La doble vida del chamán
Mágico vivir

La doble vida del chamán

Por el 21 mayo, 2012
Una de las mayores aventuras de mi vida sucedió en un viaje en el que crucé el Atlántico sin billete de vuelta. Era uno de esos viajes a los que puedo calificar como de iniciáticos, ya que solté casa, trabajo, familia, amigos, y sobre todo cultura. Subí a un barco mercante hacia México con la esperanza de el que volviese no fuese el mismo que partió.

El viaje

Aquel viajero de 40 años embarcó en el puerto de Santander con un coche todo terreno, un Toyota en el que sobre el techo se había construido una cama para dormir bajo las estrellas. Me acompañaba una perra llamada Eika, una lobita recién regalada horas antes de partir, que brindó su inacabable lealtad y ternura durante casi dos años de aventura por el seno de lo inesperado.

Durante la larga y silenciosa travesía a bordo de aquel navío que transportaba toneladas de trigo, hacía footing todas las mañanas en su interminable cubierta.  Su escasa tripulación me contemplaba divertida, mientras yo leía sobre los brujos y chamanes mexicanos de la mano de Carlos Castaneda, al tiempo que barruntaba vivencias mágicas que aguardaban mi recorrido.

A veces el mar movía el enorme barco y la espuma de las olas cruzaba su cubierta. Era entonces cuando el océano me daba su primera lección al señalarme que aunque su superficie se agitara con los vientos, sus profundidades se mantenían serenas y calmas. Así me gustaba imaginar mi interior, aquietado y profundo, aunque en el exterior fuera todo vorágine y agitación. Así era mi mente.

Reconozco que aunque a lo largo de aquel increíble camino me sucedieron infinidad de vivencias llenas de significado, hubo un episodio que ahora me dispongo a destacar y que trasformó mi vida.

La puerta

Sucedió que debido a una serie de conexiones no casuales, fui prácticamente conducido a las montañas de San Luis Potosí, donde vivía el reducto de una etnia conocida como indios “huicholes”.

Estos indígenas son considerados en México hombres muy severos, auténticos y ajenos a los entramados del poder. Viven de acuerdo a sus propias cosmogonías y tradiciones y poseen una cultura muy autóctona a la que honran y sirven.

El lugar de acceso a uno de sus reductos más cerrados y emblemáticos, se realizaba a través de un camino escasamente transitado y sin asfaltar. Había que atravesar un túnel de un kilómetro, horadado a pico, y que al igual que mi periplo vital, tenía una sola dirección: hacia delante. La sensación al atravesarlo fue de no haber vuelta atrás. Aquella galería era tan estrecha como las puertas de las cámaras de iniciación, angostas, oscuras y bajas. Si se quiere entrar al nuevo amanecer, hay que agacharse humildemente y soltar lo de atrás. Comencé a atravesar dicho túnel, sabiendo que al otro lado me esperaba el nuevo y enigmático mundo de los huicholes.

Conecté con estos indios tan singulares en plena montaña. Me hallaba en medio de una naturaleza salvaje y desértica, poblada de infinidad de cactus que nacían en medio de grandes extensiones de arena y roca.

Al otro lado del túnel, las montañas eran similares a las que veía antes de entrar, pero ante mis ojos se extendía un increíble valle. Cada uno de sus picos tenía nombres de animales, joroba de camello, oreja de chacal, barriga de buey, cabeza de elefante…

En aquellas montañas conocí a un huichol llamado Roberto, un indígena de pelo largo, moreno, con sombrero de ala ancha y plumas de águila que, dotado de un carisma peculiar, acostumbraba a escuchar al tiempo que hablaba despacio mientras fumaba unos enormes cigarros de marihuana en forma de corneta.

Roberto tenía unos cuarenta años. Se le veía educado, profundo y silencioso. Hablaba poco, escuchaba mucho y tenía una gran autoridad entre su gente. Días y noches manteníamos conversaciones muy interesantes. Y antes de decir “esta boca es mía” y revelarme sus secretos, se tomó el tiempo necesario para conocer más a fondo al buscador de verdades profundas que llegaba de España.

Su marihuana particular era muy aromática. Y antes de encender su flauta, acostumbraba a pasarnos sus flores cerca de las narices de quienes estábamos a su lado, para que notáramos el aroma intensísimo de esta planta que él cultivaba y tanto apreciaba.

La iniciación

Roberto era un maracán, título que entre los indígenas mexicanos representa un grado elevado de autoridad entre su gente. Pues bien, un día el citado maracán dirigiéndose a mí, dijo:

“Ven, acompáñame. Vamos hacer tu iniciación al peyote”.

Se refería a un hongo sagrado mexicano que sólo crece en las montañas de esa zona del mundo y que, como dato curioso, no se ha logrado comercializar nunca. Se trata de una especie de cactus que los huicholes toman en sus rituales iniciáticos, cuya sustancia psicoactiva permite adentrarse en estados acrecentados de conciencia. Para ellos la citada “sustancia psicoactiva” tal y como la denominamos los occidentales, no es otra cosa que un “mensaje codificado de los dioses”, un “aliado” vivo con la amorosa misión de abrir conciencia.

Era la época de Aldous Huxley, Thimothy Leary, Carlos Castaneda y sus famosas  “Enseñanzas de Don Juan”. Eran los años “80”, unos años en los que había mucha curiosidad por los estados alterados de la mente.

Cuando partimos en busca del “peyotito”, ignoraba cómo era ni tan siquiera la forma que podía tener aquella prodigiosa planta. A fin de reconocerla, pregunté a Roberto cómo era aquel hongo, y él me respondió sonriendo:

“No te preocupes, si estás preparado el peyote te encuentra, el peyote te encuentra…”

Yo me preguntaba, algo escéptico, ¿cómo me va encontrar un cactus? ¡Ah las creencias primitivas de esta gente…! Y en realidad, lo que me decía el maracán no era del todo una alegoría o un simbolismo, como pude más tarde comprobar…

Empezamos a caminar por un gran valle junto con otros dos indígenas. No quería separarme mucho de ellos, no solo por temor a perderme en aquel desierto, sino porque también quería observarlos en acción. Pero pronto vi como cada uno de ellos se iba separando poco a poco del grupo.

De pronto vi como el maracán me hacía un gesto con el brazo y procedía a agacharse. Me dirigí hacia él y al llegar me dijo:

“Mira, esto es un peyotito. ¡Y además es de cinco puntas!”.

Por lo que pude saber, entre los huicholes un peyote de cinco gajos, similar a la estrella de cinco puntas, es un “peyote ritual”, y aunque todos eran sagrados, éste recién aparecido, lo era más.

Entonces vi por primera vez como era aquel enigmático hongo. Era carnoso, verde, muy diferente de cómo lo había imaginado, y bastante sólido a diferencia de los hongos que estaba acostumbrado a ver.

Me percaté de que estábamos solos en aquel impresionante desierto. Entonces Roberto partió el “peyotito” con un cuchillo, y entonces de forma solemne y ritual giró su cabeza de plumas de águila hacia la izquierda, al tiempo que invocaba a los elementos. Luego muy serio, hizo lo mismo mirando al horizonte. Y después, girando a la derecha, invocó al cielo y a la tierra.

A continuación, tomó el hongo con mucha consciencia, partió un pequeño gajo y mirándome directamente a los ojos, me lo acercó al rostro.  Primero me tocó en el pómulo izquierdo, después en el derecho y finalmente, tocó con él mi frente. Después me lo ofreció. Lo tomé en mi mano y lo comí… Era muy amargo.

Imbuido por el clima profundo y trascendente del breve ritual efectuado por Roberto y recordando mis lejanos tiempos de comunión, en vez de masticarlo, lo que hice fue mantenerlo en mi boca con respeto, como si fuera una hostia de misa consagrada. Pensé que así tal vez soltaría todos sus fluidos sagrados.

Poco a poco, empecé a sentir una sensación de gran suavidad, me sentía cada vez más tranquilo y me observaba con total nitidez. Sentí que ya estaba realizada la transmisión de la energía, por lo que comencé a caminar solo por el desierto.

De pronto, de una forma espontánea y natural, me vino el impulso de agacharme en un lugar como todos, y comencé a escarbar arena. ¿Qué sucedió allí? ¡Pues que insólitamente aparecieron cuatro ejemplares del mismo tipo que el que acababa de ingerir!. Una parte de mí lo encontraba normal, pero otra pensaba muy rápido que aquella acción sin voluntad, sin intención pero decidida, venía de otro sitio.

Entonces, feliz por el hallazgo y sobre todo por sentirme dentro de una fuerza mayor que guiaba mis pasos, le hice señas a Roberto que se hallaba a unos cincuenta metros y exclamé:

¡Hey, Hey, lo he encontrado, lo he encontrado!

El maracán se acercó lentamente y dijo mientras sonreía reconociéndome:

“El peyote, te ha encontrado…”

Cortó los hongos muy por debajo de su parte visible, hundiendo el cuchillo en la tierra y después de mirar a los peyotitos y a mí varias veces, dijo solemnemente:

¡Has sido aceptado por el peyote en esta tierra!

¡El peyote te ha buscado, te ha reconocido y te ha llamado!

Muy emocionado, me levanté en un estado de gran conciencia, sin intención, era todo muy liviano, sin ninguna duda ni contradicción, no registraba actividad mental alguna. Caminé siete u ocho pasos e inesperadamente me agaché nuevamente de manera espontánea. Revolví la arena, y descubrí otros tantos…

Empecé a sentir aquel hallazgo como algo normal. Aquello ya no me sorprendía. Me sentía conectado con aquella energía. El desierto era enorme y los hongos no se veían a simple vista ni había señales de su presencia. Y sin embargo, las dos únicas acciones que había emprendido habían tenido como resultado un encuentro con aquellos peyotes.

Los huicholes me enseñaron a limpiar los hongos, me explicaron que partes se debían comer y cuales no. Seguidamente me anunciaron que al día siguiente, al despuntar el sol, comenzaríamos un recorrido iniciático.

Me dormí feliz por los prodigios y relevaciones que había descubierto en la jornada que concluía y por las que seguramente me aguardaban al día siguiente. Pero no sentía anticipación ni ansiedad, tuve un sueño tranquilo hasta que el Sol naciente asomó.

El camino

A la mañana siguiente me uní a la expedición de indígenas. Roberto me dio dos hongos y me sugirió que los fuera ingiriendo a lo largo del camino, ¿en qué medida? En la que surgiera espontáneamente de mí. Fui caminando detrás de ellos como a treinta metros del último del grupo. De ese modo, iba sólo pero al mismo tiempo sintiendo que formaba parte de un grupo de seres que tenía un objetivo: Ascender  la Montaña del Elefante y atravesar sus Puertas.

Mientras ascendía la montaña, desprendí un gajito de peyote y lo puse bajo mi lengua. Seguí comiendo y a los pocos minutos comencé a sentir una conexión absoluta con la Naturaleza. Comprendí que todos mis estudios, carreras y años de academias y empresas, en aquel momento carecían de conexión con el femenino primordial de la Naturaleza. El Peyotito me estaba tendiendo un puente a ella.

De repente los elementos: tierra, aire, agua y fuego, comenzaron a cobrar una importancia que antes nunca había tenido para mí. Sentí a la  tierra la sentía viva, así como también me sentía conectado con el agua que discurría por un arroyito que bajaba de la montaña. En verdad, estaba en íntima comunión con el aire y el sol.

Me sentía instalado en un estado de conciencia que me hacía sentir desde las rocas hasta las ráfagas de viento. El agua era algo más que un líquido… mi percepción estaba en el estadio de las fuerzas elementales y sentía a la tierra en el conjunto de la vida.

De pronto, me percaté de que un Águila volaba allí en el cielo.  En ese instante supe, sin ningún deseo ni tensión, que estaba totalmente conectado con aquella ave majestuosa. Sucedió algo insólito aunque no inesperado. El águila voló hacia mi persona y comenzó a sobrevolarla dando vueltas a unos diez metros sobre mi cabeza. Sentía un júbilo inefable de conexión. Desde que la vi, sabía que vendría, no me sorprendí de que me sobrevolara, porque en realidad, estábamos el contacto.

Fue una sensación extraordinaria de unión, grandeza, sincronía, globalidad. De algo que no tenía que ver con mi pequeño yo. Lo que sucedía era circular y estaba más allá de mi voluntad, sucediendo simplemente. Toda aquella experiencia que estaba más allá de la lógica racional, me encantaba.

Seguí subiendo hasta una altura considerable y al encuentro de lo que mis compañeros huicholes llamaban “Puerta del Cielo”. Una vez allí, en el punto más alto, ellos dejaron unas ofrendas. Se trataba de velas, algunas monedas, dientes de personas y animales, trozos de pelo, trenzas, trozos de cerámica y todo tipo de objetos de escaso tamaño, pero de gran significado para ellos.

En mi caso elegí como mi ofrenda particular, un amuleto de ámbar que me acompañaba desde hacía mucho tiempo y que me había tallado un artesano tras mi visión en una playa de Oaxaca. Lo dejé allí, me desprendí de lo más preciado que tenía y supongo que, dado el carácter sagrado de estas ofrendas, allí debe seguir actualmente.

Desde aquel lugar seguimos hacia otra montaña rumbo a su cumbre, “La puerta del Fuego”. Allí nos detuvimos e hicimos una hoguera. Los huicholes se pusieron todos en círculo alrededor del fuego purificador y comenzaron a cantar sus pecados, sus limitaciones, sus errores, sus culpas… Cantaban todo aquello que era muy personal. Nadie miraba ni escuchaba al que tenía al lado.

Cada cual cantaba en un español de acento extraño para mí. Confesaban todas aquellas acciones que querían transmutar. En realidad me imponía tanto respeto que no puse mi atención en sus pecados, sino en los míos, por lo que nunca sabré qué es de lo que se arrepienten. Y aunque estábamos todos en círculo, nuestro único testigo eran las llamas que crepitaban en medio de una penumbra que comenzaba a envolvernos.

Los integrantes del grupo cogían ramas muy finas de junco y hacían un nudo en aquellas varitas por cada pecado que confesaban a la hoguera. Cuando se había acumulado una determinada cantidad de nudos en el junco, lo arrojaban al fuego. Entonces se callaban, dando la sensación de que con aquel gesto se sentían redimidos y trasmutados. En realidad era el fuego el que purificaba.

La deconstrucción

En aquel momento pensé seriamente en mis cosas, hice mis propias reflexiones revisé mis “pecados”, errores, excesos, exageraciones,… lo que sentía que no había sido ético. Confesé todo a las llamas y también eché mi junco de nudos al fuego. Cuando éste se encendió, yo también sentí que sucedía algo purificador en mi ser.

Cuando ya casi había anochecido, el grupo comenzó a descender la montaña, yo me quedé atrás, junto a la brasa de aquella agonizante hoguera ceremonial. Me quedé un largo ratos a solas, sin prisas por bajar. Allí tomé conciencia de aquel momento tan grandioso y de lo insólito de las experiencias vividas.

Me encontraba a muchos kilómetros de mi vida y de mi casa, no había contacto desde hacía mucho, sentía que ya no tenía aquella identidad como la que reflejaba el carné que llevaba dentro de un plástico. Lo saqué, no podía creerlo, no me reconocí. Sentí que mi identidad anterior se había perdido. Era un indio más, fundido con la Naturaleza y participaba como todos ellos de unas intensas emociones, de alegría, culpa, pena, gloria, miseria, grandeza, risa y lágrimas.

Estaba unido a los huicholes y las demás personas del mundo, por la Naturaleza y por la vida, ¡Qué lejos quedaba la conceptualización intelectual de mi antigua identidad cultural!

El águila y en especial sus ojos, me habían despertado la visión global. Aquel ave majestuosa que es capaz de mirar de frente al Sol sin quemarse, significaba “el que lo ve todo desde arriba”. Su contacto mágico había inspirado en mi naturaleza lo que al cabo de los años denominaría como la conciencia testigo.

Durante aquellas quince o dieciséis horas de caminata por el desierto y la montaña, cada paso tenía sentido, cada pensamiento había sido observado, cada movimiento había sido consciente.

A la vuelta y en un momento que pasé junto a un panal de abejas, percibí aquella comunidad de insectos volar con inteligencia geométrica. Las aguas que discurrían cerca de la colmena era a su vez un canto poético de fluidez y flexibilidad.  Una pequeña brisa de aire que de pronto se levantaba, me decía algo. Todo estaba vivo y hablaba con amor y sabiduría.

El camino estaba lleno de señales que este peregrino de la Naturaleza interpretaba. En lugar de ser petroglifos y papiros, eran el correr del agua, la brisa del viento, el vuelo de las abejas, el contacto con el águila… los que indicaban el camino y transmitían, “permanece atento, nada es casual”.

Hasta aquel momento me había iniciado en las universidades de la cabeza, en el pensamiento legal y filosófico. Ahora estaba iniciando mi primer curso en la naturaleza, algo desconocido y que nunca había sido mi lección.  Aquel fue el punto crucial de mi iniciación con “el peyotito”, tal y como aquellos indios lo llamaban cariñosamente.

Con los huicholes aprendí que para un guerrero es muy importante tener aliados. El peyote es uno de ellos. Se trata de una fuerza que se une al guerrero, a la intención profunda del ser humano que lo ingiere, quien comulga con él.

Como todas las noches me uní al grupo de indígenas que cantaban sus ideas, sus cosmogonías, creencias y rituales. Así, cantando, los huicholes venían trasmitiendo desde siglos y de generación en generación, sus enseñanzas de sabiduría milenaria cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos.

Así culminó mi ascenso iniciático a la cima. De las montañas y de mi ser.

Sorpresas, la lección no acaba.

Unos días después, sentí que ya era tiempo de dejar aquellas gentes y seguir adelante mi camino. Le dije a Roberto que al día siguiente partiría. Así que agradecí su hospitalidad y sus enseñanzas. Me despedí de todos, sabiendo que muy difícilmente volvería, pero sin nostalgia por la partida, porque me sabía sutilmente unido a ellos en cualquier punto del planeta.

Roberto me pidió, que  antes de abandonar la región, pasara por la cercana ciudad de Mateguala, para conocer su casa. Me sorprendió.

“Yo llegaré allí en cualquier momento. No te desviarás demasiado de tu camino a la ciudad de México. Sólo está a unos kilómetros de aquí. Te explicaré como llegar”.

¿Su casa? No imaginaba a Roberto como habitante de ciudad. Conocedor de su estilo de vida en la montaña, pensé que tendría una casita humilde o un chamizo en la pequeña población de Mateguala.

Cuál fue mi sorpresa al bajar al mundo y llegar hasta aquella ciudad que la dirección dada Roberto coincidía con la de un lujoso chalé. Pensé que me había equivocado. Era una casa demasiado convencional. Toqué el timbre por si sabían algo de aquel indio del sombrero de plumas. Me abrió la puerta una preciosa mujer rubia, de acento americano, cabello muy corto, ojos claros, educada. Dijo:

“Adelante. Pasa José María, te esperábamos. Soy Jennifer, la esposa de Roberto”.

Casi enmudezco. Sentí una oleada de desconcierto total. El contraste entre aquella casa y aquella mujer, y nuestra vida en las montañas. La situación crecía en interés por momentos.

En el pasillo había esperándome dos niñas espectacularmente hermosas, eran de la misma altura pero absolutamente opuestas. Jennifer las presentó: se llamaban Amanecer y Melodía. La primera era una pequeña de 13 años, rubia, alta y delgada, con una mirada de águila y de mucho rango y poder. La otra, algo menor, era morenita con mirada de gata, muy sinuosa, seductora y femenina.

Jamás había visto una representación tan clara de las dos polaridades: lo solar y lo lunar estaban presentes en aquella casa de una forma definida. Había visto hermanos que representaban ambos polos, pero nunca una manifestación tan simbólica, mítica y clara de las dos fuerzas fundamentales de la naturaleza.

Después de saludarlas, pasé a un salón bien decorado, y me senté a tomar un té que Jennifer acababa de preparar, un té que sirvió atenta y ceremoniosamente como si estuviésemos en una reunión de embajada.

Nos sentamos los cuatro alrededor de una mesa baja, y comenzamos a hablar de los convencionalismos que emplean las personas que recién se conocen para mantener una conversación. Oí unos pasos que se acercaban y apareció Roberto. Vi entonces a un hombre con un impecable traje de Armani de color gris azulado y camisa de viscosa. Su melena recogida en una “cola de caballo” apretada y sus zapatos perfectos, en nada recordaban su identidad de las montañas.

Se arremangó para cruzar las piernas, se sentó enfrente y comenzamos a hablar de temas tales como política y economía mexicana, la evolución reciente de las exportaciones, la gran corrupción que se había instalado en el Distrito Federal, la problemática policial…

Las niñas escuchaban y de cuando en cuando intervenían en la conversación. Cada uno de los miembros de la familia guardaba silencio respetuosamente cuando hablaba otro. Todo ello me llevó a ponerme en mi papel de hombre educado y mundano, aunque mi mente no conseguía cuadrar del todo aquel cambio ni integrar a aquel Roberto junto al maracán de las montañas.

Al cabo de tres cuartos de hora de charla, percibí que era el momento de partir. Comencé a despedirme de ellos manteniendo las formas. Primero de Jennifer, y después de las niñas que por cierto, tras dos besos me parecieron dos ángeles.

Las tres mujeres se retiraron. Me quedé a solas con Roberto. Salimos al jardín y comenzamos a caminar hasta mi coche.

Fue en aquel instante en el que le dije:

“Me voy a despedir de ti y nunca te voy a olvidar, pero me gustaría que respondieses algo antes de proseguir mi camino. ¿Cómo puedes vivir en dos mundos y realidades tan diferentes? Te he visto caminando por el desierto en compañía de otros huicholes, con una vestimenta rudimentaria y cubriendo tus necesidades mínimas. Y ahora te descubro en esta estupenda casa, con una familia cultivada, pulcramente vestido y rodeado de todo tipo de comodidades. ¿Cuál es la clave para llevar esto?”

Se quedó unos segundos en silencio, me miró a los ojos –lo cual no hacía muy a menudo- y me dijo en voz baja y solemne:

“Balanceando. Balanceando”.

Acompañó sus palabras con un gesto de sus manos, como el de la onda de una suave ola que se desplaza subiendo y bajando sobre la superficie del mar, y repitió

“Balanceando. Balanceando”.

Aquel “balanceando” entró a mi mente de una forma distinta a como podría haber entrado cualquier otra información. Me di cuenta de que reconocería la dualidad del nivel mental durante toda mi vida.

Y así conocí vivencialmente uno de los grandes principios de la existencia: la dualidad, el camino entre los extremos, las oscilaciones entre uno y otro polo y la manera de bailar con los mismos. Después descubriría aquella misma clave en casi todas las culturas milenarias: el noble sendero medio de Buda, la armonía entre el cielo y la tierra del Tao, la virtud del término medio de los griegos.

Comprendí que el juego no estaba en excluir ninguno de los dos lados, aunque uno fuese doloroso o feo. Supe que debía hacer un pacto con la contradicción existencial, tratando de conjugarla en una palabra que constantemente me llevase al equilibrio, “balancear”. Actualicé que la vida es un diástole y un sístole, inspiración espiración, día y noche y que en toda esa sucesión de polaridades acontece el juego de la vida.

Supe que mis alegrías y mis tristezas estarían siempre presentes y balanceadas en los porcentajes precisos de la existencia. Debía hacer las paces con la “otra orilla” del río de la vida, la que había negado en muchas ocasiones, porque era sombría.

Aprendí que podría integrar un mundo de logros, información, materializaciones,… es decir, un mundo de manifestaciones personales, con otro mundo de interiorización, relatividad, autoconsciencia y presencia.

Percibí claramente la huella de la civilización judeocristiana que había inculcado una idea excluyente, entre lo divino y lo humano, entre el espíritu y la carne. Una concepción que negaba el mundo para afirmar a dios y que señalaba que cuanto más hubiera del uno menos habría del otro. Ideas basada en negar y excluir una parte para afirmar la otra: la sombra y la luz, el diablo y el ángel, el mal y el bien…

“Balanceando” suponía para mi vida una avanzadilla de la futura síntesis integradora que viviría al cabo de un tiempo en los Himalayas de Nepal. Una integración que me permitiría excavar un pozo profundo y dar nacimiento a un proyecto capaz de tener un gran cielo que lo inspirarse y asimismo capaz de contar con la suficiente tierra como para pagar sus facturas.

Así pues a partir de entonces comencé a “sentir” los lugares de poder, las casas que vibran bien, las puertas sutiles de energía, los objetos peculiares… suelo percibir asimismo el mensaje de los elementos, de las plantas y de los animales. Y con este sentir, desde entonces voy por la vida

Balanceando, balanceando,…

La magia del todo es posible

Pero aquí no acaba la historia. Meses más tarde y encontrándome en California, una cadena de sincronías me fue llevando literalmente hasta una cabaña enclavada en bosque de pinares a varias horas del asfalto. Había que dejar el coche y caminar casi veinte minutos para llegar ella… Paul, un nuevo amigo que acababa de conocer,  me dejó a 100 metros de la cabaña de madera y me dijo que vendría a recogerme a los tres días. Me quedé perplejo, pero lo vi tan seguro y convencido que acepté. No sabía lo que me iba a encontrar allí. En realidad había pensado que nos íbamos a reunir con amigos y que él se quedaría a pasar una jornada. Es por ello que no había hecho preguntas. De pronto me veía en una encerrona.

Llevaba tiempo fluyendo entre gentes que encontraba en el camino y en muy pocas ocasiones me negaba a una propuesta. Sin embargo, en aquella ocasión me sentí molesto, me parecía que era demasiado aislamiento, además no tenía comida, ni por aquel bosque había tienda alguna. Me contuve y fluí.

Pero ¿A quién encontré dentro de la citada cabaña?

A Jennifer y las dos inocentes: Amanecer y Melodía.

Sorpresa, conmoción, incredulidad… ¡¡¡Era imposible!!! No había sabido nada desde que me fui de Mateguala, ni de ella ni de Roberto. ¿Qué estaba sucediendo?

¡¡Ufff!! Así era de la vida cuando se apuesta por ella.

Pasé tres días jugando con las niñas a príncipes y princesas.

Amanecer y Melodía fueron las nuevas amigas que se hicieron de inmediato cargo de mi persona. En todo momento ellas decidían y determinaban lo que hacer. Me coronaron cuarenta veces en un rito que repetíamos y repetíamos. Unas veces el Rey se casaba con una y otras veces con la otra.

En aquel bosque no había otra cosa que hacer.

Jugábamos, cantábamos, reíamos y nos amábamos.

Allí brotó otra comprensión ampliadora para este peregrino. Descubrí un nivel de conciencia que se hallaba más allá del movimiento de los polos. Crear y jugar, inocencia y presencia. Eran los primeros pasos en el descubrir de ese sol del corazón que vendría pasados los años y que siempre sonríe ecuánime ante las mareas.

De Roberto no se habló. No estaba presente.

A los tres días llegó el tal Paul, y me despedí de aquellas tres bellas almas ¿para siempre?

Silencio…

Ya no hacía planes.

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0 Comentarios
  1. Angela Garcia Ruano

    21 mayo, 2012

    Hola José María, una vez maz me he quedado sin palabras, siento que quiero decirte algo pero no me sale nada ¿qué o quién me ha llevado hasta esta página?…… no lo sé estoy emocionada y como encogida hacia mi interior , doy gracias por haberte conocido a tí y a Félix Gracía que nos puso en contacto.
    Un abrazo……… Ángela

  2. paco

    22 mayo, 2012

    Ahó Jose María

    Tanta sincronía con mi viaje iniciaico al cerro del Quemado, me hace corroborar que todo es posible.
    Que Hikuri nos encontrara
    Que la noche nos arropara con el venado en los labios
    Que el águila nos observara en lo alto del cerro
    Que el valle de las Ánimas pegara polvo y espinas a nuestra piel de desierto
    Que el silencio nos llenar ala de clarividencia
    Que en Matehuala nos encontraramos con nuestro ideal de bienestar.
    Los niños
    El juego
    La promesa
    La ofrenda
    el reencuentro
    California
    La sabiduría

    … y unas palabras de un Marakame que mucho tienen que ver con el viaje iniciático.

    cuanto antes quieras llegar , antes vuelves
    cuanto màs tardes en llegar, màs tiempo emplearás en volver

    METAKUYE OYASIM

  3. Denis Criado

    22 mayo, 2012

    La semana pasada fui a una iniciacion Maya; un cristal que toca con su punta distintos puntos del craneo y abrio canales de energia que me llevaron a un estado de conciencia no ordinario. Sali con una bola de energia en la cabeza. Gracias por tu vivencia. Abrazo fuerte. D.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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