Mágico vivir

La noche en que saqué la cabeza de una caja de cartón

Por el 16 abril, 2012
Eran tiempos de un entusiasta descubrir. Mi base se encontraba en Madrid y desde allí acercándome a los comienzos del nuevo milenio, todas las señales conducían hacia la realización de un nuevo viaje. En realidad las sincronías parecían señalar a Rishikesh, una ciudad india a los pies de los Himalayas.

Reconocía que tras un ciclo en el que buscando en la Unidad me había retirado del mundo y de los sentidos, me observaba de vuelta abrazando de nuevo a los mismos, al tiempo que también celebraba la vida y a sus múltiples formas por vulgares o “inferiores” que me hubiesen anteriormente parecido.

En el impulso de aquel viaje que me disponía a emprender, ¡Qué poco sabía del momento de gracia que viviría! En realidad nada sospechaba que allí en Rishikehs, sacaría la cabeza de la “caja de cartón” y me viviría desde esa inefable unidad que todo lo abraza y Es.

Pues bien, partí hacia esa milenaria India, pero en esta ocasión lo hice con Raquel, un alma grande con la que bailé en lo más profundo y creativo del amor. Tras llegar a Delhi y pasar allí la primera noche, partimos en un tren hacia esa ciudad sagrada del Hinduismo. Se trata de un lugar que por su cercanía al nacimiento del Ganges, fue elegido como destino final de los peregrinos fieles a su milenaria tradición.

Aquel paraje compuesto casi exclusivamente por centros de yoga, templos y ashrams de múltiples maestros, gurús y escuelas, fue el escenario de una experiencia trascendente que no puede vivirse por más que la mente lógica o la llamada voluntad personal quiera propiciarla. En realidad o bien acontece esta porque sí, o no hay forma de lograrla por más méritos que uno haga y técnicas que practique.

Observé en Rishikesh que las aguas del rio Ganges que la atraviesan son heladas, a pesar de lo cual mucha gente se baña en ellas como lo manda su particular tradición religiosa. Un baño purificador que hace gala de una fe infinita, ya que por lo que pude descubrir metiendo mi propio pie, corren el riesgo de fenecer por congelación.

Pues bien, llegada la Nochevieja y tras realizar una práctica meditativa en silenciosa red con un número significativo de alumnos de la Escuela con los que habíamos acordado sintonizarnos, Raquel y yo fuimos a cenar a uno de los restaurantes vegetarianos más concurridos. Y sucedió de pronto, que mientras estábamos comiendo, en mi caso una vulgar sopa de tomate, entré en un estado de inusitada plenitud y lucidez, un estado que aún siendo de totalidad y presencia, era por otra parte compatible con lo más cotidiano del momento. Era cotidiano porque podía pedirle al camarero “una botella de agua por favor” y seguir hablando con mi interlocutora de las cosas de la vida. Y sin embargo al mismo tiempo, mi conciencia o sensación de identidad estaba en una supra esfera, en la que el gozo y la infinitud inundaban la atmósfera de mi percepción. Sentía y me manifestaba desde una dimensión que integraba al pequeño “yo persona” con absoluta naturalidad y maravilla.

Me sentía percibiendo, expresándome y existiendo desde lo absoluto de la presencia y en total unidad con todo. Y sucedía que sintiendo una alegría sin causa y plena de serenidad, mis comentarios y conversaciones con Raquel eran de absoluta cotidianeidad. En realidad casi podría afirmar que ninguna persona de los allí presentes que me viera al pasar, notaría que yo estaba en un rebosante estado de paz. Nadie se percataría de que estaba viviendo en una inusitada lucidez envuelta de lo sencillo y a la vez en un centramiento interior que ignoraba cualquier forma de dispersión o contradicción.

¡Cuán difícil resulta explicar en palabras aquel estado de conciencia tan anónimo y discreto, como a la vez tan absolutamente magnífico, estable y fluido!

Mi propia cultura de lo profundo señalaba que era la supra-conciencia lo que brotaba natural y poderosa de mi Ser. Aquella maravilla, según pude luego confirmar, duraría alrededor de una hora y media. Tiempo suficiente como para constatar que no fue una brisa de sugestión o un anhelo imaginado.

Lo que sí observé es que dado que su llegada no respondía a intención precedente alguna, ya que sucedió acausal y gratuita, no podía ser otra cosa que un regalo del universo, un regalo que acababa de aparecer sobre mi persona y que ahora al trascribirlo me permito honrar con respeto y reverencia.

Debo reconocer que dicha vivencia es lo más parecido a la felicidad que mi mente ha sido hasta ahora capaz de concebir y experimentar.  Y esto lo dice un buscador que atravesando la etapa pisicodélica de los 80 y en su camino de indagación, ingirió sustancias psicoactivas en el seno de culturas sagradas de diferentes países, al tiempo que en su peregrinación hacia la esencia no soslayó los cánticos mántricos, las danzas catárticas, los giros sufíes, las oraciones y meditaciones de noches enteras en vela, las caminatas silenciosas por montañas y valles, los acampadas solitarias de montaña en puro saco de dormir bajo las estrellas, las prácticas de hiperventilación, los ayunos y las limpiezas depurativas…

Así pues, en aquella noche estrellada y en aquel estado “no ordinario” de conciencia, fuimos terminando la cena, al tiempo que me daba cuenta de las cualidades y características que acompañaban mi percibir. Recuerdo asimismo que acabamos el postre, salimos al exterior y contemplamos la noche a lo largo de un suave paseo. Un paseo en el que pasaron muchas cosas iluminadas, cosas pequeñas y cargadas de “normalina”, pero llenas de una bendita y sagrada sincronicidad.

Lo que fue sucediendo en aquel camino quedó impreso en alguna parte de mi mente y aunque no he vuelto a vivir así dicho estado de expansión, puedo decir que forma parte del patrimonio sagrado de mi vida. Es por ello que algo en mi ser quiere de alguna forma registrarlo en este escrito, al tiempo que honro a la felicidad como estado realmente alcanzable, estado que a su vez todo ser humano lo intuye como posible.

A veces me he preguntado, ¿qué determina la llegada o no de la misma?

En mi caso no puedo responder de otra forma que no sea señalando al Misterio como administrador de la plenitud.

En realidad si destaco este suceso es precisamente por tener la característica de elevar lo propiamente humano y cotidiano a la más alta cualidad posible. Y esto significa que la felicidad, la liberación, el estado de flujo o como se lo quiera llamar, tiene todas las características de la llamada “iluminación”, pero en mi caso alejada de esas ideas tan contaminadas de idealización que exaltan muchos textos míticos sobre el despertar.

Por el contrario, mis vivencias señalan el vivirnos desde la plena humanidad que se recrea ante aspectos tales como una sopa de tomate, el paso de un perrito en el camino, la compra de un anillo de bisutería en un puesto de la calle, y un abrazo con ternura y compasión que honra lo intrínsecamente verdadero y bello. Sin duda algo muy grande ajeno a ideologías y doctrinas que se revela como lo más real y cercano a la naturaleza humana.

Allí acabé de confirmar que existe un estado más allá del habitual subóptimo en el que nos vivimos habitualmente encapsulados. Elijo pensar que es asimismo un estado que tarde o temprano a todo peregrino aguarda, y que confirma algo tan simple como que “la salida está dentro”.

Allí constaté lo que sería vivir la vida de cada día desde ese continuo fluido de felicidad en un goce no condicionado por la llegada de alguna gratificación ni por la exaltación de los sentidos. Me di cuenta de que aquello que sucedía no venía de ninguna parte, sino que simplemente era un atributo del SER que se expresa desde dentro y al parecer brota en un momento dado.

Siento además que tan profundo estado está actualmente aflorando en muchas personas a lo largo del mundo. Y aunque por ahora sucede tan solo “a ratos”, observo que los seres humanos de este milenio lo están progresivamente desvelando. Siento asimismo que nacemos con una semilla o certeza intuitiva de que la felicidad existe y de que es posible desplegarla. Y tal y como va de acelerado el proceso de autoconciencia en el actual seno de la Humanidad, me da la impresión que no nos moriremos sin verlo realizado en una gran parte de la misma. Gran legado éste que a su vez encierra el sagrado juego de la vida: el juego de nacer como orugas y morir como mariposas.

Y lo que más agrada este sentir es que la avanzadilla de lucidez que desde muy dentro en Rishikesh me visitó, lejos de ser un acontecimiento extraterrestre, paranormal o lleno de visiones celestiales y proféticas, no movió mi persona del entorno normal, pudiendo vivirlo al mismo tiempo desde la integrada plenitud de la perfección.

Me recreo al recordar que no hubo de mi parte ninguna sonrisa exagerada, ni mis ojos perforaron las miradas de otros, ni atravesaron con sus “poderes” las superficies de las cosas, ni sabía necesariamente lo que otros pensaban… Reconozco también que mi conversación no era sublime ni maravillosa, y que mi postura física tampoco era de rectitud meditativa. Por el contrario, todo por fuera transcurría de manera discreta, respetuosa, humorística y mundana.

Sí, profundamente humana, y sin embargo envuelta de infinitud y presencia desde la que fluir por lo eterno de instante en instante.

Todo brotaba, todo era, todo sucedía.

Y yo latía recreado ante el puro devenir sin que nada en mí prefiriese, desease o temiese. Todos los opuestos estaban reunidos en un flujo sostenido, en los que no podía haber conflicto y en donde tan sólo brotaba paz, gratitud y celebración.

Y constato que esto sucedió tomando la sopa del menú, en el acto de beber, en el saborear el postre dulce, en una sonrisa de la camarera, en una mirada cruzada con los que estaban cenando en la mesa de al lado, en cierta complicidad distante que mantenía con una persona a la que miraba con discreción y cortesía…

Cuando salimos del restaurante hice a mi pareja comentarios muy corrientes: “qué buen día hemos pasado, qué noche más bonita, qué a gusto me siento, ¿Te sientes bien?” No hice casi referencia a lo que me estaba sucediendo porque lo encontraba todo espontáneo y natural, aunque en el fondo sabía que era extraordinario. Era un día más de la vida, en un calle normal, en un restaurante normal y viviendo una vida normal.

Fue uno de esos momentos que uno lleva en sus íntimas alforjas y que coronan un proceso de vida. Sucesos que brotan al igual que le sucede al agua que hierve de pronto, tras llevar un tiempo indeterminado en el fuego. Ignoro “cuando”, en mi vida pasada “debí haber encendido aquel fuego” que me condujo hasta tal salto de conciencia.

Ahora a veces pienso que tal vez cuando Eso nos encuentra, las cosas vienen de muy atrás, de muy adelante, o del eterno ahora.

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0 Comentarios
  1. Amalia

    17 abril, 2012

    Para los que nunca hemos tenido nada, las carencias nos muestran la posibilidad de aprender a vivir con poco y saborear las cosas sencillas de la vida. La normalidad, lo corriente y vulgar, es el significado real de cada experiencia. Cuando aceptas tu realidad y la haces tuya, este tipo de vivencias, como la que narras en tu historia, se hacen más comunes y, si me apuras, habituales. No hay mejor fórmula para alcanzar la plenitud que llevar una vida discreta y aparentemente poco exitosa.
    Hasta ahora, nunca he tenido la necesidad de hacer viajes exóticos a países del tercer mundo, pues mi vida en sí ya encerraba pobreza, carencias y dificultades. Y todo ese bagaje de necesidades no sólo me ha servido para desarrollar un gran instinto para la superviviencia, si no que me ha brindado la ocasión para desprenderte de superfluas y elevadas pretensiones.
    El mejor regalo que me ha hecho la vida es haber nacido en el seno de una familia sin recursos, sufrir enfermedades graves, haber tenido una infancia carente de afecto, no haber gozado de tener las mismas oportunidades educativas,profesionales, ni personales que otras personas.
    Desde mi simplicidad diaria, he conocido la naturalidad y espontaneidad y ciertamente, no son experiencias arrebatadoras, son sutiles y silenciosas…por la mera razón de que rozan la plenitud y el auténtico goce es la ausencia de de excesos materiales , experiencias intensas y objetivos personales. Un saludo, José María.

  2. Lidia Rodríguez

    21 abril, 2012

    Gracias por señalar, una vez más, el valor de la simplicidad, la sencillez, la naturalidad, la cotidianidad,…que tanta falta hace en estos tiempos. Me reafirma en que es (sino el mejor) un «camino» seguro y fiable.

  3. Gloria

    26 abril, 2012

    Muchas gracias,una vez mas,por mostrarnos tanta profundidad,y tanta esperanza.
    Esa ternura que muestras,hacia lo humano en todos,es un dulce contagio,una sutil promesa de la belleza posible..
    Eres esa presencia reconfortante,que nos invita a interiorizarnos,y a vivir simplemente,en nuestra piel lo cotidiano,lo mas simple.,.
    La superación,los desafíos,las señales que te han mostrado la trascendente normalidad,son nuestra aspiración y nuestra enseñanza.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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