La puerta del silencio
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La puerta del silencio

Por el 15 agosto, 2011
“Haz silencio a tu alrededor si quieres oír cantar a tu alma”.

Cuando evoco esta propuesta, confirmo que supone una de las inspiraciones más sabias que durante milenios ha señalado la puerta de entrada a la dimensión transpersonal. Se trata de una máxima que al ser aplicada, desencadena en la mente pensante oleadas de resistencia y rebelión. Lo paradójico es que nos ha costado mucho conquistar esta esfera del pensamiento racional, cuando la queremos atravesar e ir más lejos, es decir más dentro, observamos que se aferra al continuismo, tratando de no perder su efímera hegemonía y no ser “superada” por la conciencia profunda que la evolución naturalmente impulsa.

En realidad nuestra mente racional, tan inquieta como controladora, teme al silencio. Lo teme porque sabe que la propia identidad del nivel superficial que habitualmente manejamos, se va irremisiblemente a desplazar hacia un espacio de mayor hondura, un espacio sobre el que no hay posibilidad alguna de control. Se trata éste de un desplazamiento hacia la identidad esencial o camino iniciático, un camino en el que aflora dolor envuelto en sombra, lo que convierte a este viaje, tanto en un privilegio, como en una ardua y punzante aventura.

“No eres la charla que oyes dentro e tu cabeza, eres el ser que atestigua esa charla”.

Pero, ¿cómo atravesar la dimensión pensante y penetrar en el espacio de la conciencia profunda? La antigua sabiduría señala al respecto que tal trascender, se logra desde un silencio que no es pasivo ni desértico, sino un silencio atento y fértil, es decir, un estado de atención que permite el despliegue del observador o conciencia testigo. Se trata éste de un centro de percepción consciente que como inmutable observatorio, atestigua la marea de pensamientos y sensaciones que aparecen y desaparecen, una marea inagotable de impermanencia en la que fluye nuestra existencia.

Se diría que este supra testigo inafectado y neutro, propio del nivel transpersonal, se parece a un periscopio que en lugar de auscultar los horizontes externos del inmenso mar, es decir los fenómenos perceptibles con los sentidos, mira hacia dentro y “se da cuenta” de lo que en el interior se cuece y sucede. Un interior que determina mediante sus constantes “proyecciones” lo que percibimos como exterior, un exterior en nada ajeno al sujeto que percibe. En realidad: “Vemos lo que somos”.

“La esclavitud es la identificación del que ve con los instrumentos de la visión”.

Pues bien, una vez hecho el silencio y habiendo asimismo desplegado cierta capacidad de observar el flujo de pensamientos, imágenes, sentimientos, sensaciones… tomamos conciencia de la identificación que venimos padeciendo con los mismos, una identificación que literalmente nos esclaviza. Se trata de una atadura o apego fundamental que siguiendo con la metáfora submarina, se produce cuando el perceptor se identifica con el periscopio, identificación que como grave enfermedad compartimos la mayor parte de los mortales en el actual nivel de desarrollo.

En realidad, vivimos creyéndonos ser ese “yo pensante”, cuando en realidad tal “yoidad” no es otra cosa que un organizador de lo percibido. A poco que investigamos, comprobamos que creerse el pensador, es justo lo que nos pierde y esclaviza.

Identificación se llama a la venda que impide la visión “real”, y la causa escondida que subyace tras todo sufrimiento. Entonces, ¿acaso nos libera de tal identificación el puro observar? Sí. El puro observar libera. En primer lugar permitiéndonos el sutil reconocimiento del “veedor”, y en segundo lugar, soltando la identificación con lo “visto”, algo que sucede al comprender que el propio sujeto veedor no es el objeto visto, por muy íntimo que éste último se sienta.

A partir de lograr este “darse cuenta”, se crea una sutil distancia entre el veedor y lo visto, una distancia, mediante la cual comprendemos que ya no “somos” ese pensamiento o pauta, sino que “tenemos” un pensamiento o pauta. Lo que que permite afirmar: El veedor no es el ojo que ve. Una máxima que inspira la siguiente oración del Testigo, atribuida a Ken Wilber:

Tengo un cuerpo pero no soy un cuerpo

Tengo deseos pero no soy mis deseos tengo emociones pero no soy mis emociones

Tengo pensamientos pero no soy mis pensamientos.

Soy lo que queda, un puro centro de percepción consciente

Un testigo inmóvil de todos esos pensamientos, emociones, sentimientos y deseos.


Tal vez durante un cierto tiempo el hecho de realizar la mencionada separación entre “sujeto observador” y “objeto observado”, es útil al desarrollo del discernimiento. Sin embargo tras haber logrado tal discernimiento, se produce un nuevo salto de conciencia que integrará los anteriores opuestos del observador y lo observado.

De pronto, el veedor y lo visto se integran y convierten en visión. El amante y el amado se convierten en amor. Y el  perceptor y lo percibido en conciencia integral.

Sucede entonces que nos reímos francamente del personaje que representamos en la película de la vida, músico, actor, profesor, médico o camarero… lo miramos con humor y respeto sabiendo del gran juego en el que estamos metidos por aquello de existir.

Es entonces cuando el cielo y la tierra se hacen uno. Es entonces cuando se abre de par en par el corazón, y se vivencia esa clase de amor que nada ni nadie nos puede dar ni quitar, el amor que somos, amor infinito que conforme despejamos nuestro latir, nos encuentra y abraza.

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0 Comentarios
  1. Miren

    17 agosto, 2011

    Semillas de conciencia:

    «El bypass espiritual es servirse de la práctica espiritual para eludir o trascender prematuramente problemas emocionales» -J. Welwood-

    «En vez de desdeñar al ego, es más provechoso verlo con ojos compasivos y considerar que hace las cosas lo mejor que puede»
    -J. Welwood-

    Si arriesgado resulta dejarse llevar por lo que podría entenderse como «antojos» egóicos, más arriesgado considero,si cabe, el hecho de creerse «libre» de todo «enganche» egóico y suponerse «trascendid@», por encima del bien y del mal.

    A mi entender, quien mira la parte del ego ajeno con ojos intranquilos, dificilmente podrá conectar con esa parte de su propio ego, y mucho más complicado resultará poder integrarla en un@ mism@

    ¡¡¡Y qué decir de quien ni siquiera puede reconocer esa parte en sí y se desvive por negarla y rechazarla!!! Que se anden con cuidado quienes osen mostrarla ante él/ella, pues podrían resultar lisiad@s con la embestida

    ¡¡¡¡Al loro cantimploro!!!!!

  2. Laura

    21 agosto, 2011

    Observar es, digamos, la nueva dispensación del siglo XXI. Cuando observas esa vorágine de emociones, pensamientos, sentimientos y deseos y puedes llegar a trascenderlos, a no identificarte con ellos… surge esa nueva dimensión que siempre fue y estuvo. Algo ocurre en tu interior, en tu conciencia.. se abre un espacio sereno que te aporta todo aquello que estás esperando.

  3. Leonor

    29 agosto, 2011

    Hace tiempo escuché en la radio a alguien que decia que utilizábamos el ruido externo para huir del interno; por aquella época en cuanto llegaba a casa encendia la radio, la tele,… y decidí experimentar lo que el locutor decía: apagué todo y el ruido que habia en mi mente superaba al de la radio. Con el tiempo conseguí no solo disminuir el ruido, sino disfrutar del silencio.
    Acabo de volver de un viaje, del cual me atrajo su publicidad (Mt Shasta: Un lugar donde el cielo y la tierra se encuentran), y en el silencio de la montaña he podido sentir su latido y comprobar que su latido y el mio, aunque de ritmo diferentes, eran armónicos

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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