber, que hay un Buda de parecidas dimensiones por el lejano Oriente. Las dos estatuas, simples recordatorios, de lo que somos…

  6. Denis Criado

    12 febrero, 2012

    ‘El corazón crístico y la conciencia despierta’, amor consciente, un integracion planetaria fundamental…me pregunto si algun dia erigiran arriba en los montes estatuas de luz de solar, fusionadas e integradas con la naturaleza…

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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