Los educadores
Descubriendo

Los educadores

Por el 14 noviembre, 2011
¿Quién iba a suponer que educar consistiría más en preguntar que en responder? ¿Quién iba  asimismo a imaginar que educamos más por lo que somos que por lo que decimos? y ¿Quién dijo que la educación de los hijos comenzaba al nacer los padres? Estas reflexiones que a menudo me hago sobre tan magno tema, son cosas que no quiero en ningún caso olvidar.

No quiero olvidar que el conocimiento está más relacionado con un íntimo y silencioso proceso del educando, que con el “gran profesor” que todo lo sabe y que hasta hace poco, se colocaba en el atril del aula frente a un abultado grupo de estudiantes pasivos. ¿Acaso aquel que repite de memoria lo estudiado, quiere decir que lo ha comprendido?

Comprender es el mágico proceso que nos transforma y como bien sabemos, el hecho de  comprender está muy lejos del puro “entender”. En realidad facilitar la comprensión es todo un arte, el arte de educar por excelencia.

No puede negarse que la información se transmita mediante un flujo entre quien conoce y quienes desean conocer y comprender. Sin embargo, cuando éramos estudiantes, ¿quién no se “tragó” innumerables discursos de profesores a quienes velozmente tomábamos apuntes con cierto apagamiento de la propia actitud indagativa?

Sin embargo me pregunto, ¿por dónde va eso de aprender y comprender?, ¿acaso se trata de más matemáticas, más informática, más ingeniería…? Se me ocurre que sería interesante motivar el desarrollo de capacidades tales como: aprender a indagar, aprender a vivir sin sufrir, aprender a ser uno mismo, aprender a construirse una mente feliz, aprender a escucharse en el silencio, aprender a convertir el error en experiencia, aprender a vaciarse y fluir en la creatividad, aprender a manejar el miedo y la anticipación, aprender a identificar sentimientos y expresarlos, aprender a asumir la propia responsabilidad de nuestro destino, aprender a empatizar con las emociones del otro,… Siento que estos aprendizajes conforman las capacidades de un ser humano consciente, y ¿qué menos podemos desear a nuestros amados sucesores?

La actual “neurosis de sentido” tan generalizada, sale cara al sujeto que la padece y al sistema en la que se manifiesta. Y en este sentido, la verdadera educación tiene un importante papel en el descenso de la misma. En realidad, una educación impartida por seres reeducados en la madurez emocional, seres que han devenido conscientes de sí mismos y que al mismo tiempo valoran el poder del silencio y la consciencia,  pueden literalmente, cambiar el mundo.

Recuerdo que hace días, tras una conferencia que impartí a profesores de la Universidad de Cancún en Méjico, se acercó una profesora y me preguntó; “¿Cómo puedo enseñarle a meditar a mi hijo?” No me salió otra cosa que decirle: “Meditando tú misma”.

Me pregunto si cabe otra forma de enseñar, ¿acaso enseñar no es compartir lo descubierto? Compartir es dinamizar una energía circular que trasciende el patriarcado vertical por el que la educación se instaló durante años precedentes. La verdadera enseñanza no se hace desde la memoria y la cabeza, recordemos que en la Red está toda la información que cualquier estudiante de hace tan solo 40 años nunca pudo imaginar. En realidad se educa “siendo” eso que aprendemos y compartimos.

Para “enseñar” conviene sentir lo que se comparte, haber vivido lo que nos ocupa, haberse “mojado” y mordido manzana a manzana del árbol del conocimiento. Es por ello que tras haber vivido lo estudiado, es cuando estamos en condiciones de transmitir desde el corazón, tal vez porque lo transmitido ya es “nuestro”, y cuando es nuestro, la transmisión aflora envuelta en emociones..

¿Cómo conseguir que toda enseñanza en la que por ejemplo, tú participes, hable de ti?

Pienso que es nuestro deber liberar cada cinco años de trabajo didáctico, un año sabático completo a todos y cada uno de los educadores. Un año sabático para que detengan su rutinaria actividad, viajen, descubran, arriesguen y se mojen en el eje luminoso del cambio. Un año sabático en el que entrar y salir del silencio, enamorarse, disolver hábitos coagulados, experimentarse en formas y países diferentes, al tiempo que saliendo de cada respectiva zona de seguridad, abran mente y corazón, y puedan compartir el regalo de la maduración personal y espiritual lograda.

Por mi parte aprobaría un nuevo impuesto de carácter voluntario para financiar la optimización de cada educador, mediante viajes a países con otros enfoques. Lo propongo al tiempo que recuerdo lo que hace unos días un educador muy lúcido me señaló tras un  taller:

Para averiguar el nivel de evolución de un ser humano, mejor preguntar cuántos viajes ha hecho, que cuántos maestros ha tenido.

A lo que añado, que si además tales viajes se realizan en completa soledad y sin fecha cerrada en el billete de vuelta, todavía sentiré que nuestros educandos están en mejores manos y todos sonreiremos un poco más.

¿Hacia dónde viajas tú?

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0 Comentarios
  1. ruby madrigal

    14 noviembre, 2011

    Estoy de acuerdo con lo publicado por el senor Doria

  2. Beatriz Elena Montalvo Linares

    25 noviembre, 2011

    No cabe duda que para aprender hay que vivir el conocimiento , el cual no es estático y receptivo.
    En mi corta experiencia como docente he visto que una palabra de aliento puede mas que mil vivencias negativas experimentadas por las criaturas que aprenden a encontrar respuestas en un contexto de escasos valores, donde se tiene hambre, donde las situaciones se pretenden resolver con violencia donde esa es su vida , es ahi donde intervengo mostrando con hechos lo que es la inteligencia emocional, y ahora la reciendescubierta inteligencia del alma y partir de el amor por todo lo que realizamos en la vida , esta es mi ideología y si tengo éxito en sembrar esto en ellos ya vendra lo demás por añadidura.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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