Observando

La escucha desde el alma

Por el 13 diciembre, 2010

¿Has observado qué parte de tu ser se activa cuando hablas?, ¿y cuál cuando escuchas?
¿Quién dijo que era caro pagar a quien escucha los íntimos procesos de tu persona?
¿Cabe mayor generosidad que ofrecer escucha a quien pasa por momentos de tormenta?

Cuánta necesidad tenemos de alguien que nos preste atención cuando algo nos turba y acongoja. Y sin embargo, qué difícil es encontrar quien ofrezca de manera sabia tan generoso oficio del alma. En realidad, bien sabemos que escuchar no es precisamente oír, ni tan siquiera el permanecer callados, a menudo fingiendo interés, mientras asentimos y  miramos a quien nos habla.

¿Por qué nos sentimos tan aliviados cuando abrimos a una persona los entresijos de nuestra pena, y sin embargo, no sentimos el mismo alivio cuando somos escuchados por otra?

En este sentido observo que cuando soy entrevistado en un medio de comunicación por una persona con un trabajo profundo a sus espaldas, la inspiración de mis respuestas brota fluida, fácil y enterada, como por arte de magia. Son momentos en que lo pequeño se hace grande, y lo cotidiano se encarna en palabras sabias. ¿Cabe mayor gratitud? Sin embargo cuando uno es entrevistado por quien trabaja tan solo por dinero, sin vocación ni asomo alguno de alma, sucede que aunque la mente que responde es la misma, la energía en juego aparece como mediocre y limitada.

En realidad para escuchar con el alma, precisamos primero poner en silencio nuestra mente, al tiempo que suspendemos prejuicios y comparaciones, a menudo ruidosas. El hecho de escuchar supone un acto de amor como el que regala el Sol que ilumina la tierra sin pedir nada. Un acto de contemplación por el que nuestra atención queda enfocada en los procesos del llamado “otro”, procesos que a menudo parecen estar buscando desahogo y comprensión ampliadora. Sin duda, una acción que precisa de un alma generosa, un alma en acto de servicio que moviliza el interés genuino de acompañar a aquellos que en el camino nos convocan.

Cualquier escucha realizada por interés personal, aunque sea por el interés de aprender, investigar o compartir, será buena, pero de menor carga sanadora. Dice un antiguo proverbio de sabiduría que: “aunque el médico venda las heridas, es Dios quien realmente las cura”. Sabemos que nadie realmente cura a nadie de sus presiones y penas, a menos que su ego se haga invisible, y deje en manos de un rango Mayor lo que fluirá en la escucha silenciosa. Un estado desde el que pueden brotar palabras justas, palabras limpias y desnudas que pasan al exterior sin añadidos de la propia persona.

El papel del acompañante es servir a quien sutilmente lo demanda, una acción que si no se hace desde el alma, tiene el mismo y elevado valor que el de una honrada prostituta a tanto la hora. Ambos oficios son meritorios y alivian. Sin embargo, cuando se ofrece al otro ese silencio profundo, ese silencio consciente y cargado de presencia, a menudo sucede algo que no tiene precio. Sucede que la comprensión brota, y de pronto, amanece, todo vuelve tener sentido y… resulta que no pasa nada, que en realidad nunca pasa nada…

¿Acaso crees que por ser más rico, más reconocido o de mayor edad, puedes parlotear de ti mismo, suponiendo que en la vida de quien te escucha nada interesante pasa. En realidad es quien pregunta el que pone mérito en la mesa. Es quien abre su corazón y se interesa por el otro, quien realmente ofrece las exquisiteces y tesoros que el alma guarda.

Mejor no olvidar que la calidad de la escucha es precisamente la que convoca la comprensión sanadora, comprensión que libera a un ser humano que, a veces sin saberlo, es lo que permanentemente anhela. Una calidad que se ejercita cuando somos capaces de escuchar los propios pensamientos, al tiempo que nos abrimos a la guía profunda del alma.

Aquel psicoanalista atormentado que escuchaba tomando notas en frialdad emocional bien calculada, ha dado paso a un terapeuta que ejerce y permanece como amigo del alma. Ya no es la mente pensante desde donde sucede la terapia avanzada, sino más bien desde la inspiración silenciosa, inspiración que crea complicidades con personas tan dispares como aquel camarero, la chica que nos gusta o con quien nos cruzamos la mirada. En realidad, puede habitar en toda relación humana.

Si tras pasear por estas líneas, deseas ejercitar la escucha del alma, ábrete al silencio mientras regalas espacio a otras personas. Puede que al principio, tu ego se rebele movilizándote a cortar y cambiar de onda. Tu ego se empeñará en querer escuchar cosas más interesantes que las que circulan en las superficies tontas. Sin embargo, si permaneces en la presencia y respiras consciente mientras los demás se expresan, pasarán cosas insospechadas, sucederá que de pronto tu silencio habrá inundado el ambiente de hondura luminosa y mágica presencia.

¿Cabe mayor juego de magia?

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0 Comentarios
  1. Miguel

    13 diciembre, 2010

    Gracias José Mª por estas sabias palabras que me inspiran a un mejor escuchar, con la calidad de un ser que desea ser sincero consigo mismo y con los demás. Creo es un gran descubrimiento el escuchar sin juicio y sin querer cambiar ni influir en el otro y, al final, te das cuenta que esto se traduce en calidad de vida para ambos, o sea en felicidad y armonia.

  2. chicaluna

    17 diciembre, 2010

    Escuchar… Pare ello es necesario el Silencio. Dejarnos atrapar por el silencio confiando en que su vacío aparente está preñado de Vida. Cuando se me regala escuchar desde este estado, descubro que escuchando al otro, me escucho a mí misma. Desaparecen las fronteras ficticias yo-tú, mío-tuyo y toma posesión del espacio abierto otra clase de Presencia.
    Escuchar así, desde el silencio, sin dar recetas, ni soluciones, sin interferir con palabras huecas y automáticas… permite descubrir la Verdad debajo de la narración. Y ambos, escuchante y escuchado, sanamos.
    Namasté hermanos

  3. José Tomás

    23 diciembre, 2010

    Sabias palabras que calan hondo al leerlas. Pero que difícil recordarlas mientras vivimos en la vida cotidiana. Esa tremenda Atención buscada, que no por buscada aparece antes. El anhelo de la escucha profunda es manifestación de eso que pugna por manifestarse desde nuestro más recóndito interior y que el ego se encarga de ocultarnos con inusitada eficacia. Mi único remedio es la meditación silenciosa, la atestiguación del anhelo de ayuda y el brotar continuo del ego que se resiste a ayudar sin moneda de cambio.
    Calidad de la escucha, Calidad de la escucha, Calidad de la escucha, habrá que repetirlo como un mantra que convoque la comprensión sanadora.
    Namasté

  4. laura

    13 febrero, 2011

    Qué bonito¡¡¡ Gracias¡¡¡

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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