La noche más oscura
Mágico vivir

La noche más oscura

Por el 28 mayo, 2012
Había cruzado el Atlántico en un barco de carga y me encontraba recorriendo México. Aquella forma de viajar en la que iba conociendo gentes y lugares con rumbo flexible, constituía mi particular camino de descubrimiento. Recién cumplidos mis 40 vivía con intensidad las señales del camino en forma de intuiciones, amistades, amores…

Propuesta inocente

Sucedió que una mañana mi amiga mexicana Ilma, propuso ir a una lejana población en el interior de la montaña. Como médico se desplazaba cada tres meses para atender a gente y dada nuestra buena comunicación, me pidió que la acompañara. Así que montamos en mi todo terreno y después de una larga jornada de camino, llegamos a un pueblo que me causó un gran impacto por su aspecto sucio y primitivo. Había visto muchos pueblos y países en mi vida, pero por la vibración tan densa que sentía en éste, era para darle un Guiness.

Observé como un grupo de personas acababan de matar a un cerdo y la forma tan ruda y grotesca con que estaban manejando las grasas, las vísceras y los fuegos. Algunos de ellos llevaban pistolas en la cartuchera y se descontrolaban a menudo por lo borrachos que andaban. Ardían hogueras fuera de las casas, vi alguna rata cruzar la calle,… El ambiente no podía ser más desértico y primario.

Me llamó la atención el contraste de aquel sitio con el que habitualmente trabajaba Ilma. En realidad en su clínica de Querétaro, utilizaba remedios naturales y homeopáticos y se manifestaba muy refinada en sus técnicas y orientaciones terapéuticas. Pero en fin, supuse que los médicos vocacionales son “todo terreno”, al igual que los sacerdotes que atienden a varios pueblos.

Llegada la noche y cuando nos disponíamos a alojarnos en el pequeño hotelito de aquel pueblo, ¡Oh sorpresa! No había plazas para recibirnos.

El lugar me seguía sin gustar y habría salido de allí disparado, pero dado el frío cada vez más intenso de la noche y lo lejos que nos encontrábamos de mi idea de la civilización, decidimos resolver la situación sobre la marcha.

Al poco de comentar nuestra necesidad de alojamiento y dado que Ilma era conocida en la localidad, fue de inmediato acogida en una casa de sus propios pacientes. A mí me trataron por separado y me invitaron a alojarme en otra. No eran momentos de poner objeciones ni tan siquiera de elección alguna, así que me dejé conducir hasta una casa bastante alejada en donde me recibió una pareja de campesinos de unos 50 años. Era una casa muy pequeña y modesta, pero paradójicamente tenía una gran estancia de invitados. Se trataba de una habitación muy oscura y poco acogedora, pero para ellos era lo mejor de la casa.

La prueba

El interior de aquella estancia me pareció tétrico. Había una gran cama con una colcha de color rojizo muy vivo. Era de una seda antigua, parecía disecada y sin lavar desde el principio de los tiempos. En general se notaba que en el interior de aquella estancia, nada se había movido ni ventilado desde hacía mucho. Tenía una intensa sensación de que todo estaba detenido en  el tiempo

A los pocos minutos me dijo la señora:

“Esta era la habitación de mi madre. La pobre anciana padeció dolores terribles. Estuvo cuatro años tendida aquí, en esta cama, sin salir, con un cáncer muy severo. Tuvo dolores muy fuertes. Y por respeto a ella no hemos tocado nada desde entonces, está tal cual desde que se murió».

“Ufff… lo que me faltaba oír para completar el cuadro

No quise hacer valoraciones con prejuicios, pero sentía una vibración todavía más densa. Pensé en largarme pero hacía mucho frío y además observé que para mis anfitriones, era todo un privilegio ofrecerme aquella habitación. Además una vez la mostraron, se escurrieron sobre la marcha y cerraron la puerta dejándome dentro. Miré por la ventana y todo lo que vi fue a los cerdos que dormían al lado mismo de mi pared. El panorama era cada vez más primario, casi habría preferido un saco de dormir junto a los cerdos que pernoctar en aquella cama mausoleo del sufrimiento. No obstante acostumbrado a aprender de todo lo que llegaba, me dispuse a dormir.

Y ¿qué sucedió?

Pues que en en el momento en que cerré los ojos, aparecieron en mi mente las imágenes más horrorosas que he visto en mi vida. Percibí una grotesca figura masculina a caballo con pupilas rojas y un rostro violento inundado de salvajismo. Nunca había visto de forma tan viva una representación tan directa y arquetípica de la crueldad y del mal. Era oscuro y terrorífico.

Aquello me sobrecogió, pero supuse que tan solo había sido un flash, lo soslayé y dado que estaba muy cansado, no le di más importancia al tiempo que traté de conciliar el sueño.

Pero apenas cerré de nuevo los ojos, de inmediato aparecieron en mi mente una serie de imágenes muy intensas.  En este caso eran de cuerpos despedazados, putrefacción, sangre… Abrí los ojos alarmado y comprobé tras varias pruebas que no podría cerrarlos si tenía un mínimo de sensatez.

¿Qué hacer?

Si cerraba los ojos se activaba la película más terrorífica que había visto en mi vida. Tenía que hacer algo, estaba muy cansado y no en vano durante años precedentes había hecho un trabajo personal previo de cierta intensidad.

Convoqué a mis fuerzas luminosas con todo el poder de la atención consciente y tras realizar rito invocativo con rigor, volví a cerrar los ojos confiando en descansar. Pero al parecer mis “conjuros” no eran suficientes. Al cerrar los ojos de nuevo, comenzaron a discurrir por mi mente secuencias de imágenes tan horrorosas y destructivas que impregnaba todo de rotunda malignidad.

El trabajo

Aquello me heló literalmente la sangre. Me pregunté a nivel global por qué El Universo me estaba propiciando aquello y de pronto asumí algo tan insólito como el hecho de pensar que lo que estaba enfrentando, formaba parte de una especie no casual de “entrenamiento”. Sentí que un gran engranaje de detalles me habían conducido hasta allí para ejercitar el control de mi mente, un control que conforme avanzaba por entre la oscuridad, sospeché que duraría toda la noche. No ignoraba que aquello que enfrentaba supondría una de las pruebas más duras y que más agradecería en mi vida futura.

En realidad sabía íntimamente que aquel viaje cruzando las grandes aguas era iniciático. Las no casuales circunstancias del camino me estaban demandando una constante superación. Mi viaje no era de rosas y las “pruebas” de auto superación eran continuas. En aquel periplo sin retorno, mi guerrero interno se iba enfrentando a todas las situaciones que no casualmente se le presentaban, situaciones ante las que no había elección ni manera de escapar. El juego estaba en indagar, enfrentar y superar. De todas aprendía algo, al tiempo que entrenaba una parte de mi ser que precisaba templanza.

Se trataba de pruebas que actualizaban recursos y capacidades que más tarde servirían para ejercer con discernimiento y firmeza las responsabilidades que el futuro depositaría en mi persona. No creo que hubiese universidad en el mundo que pudiese ofrecerme un curso tan valioso para madurar y potenciarme, como aquel lío en el que me metía cada día por seguir mi impulso de conocer, comprender y encontrar.

En aquella habitación de la abuela, el hecho de controlar mi mente significaba aplicar una capacidad de concentración como hasta entonces nunca había podido llegar. En realidad me enfrentaba al terror más absoluto de mi vida. De alguna forma sentí que la presión era de tal nivel que se me iba la vida en ello. Algo me decía que aún pudiendo hacerlo no debía escapar de aquel lugar y eludir aquella prueba. Y por ello, en ningún momento se me ocurrió largarme. Sólo quedaba enfrentar y superar el pánico.

Empecé a observar mi mente y tratar de comprender su propia naturaleza. Sucedía que cuando por el cansancio me confiaba un poco y cerraba los ojos, se helaba mi sangre con lo que volvía a aparecer y de nuevo, tenía que proceder a abrirlos con rapidez, abrirlos antes de que aquel terrorífico guión impresionara todavía más profundamente mi retina psíquica.

Poco a poco empecé a comprender. Me daba cuenta que el mundo mental era muy relativo, tan relativo como cambiante y maleable. En realidad el miedo y la confianza sucedían sucesivos en mi percepción subjetiva. Los pensamientos desencadenaban emociones y ése era realmente el nudo de la cuestión. Si yo ponía en mi mente unas imágenes determinadas, no estaban otras. Todo el problema era cuestión de enfoque, de enfoque de la atención. El tema era entrenarse en orientar voluntariamente la mirada interna. Y una cosa era saberlo y otra vivirlo con la intensidad que demandaba aquella situación. Constaté que una lección así aprendida era parecido a intentar aprender a nadar tirándote de golpe a la piscina.

¡¡¡Tenía que entrenar el enfoque!!! Esa era mi gran lección.

Observé que si abría los ojos enfocando mi mirada interna hacia una realidad determinada que yo había elegido, no aparecía el miedo. Pero cuando los cerraba era literalmente inundado por otra realidad que resonaba con mi subconsciente. Me preguntaba:

¿Qué es esto que parece atacarme?

Mi necesidad de racionalizar señalaba la acción de campos de energía o frecuencias vibratorias de angustia acumuladas por parte de la abuela que podía haberse condensado en ese cuarto a lo largo de muchos años. De ahí la costumbre de muchas comunidades de pintar las paredes del cuarto en el que ha agonizado alguien. El caso es que no me podía abandonar, tenía que desarrollar un músculo capaz de controlar el enfoque y fijar de forma rotunda la mirada interior de manera súper determinada.

Tenía que saber pasar por en medio de los demonios sin inundarme de los mismos, o bien caería con ellos a los abismos más tremendos. Elegí lo primero, opté por luchar para desoírlos.

¿Quién iba a decir que en muchas situaciones futuras en las que como terapeuta transpersonal acompañaría a personas con grandes dosis de dramatismo emocional, mantendría mi ecuanimidad sin dejarme inundar por la energía resonante? En realidad allí aprendí a sostener procesos.

Aquella noche me entrené desviando la atención de lo que aparecía como amenazante y terrorífico. Fueron muchas horas las que pasaron desarrollando esa capacidad. Empecé por concentrarme primero en algo tan simple y neutro como los números. Cerraba los ojos y nombraba por ejemplo el UNO, y seguidamente procedía a reforzar mi enfoque dibujándolo mentalmente. Observaba que cuando se producía el más mínimo resquicio de cansancio y bajaba la guardia de aquella sostenida concentración, llegaba de inmediato la cascada de barbaridades sanguiñolientas que como golpes despertadores y nada diplomáticos,  disolvían mi cansancio y somnolencia.

¡Era desesperante, pero no había otra salida!

Mi mente incansable volvía de nuevo a enfocarse en número UNO, lo imaginaba con claridad, color, textura. Después, abría los ojos unos segundos, y volvía a cerrarlos para concentrarme totalmente y sin grietas en el DOS. Y así sucesivamente hasta 100.

Poco a poco conseguía cerrar más tiempo los ojos, concentrándome no solo en los números, sino también en palabras y en oraciones. No sólo nombraba cada objeto de mi enfoque muy despacio, sino que además procedía a visualizar procediendo a escribirlo mentalmente, llegué incluso a imaginar que escribía con la mano izquierda, cosa que exigía todavía más atención en el enfoque visualizador.

Comprendí que aquello que enfocamos con nuestra mirada interior crece, y lo que desenfocamos tiende a no existir. Sin duda esta fue una de las lecciones más importantes de mi vida. En realidad venimos a la vida con una mente sin libro de instrucciones y la vida se ocupa de que aprendamos a usar su capacidad creadora.

Poco a poco y con infinita perseverancia, iba ganando cada pequeña batalla minuto a minuto… La noche era larga y el trabajo se presentaba interminable, pero reconocía que no podía permitirme el lujo ni siquiera de pensar en lo que faltaba para el amanecer. La oscuridad y el terror aprovechaban la mínima desatención para colarse y desplegar su tenebrosa oleada.

Estuve así horas y horas, minuto a minuto, segundo a segundo. Fue una de las noches más largas de mi vida, una noche durante la cual no pude dormir ni un solo minuto.

Una de las grandes lecciones que incorporé fue darme cuenta de que este buscador necesitaba más práctica contemplativa. Me reconocí demasiado identificado con los contenidos pensantes de mi consciencia.

Reconocía que todavía no había aprendido a distanciarme de los pensamientos y en consecuencia, relativizar a los mismos. Todavía no los consideraba como lo que son, es decir, solo “pensamientos”. Me faltaban en mi currículum evolutivo más retiros de silencio y atención consciente en los que entrenar la observación ecuánime y soltar la identificación con esa  mente tan hipnótica que nos viene de fábrica.

El alba

Pues bien, así trascurrió la noche hasta que llegó el primer rayo de luz en aquel liberador amanecer. De inmediato las imágenes terroríficas desaparecieron y la gran sombra fue barrida. Al poco llegó Ilma y partimos en viaje de vuelta. Y conforme el coche se alejaba de aquel lugar, sentí que no habría oscuridad sin luz, ni veneno sin antídoto.

Al cabo de unas horas de viaje de vuelta, agradecí la llegada no casual de aquella noche de entrenamiento mindfulness. Sabía que había supuesto una de las lecciones más importantes de mi existencia.

Entonces ignoraba si la vibración que flotaba en aquella habitación resonó con la sombra de mi propio psiquismo, vibración que pudo hacer aflorar los registros más recónditos que mi mente se ocuparía de representar en imágenes. Eso ya daba igual. Sólo sé que en aquel sitio, por lo que fuera, las visiones no eran celestiales ni siquiera normales, sino horrorosas y demoníacas. Entendí que lo llamado demoníaco no era que algo que tuviese que ver con un Satán entidad, sino que era una arquetípica representación mental del sufrimiento no observado y sumergido.

Allí entendí que el dolor o la alegría no se relacionan con las doctrinas que dan existencia objetiva al diablo o en su caso al ángel, sino que la parte oscura de la humanidad es la parte reprimida de conflicto, dolor y temor, al tiempo que la luminosa y esencial es la que corresponde al amor que somos como identidad profunda.

Capté que el miedo y el amor, son los dos grandes polos de la realidad humana.

Las sombras son relativas porque se van con la luz. Y los miedos también son relativos porque se van con la luz de la razón, del discernimiento y del amor. En realidad comprendí asimismo que la confianza que vence al miedo, aparece cuando cultivamos una conexión con la dimensión profunda del ser como fuente ilimitada de amor y lucidez.

El viaje continuaba y este guerrero veía cada vez con mayor claridad.

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0 Comentarios
  1. Angela Garcia Ruano

    8 junio, 2012

    Muchas gracias, tus escritos son para mi un bálsamo, un baño de agua caliente, me producen una paz y serenidad que no se como agradecerte. Dios te bendiga

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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