El río de la vida
Mágico vivir

El río de la vida

Por el 2 abril, 2012
Esta historia real sucedió recorriendo mi segunda vida, una vida de peregrino, buscador y filósofo que residía en un Tenerife mágico y mítico de los años 80. La vivencia del río de la vida tuvo lugar en una época en la que mi mente tenía apetito de información y devoraba todos los libros de conciencia evolucionaria que a mi vida llegaban.

Sucedió que tras ya tres años sabáticos de estudio, oración y meditación, me sentía saturado de conceptos y procesos intelectuales de búsqueda hacia mi esencia. Me había ya desprendido de bienes, gentes y hábitos pertenecientes a mi antigua vida, y tan solo me sentía peregrino sin raíces ni memorias. Intuía que estaba renaciendo a otro programa con distinta jerarquía de valores, y todo ello en el exilio más absoluto que sutilmente representaba aquella bella isla de Tenerife alejada de mi cultura norteña.

Un día como otro cualquiera, de pronto sentí la llamada de la cercana isla de La Gomera. Un inesperado impulso la señalaba como lugar propicio para soltar el banco de datos que apretaba mi mente y adentrarme en la aventura de la naturaleza.

Así pues, dejándome llevar por ese algo sutil que hace encajar las cosas, decidí viajar sin rumbo hasta aquella isla con una mochila muy ligera. A los pocos días cruzaba el mar en un Ferry con un Mehari y llegaba a sus costas. Recién pisé aquella tierra, no lo dudé, dirigí mis pasos hacia la montaña más cercana. Y tras subir y subir por carretera, encontré de pronto un bosque milenario, El Cedro, en el que me detuve, aparqué mi coche, y me interné decidido, dejando atrás cualquier expectativa previa.

Mi mente sabía que tanto en los cuentos como en las leyendas, el bosque y sus peligros  simbolizaba al inconsciente como metáfora. De hecho, muchos cuentos hablan de niños aventureros que en su espesura se adentran para “enfrentar las pruebas” y descubrir algo que expandirá sus conciencias. Y en realidad lo que hacen, entre otras cosas, es enfrentar sus propios fantasmas y darse cuenta de sus íntimas sombras.

Las señales

Así pues, me metí en el bosque, y tras una hora de deambular muy despacio, observando cada pisada, cada árbol y cada planta, de pronto, ¿qué vieron mis pupilas?  Un riachuelo chispeante de apenas un metro a dos de anchura.

En un lugar tan pequeño y sugerente como la isla como La Gomera, me dije, ¡Que buen momento para buscar el manantial! Siempre me habían llamado la atención los orígenes de todo río que veía y nunca había tenido la oportunidad de contemplar el primer brote de su futuro fluir. En este caso y dado que era una isla pequeña, buscaría, montaña arriba hasta descubrir su lugar natal.

Me parecía algo mágico llegar a contemplar el primer fluido de un río, un fluido posiblemente tan pequeño e insignificante que al igual que un ser humano, crecería y se convertirá en un adulto que resbalando desde lo alto, llegaría al gran océano en su propio final.

Ignoraba cuánto tardaría e encontrarlo, ¿una hora?, ¿dos o tres?, estaba dispuesto a subir las que fuesen necesarias. Me sentía pleno de alegría, tal vez porque en mi intuitivo viajar hacia aquella isla, de pronto, mi camino estaba enfocado y tenía ya propósito, sentía que algo comprendería en las sincronías de aquel lugar.

El origen

Comencé a caminar hacia arriba, y más arriba, arriba… Parecía que llegaba al origen, pero no, todavía quedaba una pequeña corriente de agua que resbalaba desde más arriba. En realidad todo conducía a la cima.

De repente llegué al primer brote de agua, no había duda, y allí mismo contemplé como brotaba de la tierra el manantial. Curiosamente era un chorrito intermitente y peculiar. Me sorprendió que no manase un flujo estable, y en su lugar hubiese un “ritmo” o “pulso” en la salida de agua. Cronometré aquel vibrar y descubrí con gran asombro que lanzaba agua a razón de setenta y siete “pulsaciones” por minuto de forma regular. El agua surgía a pequeños borbotones con el insospechado estilo de un gran corazón o pulsar.

De pronto tuve la impresión de que aquel brotar estaba vivo y que latía sin parar. Sentí de pronto resonar con al corazón de la Tierra, en resonancia con el latido primordial. Entonces capté a los ríos como arterias portadoras de vida en este planeta de sol, tierra, aire y mar.

Aquella unión del río y la montaña, y en definitiva con la fuerza vital, desencadenó tan intensa sensación de conexión que de pronto, mi apretada mente intelectual se amplió súbita a la percepción intuitiva y mágica. Desde este estado ampliado de conciencia, percibí que el río estaba vivo. Y al estilo de “Alicia e el país de las maravillas”, lo sentí como una entidad que interconectada con los árboles y piedras del lugar.

El camino

En aquel instante decidí acompañar todo su cauce abajo y recorrerlo hasta llegar al mar. Observaría atento sus procesos, elecciones y aconteceres desde aquel principio hasta el final.

Recorrería el riachuelo,
con máxima atención a todas las vivencias de su caminar.
Observaría aquella vida en todo aquello que me pudiese enseñar.
Atrás quedaban los papiros y las letras de una mente conceptual.
Gracias a la aventura de lo inesperado,
estaba abriendo el gran libro de la vida,
un libro sabio, fresco y vivencial.

Comencé a caminar y comprobé que el todavía pequeño río bajaba con fuerza. Pequeños remansos y cascadas descendían confiadas y entusiastas hacia en su aventura de crecer y vivenciar.

Primera puerta: El estancamiento

Observé de pronto como aquel chispeante fluir se veía detenido ante una gran olla de piedra. Y con ella sentí que llegaba la primera lección de vida para aquel río lleno de ilusión y grandes metas. El río enfrentaba una insospechada parada en la que algo aprender y madurar.

Sentí que aquel joven río se había estancado en su correr y descubrir. Posiblemente pensaría que su vida llena de sueños y ambiciones se hallaba de pronto frustrada. Sentí compasión ante el sentimiento que aflora ante el estancamiento y la frustración, ¿qué sentiría aquel ser ante aquella jaula llena de rutina? Pensé en esos ciclos de vida en los que parece que nos come un trabajo que tan solo da dinero, un trabajo en el que todo es previsible y sin rasgo alguno de creatividad. ¿Quién no ha enfrentado alguna vez, etapas en las que vivimos sometidos a un corsé de total previsibilidad?, ¿un corsé que apaga llama y desmotiva?

Aquel joven río pasaría un pequeño ciclo de su vida en aquella honda olla de piedra que lo detenía. Sin embargo también sentí que aquella experiencia de camino, le enfrentaría a superar la frustración y a aceptar el pequeño y laborioso latir que tanto nos madura.

En realidad bien sabemos que nada se estanca, y que todo se mueve, avanza y progresa. El universo es cambio constante, aunque en la visión de aquel río no lo pareciera. Sin embargo, cuando menos se lo esperase, de pronto, en un instante único e irrepetible, el nivel de agua en la olla subiría, y de pronto, aquel riachuelo se convertiría de nuevo en fluida y renovada cascada hacia horizontes más amplios y nuevas experiencias.

Y de nuevo se vería enfocado a un camino de cambios, rostros, paisajes, experiencias… camino que reflejaría la ley de la impermanencia y la pura aventura de la existencia.

En tan solo un instante y sin hacer absolutamente nada, lo inesperado sucedería. Tan sólo bastaba con aceptar la situación y dejar hacer al flujo de la vida.

Segunda puerta: La sombra

Continué avanzando mientras acompañaba al curso del agua, un fluir que adaptándose suave al cauce, acariciaba las piedras que encontraba. De pronto en aquel lugar tan verde y frondoso percibí un olor agudo y fétido que interrumpió bruscamente la percepción de la belleza. Me pregunté cómo en aquel bosque tan limpio e incontaminado, podía nacer un olor a podrido tan intenso que todo lo inundaba.

Al poco descubrí que en un lado del río se hallaba una zona de pestilente barro negro de aguas estancadas. ¿Sería posible que un río que fluye transparente, tenga zonas tan oscuras? En realidad, poco se podía hacer para renovar aquella área. Me pregunté en aquella mañana de metáforas, ¿cómo saldría aquel ser del estancamiento y reactivaría el curso fluido de la vida?, ¿qué tendría que suceder para que las aguas de su zona sombría se viesen removidas y a su vez renovadas?

Pensé que a veces en el devenir de la existencia, suceden hechos inesperados que en forma de crisis y acontecimientos a menudo no deseados, deconstruyen nuestra identidad vieja, y con ella, sus carencias no resueltas. Se trata de hechos que irrumpen en nuestra vida, sucesos que alteran nuestros hábitos, y que son a menudo recibidos con la etiqueta de “desgracias”.

¿Qué sucede en la vida del río cuando llegan inundaciones y grandes lluvias que desbordando cauces, arrastran pestilencias?

Pues sí. Sentí que un día no lejano, las lluvias desbordarían aquel barro y sus aguas fluirían de nuevo, limpias y frescas.

En realidad cuando nos acontece una situación de este estilo, tendemos a recibirla como una desgracia, un accidente, una enfermedad, una pérdida… ¡Qué horror! No solemos al principio ni aceptarla ni comprenderla. Y sin embargo gracias a ella, gracias a la visita de este ángel negro, no hay hábito antiguo que sobreviva ni zona sombría que resista. Esa fue la segunda lección que recibí de aquel río a mi paso por aquella pestilente circunstancia de su vida.

Seguí avanzando con bastante esperanza, porque comprendí que no hay veneno sin antídoto, problema sin solución ni estancamiento sin salida.

Al poco, entre árboles, plantas y malezas entre las rocas, todo era maduración y alegría. Atravesé lugares cuya belleza cuesta poner en palabras. Aquel frondoso bosque filtraba los rayos de sol ofreciendo a través de sus árboles, las luces y sombras de inolvidables enseñanzas.

Tercera puerta: La incertidumbre

Avancé otro trecho hasta que de nuevo llegó una zona oscura. En este caso no era desagradable ni olía de forma determinada, era simplemente una sin luz en donde apenas llegaba el Sol por el enorme entramado de maleza que cubría tanto al cauce como a sus aguas.

Decidí no rodear y con un palo que hacía de machete, fui abriéndome paso por entre las zarzas. Me adentré por aquel oscuro paraje, al tiempo que hundía mis pies en barros, piedras y arenas que no veía. La sensación era contradictoria, la oscuridad del camino había eliminado la transparencia. Y el hecho de caminar sin ver realmente qué es lo que uno pisa, agudiza la incertidumbre desacelera el paso y se mantiene la atención plena.

Hice un largo trecho en la oscuridad, metro a metro por entre la maleza. Observé que este ciclo no era putrefacto, sin embargo al río no llegaba la luz, y su camino era incierto hasta no haber un cambio, una apertura que bienvenida aconteciera.

La tercera lección del río señalaba seguir adelante, aún en momentos de temor, oscuridad y circunstancias adversas. La enseñanza señalaba que el camino precisa a veces de coraje, atención y confianza.

Observé que la mente pensante en su falsa sensación de seguridad cree que controla, pero en realidad, el camino es siempre incierto y lo poco o mucho que tenemos es tan solo este eterno instante del ahora.

Cuarta puerta: La Gracia

De pronto, y sin avisar tan siquiera, se abrió frente a mí un espacio de tal belleza que dejó mi alma estremecida e impactada. Ante mis ojos se desplegó un campo verde y limpio, un espacio alfombrado de hierba que parecía minuciosamente cultivada. ¡¡¡¡No era real!!! Al igual que un green de golf, parecía cuidado con años de esmero y entrega… sin embargo, miré alrededor, no había casas ni rastro de vida humana, me encontraba en un bosque solitario de montaña… el único jardinero era el río y tal vez la inteligencia de vida mediante el ecosistema de la montaña.

Pues bien, de súbito y en medio de aquella alfombra uniforme y limpia, vi como en su centro se erguían dos grades y majestuosas flores blancas. Eran dos calas silvestres cuya colocación en el conjunto parecía ser el resultado de una artística Ikebana. Fue entonces cuando resonaron las palabras del sabio:

Universo: háblame, Háblame de Dios,
Y… el árbol se cubrió de flores…

Mis ojos ya no cesaban de abrirse asombrados, porque de nuevo, desde una rama, salió volando un pájaro de cuerpo azul y cuello fucsia que se posó muy cerca de mi persona en la rama de una higuera. Era una higuera frondosa y madura de la que emanaba un intenso y dulce aroma que a todo el contorno cuidaba y acariciaba.

¿Sería real?, ¿acaso habría muerto y me encontraba en el paraíso?

¡Qué regalo para los sentidos!

Sentí que la cuarta lección de aquel libro natural señalaba confianza. Y fue en aquel momento en el que me pareció escuchar:

“El momento más oscuro de la noche se produce instantes antes del amanecer”.

Constaté que la oscuridad previa fue vivida como amenazante, incómoda y larga. Fue justo después cuando la vida se abrió a una belleza nunca atrás vista.

Era tan grande la magia de aquel lugar que sentí la tentación de abandonar mi camino y quedarme de por vida. Me tendí al pie de la higuera, respiré largo y consciente, y comí higos entre el aroma de las flores y el tacto suave de aquella alfombra. Estuve allí un buen rato hasta que de pronto, me di cuenta de que no era cuestión de detenerme… la vida y el camino continuaban.

Tuve de nuevo tentaciones de abandonar mi propósito último y quedarme embelesado en la celebración de los sentidos y el abrazo acomodado de la diosa. Sin embargo algo me decía que aquello era tan solo parte del camino, y que un día atrás, junto al manantial, brotó un propósito, se orientó un rumbo y nació una meta. El gran libro de la vida no había todavía agotado sus páginas. Debía soltar el acomodo que se me ofrecía. Aquello era tan solo una bella posada transitoria. El camino del peregrino demandaba soltar y seguir adelante, aún a costa de incomodidades y asperezas.

Quinta puerta: Soltar y saltar

Seguí adelante dejando atrás apegos y dependencias. Y no tardé en vislumbrar en el horizonte el gran mar que aparecía en la vida del río por vez primera…. Fue un momento trascendente en el que por primera vez se veía a lo lejos el destino, el final, la vuelta a casa.

Seguí adelante. El océano estaba lejos y todavía quedaba mucho por bajar. por las laderas. De pronto, llegamos hasta un acantilado en el que no habría otra que saltar al vacío en larga caída sin vuelta atrás. Comprendí que para la vida de aquel río era toda una prueba saltar al abismo y durante doscientos metros abandonarse en caída vertical. Era el gran salto de su vida. Un riesgo asumido de seguir adelante y dejar atrás la zona de seguridad.

La quinta lección del camino señalaba este “soltar” cuando la inteligencia de vida así lo señala. Gran momento éste en el curso de un río, momento en el que de nada sirve pensar, momento crucial en todo parece trazado para sentir confianza y asumir el riesgo que demanda todo lo que realmente quiere madurar y progresar.

Por mi parte, descubrí para el descenso un pequeño sendero “guanche” trazado sobre la piedra del acantilado, y por el que mi persona descendería en prueba no casual.

Sexta puerta: El bautismo

Finalmente llegué abajo, un lugar en el que el río chocaba en la roca dejando el precipicio atrás y bien arriba. Comprobé que allí en aquella primera gran hondonada, el río era más profundo, sentí su madurez… y vi que éste ya fluía sobre un cauce maduro cuyo fondo ya no se veía.

A la vista de aquello y viendo que el agua me cubriría, decidí soltar mis ropas y sumergirme en sus aguas frías. Fue un bautismo, un rito de reconocimiento a un camino de quien asumió riesgos y eligió crecer, dejando atrás la ignorancia y la inconsciencia. Mi piel por vez primera entró en comunión con sus aguas ya sagradas que participaban de una amplitud en total serenidad.

La sexta lección era la hondura. La hondura que se logra cuando el río no huyó ante el miedo ni cuando soslayó el influjo hipnótico de los adornos y placeres que adormecen al alma.

Séptima puerta: el amor

Continué adelante, y de pronto ¿qué veo? Ante mis ojos una obra humana. Era un aljibe que recibía y contenía sus aguas. De pronto, paredes, medidas, compuertas, grifos, cañerías, relojes… ¡¡¡¡OOOHH!!! ¡¡¡Ya nada ya sería igual para esta vida escurridiza y espontánea!!!

Observé como aquel fluido libre y natural, devenía de pronto estructurado y cultural. A partir de aquel gran depósito, el río se dividía en múltiples cañerías de cobre en las que se canalizaría en cometidos de gran diversidad. Al poco vislumbré el destino de cada cañería que llevaba la frescura de aquella vida, antes chispeante y natural.

Aquel encierro en las cañerías, aquella estructuración lógica y racional, aquellas nuevas responsabilidades ante la comunidad… llegaban en la madurez de su caminar…

SERVIR.

Un nuevo sentido aparecía en la senda de aquella entidad,

El río daba de beber al sediento, refrescaba el sudor, lavaba pieles, suelos y ropas, disolvía la suciedad y regaba la huerta…

Reconocí que la lección séptima hablaba de servicio y humildad como sentido de la existencia. Comprobé que aquel río ya maduro y con la experiencia del que ha dejado su juventud chispeante atrás, era ahora un servidor de la la vida con consciencia de su propia utilidad. Ya no solamente participaba en el inconsciente ecosistema de animales y las plantas, sino que además servía en anónimo sacro oficio a los seres humanos de aquella pequeña comunidad humana. En realidad disolvía, liberaba y purificaba a la Humanidad, al tiempo que se aproximaba cada vez más hacia su destino y vuelta a casa.

La llegada silenciosa

Antes de disolverse en el océano infinito, comprobé como el río aportaba su último aliento de fertilidad. En realidad las aguas vertidas de cada casa, se acercaban por entre la tierra hacia el mar.

Todo su aventura había comenzando un día remoto, primero evaporándose del océano, después en forma de lluvia, y por último naciendo como manantial. Una vida de vivencias insospechadas culminaba volcando su sabiduría  a la comunidad

Aquel día iniciático, en el que mi mente apretada de conceptos llegó hasta aquel río, se ensanchó mi corazón con vivencias intuitivas de grato comprender y amar. El recuerdo de aquel río sirvió para orientar momentos futuros del camino iniciático que uno, un día azul se comprometió a vivenciar.

Cuando llegué hasta la orilla del mar, pronuncié:

Querido Río. Gracias por tantas lecciones que me diste en tu viaje por la montaña desde el manantial hasta esta orilla que tu ahora cruzarás.
No hay papiro ni academia que como tú, tanto me enseñaron de la vida y tocaron mi corazón en una nueva forma de mirar.
Tu recuerdo me inspirará en las encrucijadas y pruebas de un camino que elijo recorrer con plena consciencia en el servir y el amar.

Con los años y recordando vívidamente este relato, me pregunto si en realidad este mapa que me legó el rio, fue tan solo una anticipación de lo que leía y proyectaba de mi destino en el camino pasado y futuro de mi vida.

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0 Comentarios
  1. Pipi

    2 abril, 2012

    Me anima hacer el comentario, que no tenga respuesta esta articulo. Despues de hacer el curso de educación de las emociones con Pilar en Málaga (fantástico).He creado una rutina mañanera,( que no es rutina sino necesidad de saciar el hambre que tiene lo que «yo soy») y este articulo ha sido el alimento hoy. GRACIAS

  2. cristina ahora SAbdha

    2 abril, 2012

    Recuero el discurrir de ese rio en la Gomera,
    Corriamos hacia la gran cascada atravesando el bosque de laurisilva.
    Fue un descenso iniciatico,un momento lleno de vida como todos los que compartimos juntos .
    Ahora, cuando por azar contacto contigo, lo primero que aparece es ese rio.

    Espero Que el fluir de la vida nos reuna de nuevo.
    Hari Om Doria !!

  3. Amalia

    3 abril, 2012

    José María, allí donde estuvieras, siempre fuiste, eres y serás una gota de agua.
    En cada recoveco, en la orilla o en la profundidad del río,
    tú eras esa gota de agua tibia, fría o cálida; teñida, turbia o clara.
    Recogida en la humedad del ambiente, diluida en el caudal acuático, difuminada en la lluvia…Eres la gota que un día mojó y se deslizó por el terreno seco en el que yacía aquella semilla que te esperaba para brotar….
    La semilla despertó , creció y floreció . Hoy es un robusto árbol de esperanza y amor para los demás….¿lo ves? Formas parte de este hermoso plan divino de dar vida para recibir vida..
    Recibe un cálido saludo.

  4. amor

    4 abril, 2012

    Gracias.Me has recordado que me salió la carta de la confianza en una conferencia que diste hace unos años,ahora mismo es lo que me hace falta.Gracias

  5. Mónica

    4 abril, 2012

    Qué hermoso relato!!I Inspirador, observar la vida, atreverse a investigar, buscar..
    Gracias por tu generosidad compartiendo, francamente me es de gran utilidad. No sólo es un placer leerlo en su rica, bonita y variada expresión, además reconforta mi corazón de aventurera de la vida.

  6. paco

    6 abril, 2012

    Abuelos, padres , tíos y amigos

    de los buenos manantiales
    se forman los buenos ríos.

    Paco Arana padre

  7. Wendy

    23 junio, 2012

    Que maravillosa experiencia y enseñanza. Me he quedado sin palabras pero el Silencio-Ser en mi reverbera y late con fuerza y Amor. Gracias José María por tu labor como acompañante y despertador. Gracias por mostrar en este precioso texto (y en su video) el ciclo que Dios, el Silencio-Ser manifiesto, recorre de sí mismo hacia Sí Mismo. Es un placer y privilegio conocer tu persona, que como señalización en el viaje, me recuerda el camino a Casa.
    Un abrazo fuerte y profundo lleno de Presencia y Silencio.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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