El suicidio de mi hermano
Mágico vivir

El suicidio de mi hermano

Por el 7 mayo, 2012
Esta historia está dedicada a mi hermano Alberto, un ser humano que no puedo menos que calificar como “muy peculiar”. Recuerdo que Alberto de pequeño, por las noches tenía una extraña afición consistente en pegarse horas y horas a la ventana mirando las estrellas y haciendo mapas del cielo. En mi caso y como hermano menor le acompañaba en esta afición, pero mirando las ventanas del patio de vecinos por si pillaba alguna chica desnuda.

A los catorce años decía estar en contacto con una entidad dimensional y extraterrestre de nombre Goral, entidad con la cual mantenía comunicación telepática casi constante. Para “hacer contacto” se ponía unas gafas negras y entraba en un estado de quietud. Al poco afirmaba que Goral le enviaba mensajes sobre asuntos del cielo y de la tierra.En aquella época troglodita en lo que respecta al conocimiento de la mente, mis padres se inquietaron mucho. Pensaron que el comportamiento de mi hermano obedecía a un problema de cordura por lo que tras el visto bueno del psiquiatra, lo ingresaron en el entonces llamado “manicomio”.

La experiencia Goral y momentos de descontrol, eran algo diagnosticable para los psiquiatras en aquella década de los 60, por lo que Alberto fue diagnosticado de esquizofrenia, palabra mágica por la que todos se quedaron tranquilos a la hora de ingresarlo y administrarle altas dosis haloperidol.

Cuando finalmente mi hermano cerró su particular ciclo y salió del “manicomio”, lo primero que hizo fue preparar sus cosas e irse de casa. Y así, aquel joven partió a Inglaterra con el sano propósito de vivir su vida.

Alberto con su locura, nos estaba haciendo cuerdos a todos los que lo rodeábamos… En realidad además de un tipo peculiar era un músico extraordinario, un virtuoso de la guitarra española. Hizo su carrera de música en el Reino Unido y durante años no supimos prácticamente nada de él. Un día notificó que se casaba, una cita a la que acudimos en tropel. Allí comprobamos que este singular personaje había madurado y encontrado un equilibrio en una gran familia inglesa que lo apreciaba y quería. No tuvo hijos, vivió una vida muy particular y su mujer, Sally, a todos nos emocionó por su sensibilidad y gran corazón. Pero al cabo de varios años la pareja se disolvió.

Estando así las cosas y encontrándome en mi segunda vida, la de buscador y peregrino, vivía un momento muy dulce en mi base de las Islas Canarias. Un día se me ocurrió contactarlo en su casa en Gran Bretaña y le dije:

“Aquí hay un lugar soleado y bello. ¿Por qué no vienes?”

Pasado un tiempo, aceptó la invitación y se presentó en Canarias con una casa rodante a cuestas arrastrada por un gran Volvo con los que ya se había recorrido buena parte de Europa. Su estilo de vida me sorprendía, ya que era un nómada absoluto, un músico y viajero de la vida que habían tildado de enfermo mental. Los médicos habían dicho que su enfermedad no tenía cura, y que tarde o temprano podía aparecer un brote psicótico, un brote en general acompañado de cierta violencia.

Alberto llegó a Canarias, lugar en donde lo atendí y le presenté amigos. No tardó mucho en hacer su vida y al cabo de un tiempo creó pareja con Mary, una mujer interesante con cinco hijos que durante siete años Alberto cuidó como si fueran suyos. En realidad fue como un padre para ellos ya que los fue educando y acompañando en sus procesos de crecimiento. Aquellos jóvenes le adoraban y realmente le profesaban un gran amor.

Al poco de llegar, hizo amistad con unos conocidos míos y montaron uno de sus sueños, “La taberna de Albert”. Allí se hizo muy popular, recibía gente, daba conciertos de guitarra, y a veces bebía un poco de más… y si así sucedía, mantenía siempre un estilo inglés de total corrección.

La vida transcurría en Canarias con normalidad, hasta que un día sucedió algo con sabor a destino. De pronto llamó la Policía por teléfono para informar que mi hermano estaba subido al alero de un edificio y amenazaba con matarse. Había bebido unas cervezas de más y afirmaba que se iba a suicidar. Habían conseguido detenerlo, y me pidieron que me hiciera cargo de él, porque allí todavía “había un problema”.

Eran las nueve y media de la noche. Lo encontré más lúcido de lo que parecía a primera vista. A veces me miraba de reojo, como si tuviese un plan que yo por supuesto desconocía. Me enteré de que su pareja había tenido un romance con un amigo íntimo de ambos. Aquello para su extrema sensibilidad era fuerte… Y al parecer en esas circunstancias había decidido morir, como supe posteriormente. Lo supe porque me dejó una carpeta con escritos que había realizado antes de ese episodio suicida.

A todo esto mi hermana Laura había acudido conmigo al lugar de la crisis. Así que ambos lo llevamos de vuelta a su casa y le acompañamos. Una vez allí Alberto se acercó al borde de la barandilla. Percibí su intención de lanzarse al vacío. Pude agarrarlo casi a punto de saltar. Me pregunté si no estaría poniéndome a prueba, para ver hasta qué punto yo jugaba la carta del “te quiero conmigo y no quiero que te pierdas”.

Aún así le dije: “Te quiero, estoy contigo y quiero que vivas”. Al poco se acostó y estando al lado de su cama, tuve de pronto la clara sensación de que tenía que dejarlo en paz. Pensé que cuando se despertase haría lo que quisiese hacer. Si Alberto quería suicidarse tendría sus razones. Lo había impedido una vez en la terraza, pero no podía estar permanentemente detrás para cogerlo en el aire. Alberto era mucho Alberto como para interrumpir su destino. Y dado que mi hermana Laura pensaba exactamente igual que yo dados los antecedentes de su vida, llegamos a la conclusión de que una vez quedase dormido, nos retiraríamos y respetaríamos su sentir. En realidad éramos vecinos y contaba con nosotros.

Al día siguiente me levanté y fui al despacho como de costumbre. A media mañana recibí una llamada telefónica informándome que mi hermano se acababa de lanzar al asfalto desde su casa, un quinto piso. Cuando me llamaron estaba tendido en la acera. Iban a recogerlo y llevarlo al depósito de cadáveres.

Me preguntaron qué quería yo hacer. Les dije que “nada”, que prosiguieran con sus trámites habituales. En aquellos momentos mantuve la cabeza bien fría. El acontecimiento tenía mucho más alcance que una pérdida emocional. No era en vano el trabajo interno que yo había realizado. Encajé la noticia pensando que aquel había sido su destino y su elección.

En consonancia con mi mentalidad de aquel entonces, decidí cuidar el aspecto “energía” del asunto. En aquella época participaba de algunas creencias, hoy por cierto trascendidas, respecto al llamado “mundo astral”. Había leído que algunos suicidas vagaban un tiempo en ese plano astral antes de encontrar su luz, su camino y su salida.

Es por ello que cuando comenzó a llegar gente a mi despacho exclamando “¡Qué terrible…horror!” procedí a neutralizar tales emanaciones. En realidad sin negar el dolor de la pérdida ni tapar el duelo, me mantuve sereno y logré detener a quienes intoxicaban con dramatizaciones morbosas.

No caí tampoco en la tentación de culpabilizar a su compañera del episodio emocional con el amigo. Reconozco que la situación me inspiraba un  respeto profundo a la vida del ser humano y a las decisiones de cada cual. Me parecían de más los juicios de valor y las cargas tan miopes de culpabilidad que suelen acostumbrarse.

Y sucedió que esa manera de reaccionar y dirigirme a los que llegaban, tan serena y vigilante, como radical y neutra, fue aminorando las emanaciones psíquicas que consideraba inoportunas para el supuesto  tránsito energético de mi hermano.

Estuve así ocupado varias horas. Hablé con mi familia, atendí sus llamadas,… pero siempre con un talante neutralizador. Pasó mucha gente y yo seguía controlando el nivel de la atmósfera psíquica circundante. Estuve así varias horas, ejerciendo de  “depurador psíquico”.

Cuando sentí que ya había hecho el “trabajo de la tierra”, es decir, el trabajo urgente, inmediato y visible, llegó mi momento de soledad y me dirigí a la catedral de la Candelaria. Estaba vacía, me senté, respiré… y de pronto tuve la sensación de que aún me faltaba algo por hacer. Según mis creencias de entonces, sentía el deber de ayudar a mi hermano a “irse” de ese espacio desde dónde supuestamente podía vagar enredado.

Entonces centrando el enfoque de mi consciencia, invoqué ritualmente su presencia y mi experiencia. Fue así, tal cual:

Percibí de pronto la aparición de Alberto delante de mí, a unos tres metros de distancia. Flotaba en el aire al estilo de lo que suele denominarse como “entidad electro-plasmática”. Con total seriedad y firmeza le dije “¡Vamos!”. Sentí como tras pronunciarlo, salí de mi cuerpo, lo abracé, y empezamos a subir en espirales hacia arriba… en dirección de salida planetaria: al Universo. Conforme íbamos subiendo y subiendo, me iba asombrando de la claridad con la que podía mantener la experiencia sin ningún pensamiento “realista” que pudiera restarle calidad.

Estaba viviendo una experiencia continuada y sin interrupciones en la que no había ningún pensamiento intruso que interfiriera en lo más mínimo con el ejercicio que realizaba. Al poco, sentí como atravesamos una capa muy densa de energía que entonces interpreté como parte de la psicosfera.

Allí había más capas y el hecho de atravesarlas me hacía consciente de que para seguir avanzando debía hacer gala de una gran determinación de continuar. En realidad sentía una contrafuerza que trataba de detener nuestro ascenso y reorientar la espiral hacia abajo. Así pues, atravesamos abrazados capas inquietantes ante las que mi ser adoptaba un talante radical, casi militar, al tiempo que decía a mi hermano: “¡Sigue, sigue… enfoca… Arriba, Alberto, arriba, arriba, arriba, a la luz, a la luz, luz!”.

Así seguimos, subiendo, subiendo y subiendo. Algo en mí sabía que había que atravesar aquellas psico-capas y continuar hacia el gran vacío. Sentía que si me dejaba llevar por lo que veía o sentía a nuestro alrededor, no habríamos sido capaces de persistir en el viaje. Nos habríamos quedado enredados en alguna capa, es decir, prisioneros de esa película que en mi mente se había formado de aquella singular experiencia.

Seguimos subiendo y subiendo. Ignoro el tiempo que estuvimos haciéndolo. Siete, ocho, diez minutos… Hubo un momento en que pensé “es increíble lo perfecto que está resultando todo esto”. Fue durante brevísimo instante en que fui un observador ajeno.

Reconozco asimismo que mi mente estaba influenciada por determinadas lecturas. Por ejemplo de la tradición iniciática egipcia que afirmaba la existencia de determinadas personas encargadas de guiar a las almas al otro mundo. Supe asimismo de un sector derivado de las enseñanzas de Gurdieff que hacía viajes astrales con la misión de señalar a las “almas perdidas” la dirección que debían seguir. Se consideraba que tales guías viajaban en sueños orientando a seres perdidos y despistados, que no sabían dónde encontrar la salida del famoso “tubo de luz” y llegar a la vacuidad, la totalidad o donde sea que podamos trascender. Eran los verdaderos héroes del silencio.

Pues bien, en el ininterrumpido viaje ascendente de Alberto y un servidor, llegamos a un punto en el que de repente se abrió ante nuestra vista el Universo infinito con estrellas al fondo como grandes presencias. Era oscuro radiante, omniabarcante, perfecto. Lo sentí limpio y sereno. Contemplé a mi hermano que por cierto, se mostraba medio transparente y en paz total. Fue entonces cuando me dijo una sola frase, tocándome con un dedo en el pecho:

“¡Ahora es tu corazón, ahora eres tú…!”

Mi corazón se sobrecogió… aquel gesto era su legado. Sentí que a un nivel transpersonal estaba recogiendo el testigo de la entrega vocacional a una realidad supramundana. Entonces Alberto me miró apenas un instante con serena ecuanimidad y sin decir más, ni siquiera un Adiós, dio media vuelta y se alejó en aquel infinito vacío. Supe en aquel instante que se iba para siempre. Y en realidad fue la primera vez en mi vida que sentí el “siempre” de verdad. Sabía que jamás lo volvería a ver porque no solo moría sino que dejaba de existir. Fue un adiós definitivo.

Tras la disolución de la “yoidad” de mi hermano, regresé a mi conciencia ordinaria en el banco de la catedral. Y en aquel templo, de pronto rompí a llorar. Mis lágrimas caían sin cesar durante casi media hora. Observaba mi sentir y lo respetaba. Observaba a mi cuerpo de dolor soltando y cerrando toda una vida. De pronto se acabó mi llanto y con una increíble paz, me levanté y me fui a cumplir los ritos de la sociedad. Mi labor ya estaba cumplida.

Al poco me entregaron una carpeta que Alberto había dejado para mí. En ella se leía “para mi hermano José María”.

“¡Madre mía! ¿Qué es esto? ¡Un legado de muerte!”, pensé al recibirla. Alberto había escrito y preparado aquella carpeta mucho antes, sabiendo que se iba a suicidar. La abrí. Dentro había una carta en la que se despedía de mi persona y dejaba instrucciones de vida para entregar a cada uno de sus amigos. Había escrito una frase de orientación y ánimo para cada uno de ellos, incluida su pareja.

Pasado el tiempo me he dado cuenta de que las distintas creencias acerca del más allá de la muerte, como lo pueda ser la reencarnación, la disolución, la vacuidad, el cielo o el infierno, la mano izquierda o derecha de Dios, la gran lucidez, o las uríes del profeta… entre muchas otras, son auténticas “franjas de psiquismo” con las que uno puede o no conectar.

Con el correr de los años he tenido experiencias profundas de muchos tipos. Experiencias que me llevaron en los primeros tiempos a dar alguna conferencia sobre la reencarnación. Y ya pasados muchos años, cuando en la actualidad soy preguntado en algún medio sobre cuáles son mis creencias al respecto, suelo decir:

“Al principio, cuando era pequeño y fui programado en la religión, creí en el cielo y el infierno, como la mayoría. Después no pensé en nada, me olvidé del más allá, dejé de plantearme ese tipo de cosas y sólo me centré en el “más acá”. Lo otro ya llegaría.

Más adelante y ya en mi búsqueda interna encontré a la reencarnación y me la creí. Me la creí tal vez porque me lo explicaba todo. La justicia de la vida, la pobreza y la riqueza, la fealdad y la belleza, la tontería y la inteligencia, de las distintas personas. Todo encajaba en una ley del karma por la que aquello que nos sucede es consecuencia de nuestros actos y vidas anteriores. Así las cosas, todo era justo y no había diferencias caprichosas.

Pero un día ya más avanzado en el camino, la creencia en la reencarnación se desprendió junto con otras muchas otras. Y ahora, cuando me preguntan ¿en qué crees?, respondo que cada uno de nosotros vivirá justamente aquello en lo que él o ella crean. Porque la creencia y el deseo atrapan energía. Y esa energía tiene que consumarse antes de disolverse…”

En la actual etapa de mi vida he elegido pensar acerca de la muerte como en la extinción total. Hace ya tiempo que tengo la certeza de que no reencarnaré. Creo que me he desprendido del supuesto “yo superviviente” que se disponía a reencarnar. Más tarde me enteré de que la palabra “nirvana” no significa otra cosa que “extinción”. Ese significado me gustó. Con el paso del tiempo he asociado la muerte con la Gran Iniciación, la Gran Totalidad recuperada, la trascendencia del sujeto “yo” y su disolución en la Unidad u océano de conciencia e infinitud que realmente somos.

A este respecto, traigo a colación un cuento que señala mi íntimo sentir:

— «¿Quién eres tú?», le preguntó al mar la muñeca de sal.

Con una sonrisa, el mar le respondió:

— «Entra y compruébalo tú misma».

Y la muñeca se metió en el mar. Pero, a medida que se adentraba

en él, iba disolviéndose, hasta que apenas quedó nada de ella.

Antes de que se disolviera el último pedazo, la muñeca exclamó

asombrada:

— «¡Ahora ya sé quién soy!».

Siento que el río de cada cual llegará al gran mar, a la gran realidad transpersonal. Y dado que más allá de la mente pensante no hay tiempo, ya que realidad el tiempo es un “constructo” mental, todo es presente infinito. Simplemente Es.

Respeto a los suicidas. Estoy en contra del sufrimiento, pero no soy un guerrillero de la supervivencia física. Lo que ocupa y despliega toda mi capacidad de acción es el sufrimiento de las personas, no precisamente su muerte. El que quiera suicidarse tiene todo mi respeto. Sin embargo aquél que sufre tiene por el contrario toda mi acción compasiva posible, y haré todo lo que sea para que no sufra. Pero el que quiera bajarse de este tren llamado vida, tendrá mi beso final y hasta mi sonrisa cómplice.

Pues bien… Mi historia con aquel Alberto disolviéndose no acaba aquí. Al cabo de tres años de su muerte, y teniendo mi residencia en Tenerife, de pronto un día recibí una llamada de alguien que preguntaba por Alberto Doria. Era una mujer con acento italiano. Le indiqué que mi hermano había muerto. Se mostró sorprendida, incrédula: “¿Qué?, ¿Cómo?”, me dijo, visiblemente afectada por la noticia que acababa de darle.

Le expliqué que hacía tres años que había fallecido. Ella seguía sin poder creerlo. “¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible…?” repetía una y otra vez, al otro lado del teléfono. Cuando se serenó un poco, me dijo que había conocido a Alberto en unas condiciones muy especiales y que necesitaba hablar personalmente conmigo para explicarme su relación con él.

Me encontré con aquella mujer, una italiana muy agradable. Tendría menos de cuarenta años. Me dijo muy impresionada que mi hermano prácticamente le había salvado la vida poco antes de venirse a Canarias, después de pasar una temporada en Italia.

“No te vas a creer lo que sucedió”, me dijo aquella mujer. “Yo en aquella época estaba desesperada. Había tenido una pérdida muy dolorosa, estaba con una depresión muy grande, y había decidido quitarme la vida. Pero no tenía ni siquiera el valor de suicidarme. Soportaba la existencia como una gran carga. Estaba desesperada. De pronto, un día sonó el timbre de mi casa, nunca imaginé lo que me esperaba. Abrí la puerta y vi a un señor alto vestido de oscuro, con un maleta de guitarra en la mano”.

“Aquel hombre dijo que venía a ayudarme, así sin más… y yo estaba en tal estado de desesperación que sin preguntar nada le hice pasar. Me habría dado igual si hubiese sido un ladrón o un psicópata. Pero me pareció educado y correcto. Poco a poco inspiró en mí una cierta confianza y pensé que con aquel visitante al menos alargaría mi vida unas horas”.

Al parecer mi hermano permaneció en su casa toda una semana. “Y en esa semana descubrí una vida…”, me dijo ella. Después siguió diciendo: “Hablamos muchísimo, me preparaba la comida y la cena. Me contó y me contó muchas cosas que abrieron mi mente y recolocaron mi existencia. Primero le conté mi vida a él, y después fue él quien me ayudó a entenderla desde una perspectiva totalmente diferente”.

“Realmente sentí que salvó mi alma. A los siete días se despidió y se fue. Hasta ahora no tuve noticias de él. Pero quedé tan impresionada, y estaba tan agradecida e iluminada viendo que mi vida había cambiado tan profundamente, que hace poco decidí buscarlo”.

Me explicó que Alberto no le había dejado ni teléfono, ni dirección ni forma de tomar contacto con él. Sólo le había dicho su nombre: Alberto Doria. Después ella se había enterado de que había un tal Doria en las Canarias… le dieron mi teléfono y sólo le explicaron que yo era su hermano.

Le conté a aquella mujer, que se manifestaba alucinada con la noticia de la muerte de Alberto, que mi hermano se había suicidado. No lo podía creer, no terminaba de encajarlo. Se quedó de piedra, al tiempo que me trasmitió su convencimiento de que mi hermano era un verdadero sanador, un auténtico iniciado.

Repitió conmocionada que aquel hombre había salvado su alma.

Poco más tengo que decir, tan solo:

Querido Alberto.

Gracias en nombre de todos los que conocimos la emanación

de lo que hoy y siempre, eres y somos .

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0 Comentarios
  1. Ângela

    7 mayo, 2012

    Un abracito para tu corazón de parte de mi niña interior.
    Quizás también de parte de quienes hoy se queden sin palabras.

  2. Mónica

    7 mayo, 2012

    Como cada semana voy al encuentro de tu escrito. Mi ánimo tiene la certeza de que encontrará una sorpresa, una anticipación que nunca se ve defraudada, por cierto. Es complicado ponerle palabras a todo lo que me ha transmitido. Todo lo expuesto deja huella, pero recalco: NO HAY TIEMPO, TODO ES PRESENTE INFINITO..mi yo , aún superviviente, se rebela, por vivir pegada a un reloj y a sus normas, como una autómata obediente y otra parte que me es difícil definir asiente sonriente. Acaso todo es un sueño?. Cuánto AMOR y CERTEZA hacen falta para respetar sin intervenir, toda una auténtica vocación de servicio.

  3. Dulce

    8 mayo, 2012

    No encuentro las palabras ni las formas de expresar la sincronia tan intensa y profunda que eh logrado sentir en cada una de las experiencias vividas, lo unico que puedo decir es gracias por mostrarme un camino que no tenia rumbo ni fin, por darme un sentido a todo lo que a lo largo de mi existir no encontraban cause ni fin

  4. JULIO

    8 mayo, 2012

    Gracias por compartir.

  5. JULIO

    8 mayo, 2012

    Así le hablaba a mi compañera del alma después de leer este post:
    He leído el artículo de Doria. De hecho le he dado las gracias por compartir. Al final ha sido el único mensaje que he podido poner pues me ha sumido en un profundo estado de inmovilidad del que solo se libran las manos para escribir este correo.
    La historia no es la causa son las palabras tal y como las emplea y coloca, sencillamente producen serenidad y silencio.
    Desde hace meses vengo insistiendo que la PALABRA, la forma de hablar, bien con expresión oral o bien nuestros pensamientos y reflexiones son la LLAVE. Son el Santo Grial. La Palabra fuente de Vida Eterna. La Palabra de Dios.
    Doria tiene la capacidad consciente o inconsciente, no lo se, de hilazar las palabras para que a los iniciados les trasporte a un estado emocional muy concreto, muy cercano al SER al ALMA.
    Sostengo que el SILENCIO, lleva a la SERENIDAD y estos dos a la BELLEZA, y creo que todo ser humano debe tender a la BELLEZA,

    LA BELLEZA se alcanza con el SILENCIO, es decir, la inexistencia de la PALABRA vocal o mental. Y también se alcanza con la PALABRA si logramos que como Doria nuestra palabra provoque en los demás el SILENCIO. Por tanto, si el SILENCIO, nuestros silencio es puerta de entrada, LA PALABRA es la llave de la puerta.

    LA PALABRA de DIOS de esta forma provoca en quien la escucha y la lee el SILENCIO necesario para que con su SILENCIO, unidos ambos, podamos traspasarla y encontrar la SERENIDAD que finalmente nos acerca a la BELLEZA.

    .

  6. araceli

    9 mayo, 2012

    gracias por explicar tan bellamente mis creencias y sentires.

  7. nuria

    19 mayo, 2012

    Gracias, me ha llegado al alma y realmente me ha emocionado,,,,,,,,,,,, cuantas personas no son entendidas en esta sociedad, y son magnificos y maravillosos seres. GRACIAS DE CORAZON. Ante todo, el respecto y amor por su propio camino.

  8. Mª Angeles

    25 mayo, 2012

    Que bello relato y que crudo, lo cierto es que a mi me resulta facil entender que se tengan deseos de dejar este mundo, a veces yo me he sentido como una extraterrestre. Gracias por compartirlo, me ha gustado mucho leerlo. Si tuviera más tiempo y posibilidades me acercaria a conocerte en persona y a conocer tu escuela, he leido bastante de lo que tienes colgado en la web, muy interesante. Un saludo de una desconocida.

  9. CARMEN

    26 mayo, 2012

    Simplemente:
    Gracias José Maria por estar ahí.
    Gracias por hacerme sentir un ser previlegiado al considerarte un gran regalo en mi caminar.
    Un ABRAZO de todo CORAZÓN.

  10. Paqui

    31 mayo, 2012

    Real como la vida misma, me ha encantado leerlo, vaya experiencia, está lleno de contenido, me ha conmocionado y emocionado la experiencia tan preciosa de acompañamiento de irse para siempre (como bien dices), precioso viaje que hiciste con él, gracias por compartir algo tan personal, pues tu experiencia es un aprendijaje para el resto.
    Un abrazo y gracias de nuevo por todo lo que nos trasmites.
    Paqui

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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