El pozo más profundo
Mágico vivir

El pozo más profundo

Por el 14 mayo, 2012

Durante los primeros años del nuevo milenio todo se confabuló para emprender uno de los proyectos que más entusiasmo y entrega han demandado de mi vida. El proyecto era la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal.

-“¿Te vas a complicar la vida?”, me decían algunos conocidos ante el intenso trabajo que se avecinaba y el compromiso que suponía constituir una entidad con tal destino. A nadie escapaba la idea del reto que iba a suponer estructurar eficazmente las enseñanzas y lograr capacitar profesionalmente a los futuros Terapeutas y Educadores Transpersonales.

“Lo siento inevitable…les decía a mis amigos. Cada día tengo en mi consulta a más profesionales de la psicología y la educación, queriendo integrar esta nueva  forma de ver y vivir que expreso en mis cursos y libros”

Sabía que el reto era de una gran envergadura futura. Sin embargo, algo latía muy dentro de mí como para no compartir lo que había ya descubierto con buenos resultados a lo largo de más de 10.000 consultas.

El reto estaba en integrar la psicología y la meditación en un corpus de conocimiento teórico y práctico, que animase a ejercer como terapeutas y educadores a aquellas personas con vocación de crecimiento y servicio. Sentía que la Escuela nacía para quienes no sólo fuesen profesionales humanistas, sino también para muchas otras que, sin haber necesariamente cursado estudios especializados, anhelaban capacitarse y servir como futuros acompañantes del alma.

Sabía que aquel proyecto barrería con el modelo de vida que había llevado aquel viajero que hasta entonces encarné. Mi persona iba por libre, bailando entre amigos, países y con la menor agenda posible. En realidad, antes de emprender este proyecto, me costaba mucho hacer planes de futuro y comprometer mi tiempo tan siquiera a días vista. No sabía otra forma de vivir que fluir por entre los pliegues de lo inesperado.

Al comenzar mi compromiso con organizar lo que al cabo del tiempo ya supondría una formación con tres años de instrucción metodológica, sentí que aquel río de flujo libre que mi persona representaba, era de pronto detenido por imperativos de la coherencia y mecanizado mediante angostas tuberías. Y aunque pareciera que me estaba cortando las alas, sentía que aquella era la forma que tocaba para compartir eficazmente la energía de conocimiento, amor y experiencia hacia todo aquel que resonase con mi llamada. Aquel viajero soñador atravesó resistencias intuyendo que la verdadera libertad, estaba en la íntima coherencia con los propios valores.

A todo esto me preguntaba:

¿Dónde impartir la formación? ¿Dónde encontrar un lugar físico que inspire una atmósfera capaz de conjugar lo académico y lo contemplativo? ¿Existe algún sitio neutro que carezca de imágenes religiosas y que a su vez invite al recogimiento y al silencio?

Durante los tres primeros años de la Escuela, fue la inteligencia de vida la que de manera mágica me condujo hasta un monasterio de benedictinos en Toledo, lugar en el que impartí formación a las tres primeras promociones de aquella naciente Escuela. Sus paredes de piedra, las celdas monásticas y el espectacular espacio en el que realizábamos la práctica contemplativa, compensaban la energía que allí emanaba de doctrinas, creencias y preceptos. En aquel bello entorno se percibía esa austeridad masculina carente de lo femenino. En realidad, el lugar no era afectivo y en nada se parecía a la combinación entre sobriedad y refinamiento que yo buscaba como entorno integral de desarrollo.

Es por ello que me preguntaba una y otra vez:

¿Dónde hallar un espacio entonado con la dimensión espiritual que en su más amplia vacuidad, integre el rigor y la benevolencia, al tiempo que no esté lleno de mensajes doctrinales e ideológicos?

Pues bien, todo se armonizó para que en ese momento se me legasen algunos bienes de mi familia. Se trataba de una suma capaz de animarme a comprar una tierra cerca de Madrid. Estaba dispuesto a construir lo que sentía como un Monasterio del siglo XXI. Y de manera no casual, al poco apareció la tierra con las características que deseaba. Se hallaba cerca de una estación de tren, a media hora de Madrid, en un ambiente silvestre y sin asfaltar, cerca de un lago… Era la primera fase de una bella colina con centenarias encinas que serviría de base física a un proyecto iluminado, un proyecto que con perseverancia, honestidad y trabajo, llegaría al 2012 habiendo reunido a 30 colaboradores y movilizando a 400 alumnos al año en tres idiomas.

¿Qué fue lo primero que se me ocurrió hacer cuando escrituré aquel terreno de montaña?

Junto a la tierra, no podía buscar otra cosa que el agua. En realidad observé que mis vecinos tenían un pozo de agua y además, no en vano habían llamado mi atención varios anuncios que ofrecían la posibilidad de perforar en su búsqueda.

El “pocero” resultó ser un hombre de unos 50 años que se proclamaba como zahorí. Afirmó que tenia sensibilidad suficiente como para captar el sitio exacto en el que pinchando a cierta profundidad, saldría agua. Le creí.

Por lo que acordamos, el plan consistía primero en localizar el punto a perforar y segundo, aplicar toda una tecnología a base de taladros de varios metros que se irían empalmando conforme se fuese profundizando en busca del agua.

Pregunte a cuántos metros de profundidad calculaba que estaría el agua. Me dijo que igual a los 30 metros y que el máximo a perforar, no solía ser más de 70 metros.

¿70 metros? ¡¡ Qué barbaridad!! Pensé.

Era cuestión de fe. Había que jugársela porque no estaba garantizado que al perforar encontrásemos agua, pero había que arriesgar. En realidad era mi primera acción sobre aquella tierra, una especie de “primera piedra” que por su carácter intuitivo estaba llena de significado simbólico.

A los pocos días observé como la maquinaria del pocero entraba en el terreno y comenzaba la perforación. La tierra comenzó a temblar y el taladro a profundizar.

Cuando llevaba 10 metros de profundidad me tuve que ir del lugar quedando en contacto telefónico con los que manejaban la máquina de aquel gran taladro. Acordamos que estaría en todo momento informado. Pasadas 8 horas, sonó el teléfono y me dijo el pocero que habían llegado a los 50 metros, y que nada… sin rastro de agua, pero que estaba seguro de que allí había una corriente subterránea. Me pidió pues, autorización para continuar con todo lo que eso suponía a nivel técnico y económico. Arriesgué y di mi aprobación.

Al día siguiente el teléfono sonó y me dijo que habían llegado a ¡¡¡75 metros y no había agua!!! Y que era tan solo yo quien debería autorizar el seguir adelante con todos los riesgos que suponía perforar a niveles tan profundos.

¿Se atreven ustedes? Pregunté al equipo del pocero.

A lo que respondieron: “Por nuestra parte, podemos seguir intentando… solo falta que usted dé su aprobación”.

Una vez más tenía que arriesgar. Sabía que podía perforar por otro sitio del terreno, buscar otro lugar, comenzar de nuevo otro pozo,… Sin embargo algo muy hondo me decía:

“No disperses, profundiza”.

Mi respuesta brotó casi inesperada ¡¡SÍ, Adelante!! En realidad si me la había jugado hasta 75 metros, también me la jugaría en 25 metros más.

Visité de nuevo la tierra y constaté como la máquina perforadora vibraba temblorosa al taladrar tan profundo. El pocero me dijo entonces.

“Esta máquina está preparada para llegar hasta 100 metros. Es muy raro que tengamos que perforar hasta tanto, en general el agua aparece a menos profundidad, pero bueno, nunca se sabe… Desde luego, yo sigo sintiendo este punto como de agua”.

Me pregunté si este buen hombre estaría empeñado por honor a su identidad de zahorí, o bien por pasarme una factura feroz en base a mi insistencia, aunque ¿Y si realmente sentía que el empeño en seguir perforando, al igual que yo, merecía realmente la pena?

¡Adelante, sigamos!, le dije muy seguro.

Y mientras la máquina perforaba en aquella sagrada plataforma del futuro monasterio, un monasterio en el que se profundizaría en la conciencia mediante la investigación y el silencio, me retiré a realizar mi trabajo en Madrid.

A las pocas horas el teléfono volvió a sonar.

“Hemos llegado a 100 metros y sin resultado. La máquina tiembla del esfuerzo. Es la mayor profundidad que hemos perforado en esta región buscando agua. ¿Qué hacemos?

La prueba de este “primer obstáculo” en el camino demandaba riesgo, pero también sensatez. De nuevo sentí tentaciones de cambiar de lugar y tal vez a 30 o 40 metros encontraría agua, sin embargo algo me seguía diciendo que si habíamos llegado hasta aquí, llegariamos hasta el final.

Y pensé: “Me la había jugado a 100 metros, ¿me la jugaría a 120?” Les dije: ¡¡¡SÍ, adelante!!!

No lo dudaron. A pesar de los riesgos estaban tan empeñados como yo en superar el obstáculo.

Pasaron las horas… El teléfono empezó a sonar a los 125 metros. Sin resultado…

Mi razón y capacidad de perseverar también estaba rozando los límites. Y contra todo pronóstico decidí no tirar la toalla y profundizar… profundizar… lo ordené de manera muy poco lógica y sin dar pie a la duda.

¡¡¡Sigamos, adelante. Enfoquemos toda nuestra energía!!!

Aceptaron dubitativos y sobre todo con ciertas resistencias por parte del pocero que veía técnicamente peligrosa la acometida.

Recuerdo que confiaba de una manera extraña en que lo que estaba haciendo es lo que tenía que hacer. En realidad mi vida había estado llena de pequeños y superficiales pozos en la búsqueda de lo primordial. De un curso había saltado a otro, de una línea a otra y de un amor había saltado a otro. Había tenido muchas ocupaciones, había vivido en muchas ciudades. Mi vida había sido un saltar continuo entre picoteos y cambios externos.

Tal vez todo este proceder se debía a que, hasta ese momento, no había realmente encontrado un proyecto que integrase todas mis diferentes partes y necesidades. Con aquel proyecto me encontraba en el umbral de una nueva vida. Y el rumbo de la misma señalaba la profundidad como camino, la profundidad como expansión y apertura de la conciencia. Sabía que lo que íntimamente buscaba entre estudios y prácticas, estaba muy dentro, muy escondido, e intuía que habría muchos obstáculos en el camino para plantearme abandonar.

Recordaba que la idea central del libro milenario chino “I Ching” repetía una y otra vez, una rotunda frase cargada de verdad:

“La perseverancia trae ventura”

Y en este caso y frente al proyecto que latía en mi alma, estaba dispuesto a perseverar hasta donde literalmente fuese posible. Perseverar no sólo en mi simbólica búsqueda de agua, sino en la entrega e incansable laboriosidad que caracterizarían mi vida futura al servicio de aquel noble proyecto.

Muchas veces había sentido que el amor que buscaba, no lo encontraría sino desde una fuente muy profunda dentro de uno mismo. La paz y la alegría no serían resultado de una reacción ante la adquisición o la belleza que me rodease, sino que sería producto de un adentramiento hondo, muy hondo que precisaría perseverancia en la profundización como camino.

Estos eran mis pensamientos durante aquella tarde en la que conducía mi Volvo por la calle Príncipe de Vergara. Recuerdo con exactitud que eran las 17.00 y el Sol entraba por las calles. Era un momento mágico, de plena conciencia… De pronto, sonó el teléfono y al instante sentí la voz del pocero fatigada y rendida:

“Hemos llegado a 150 metros y no podemos más… las máquinas se queman, no tenemos más posibilidades… hay que plegar, no es posible continuar.”

Sentí que eso no era posible:

¡¡No puede ser!!

¡¡No concibo comenzar dando este primer paso en un proyecto así!!

Y de pronto en el meollo de mi desconcierto, sucedió un click por el que internamente acepté. Acepté sin resistencia alguna que había perdido la partida. Asumí que unas veces se gana y otras se pierde, y que al parecer ahora tacaba el polo de la pérdida. Al instante se presentó una inesperada y cálida oleada de confianza, insinuándome que tal vez incluso una ganancia mayor aguardaría. Llegué también a sentir que aprendería de todo error y lo convertiría en experiencia. Seguiría adelante mirando cómo superarme y progresar. De pronto, no me importaba lo sucedido, la vida seguía y tenía un proyecto por encima de todo.

En aquel momento telefónico entre el pocero y yo, se hizo un silencio de largos e intensos segundos…

Y fue justo en ese preciso instante cuando al otro lado del teléfono, se oyó de pronto un grito:

“¡¡¡Eeiihh espere!!! Le llamo ahora.” y se colgó.

Se hizo el silencio… Intuí que algo había pasado. Sin embargo suspendí expectativas y fluí por la calles de Madrid. A  los 2 minutos sonó el teléfono y la voz del zahorí dijo,

¡¡¡Milagroso, acaba de salir agua. Tiene usted un pozo de 2.000 litros hora!!!.

¡¡¡Hemos batido record de 150 metros de profundidad!!!

¡¡¡Nunca habíamos llegado tan profundo!!!

Sentí como el futuro se sembraba en el presente. El proyecto que sobre ese lugar se alzaría buscaría la profundidad como camino.

Y además mi ser constataba el dicho Zen que afirma:

El obstáculo es el camino.

Pasado el tiempo y ya construido el proyecto, no pude menos que reconocer la calidad humana que brotaba en aquel entorno. Aquella metáfora del pozo en relación con la profundidad de la búsqueda fundamental, constituyó la primera acción del futuro quehacer de la Escuela como base de toda formación que allí se determinaría impartir:

Atravesar lo superficial y honrar lo profundo.

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3 Comentarios
  1. Karina Anabela Cristófaro Rodriguez

    14 mayo, 2012

    Gracias….hermoso….mientras leía pensaba….yo también ando en busca de «ese agua tan necesaria «…. estoy cavando el pozo…quizás sea también muy profundo…y qué más da…!!!! vale la pena…la recompensa no tiene precio….

  2. paco

    18 mayo, 2012

    un abrazo sumergible a 150 metros

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JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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