Los titiriteros mágicos
Mágico vivir

Los titiriteros mágicos

Por el 2 julio, 2012
Vivíamos en aquel antiguo convento de piedra en Tenerife. Nos encontrábamos en plena creación de la obra musical “Tarot del Universo”. Era a finales de los 80 y se notaba en occidente un gran impulso hacia la innovación de modelos de vida más allá de lo conocido.

Éramos casi 15 personas en aquella casa. Había teclistas, trompetas, baterías, bajos… llegados de distintas procedencias. Había holandeses, peruanos, griegos, españoles… También había parejas y niños. Formábamos una comunidad creativa en continuo cambio y movimiento.

El trasiego de amigos de unos y otros, aumentaba las visitas que llegaban del mundo. Uno de los que más conmovía nuestro corazón era Alex, un personaje mágico procedente de Praga. Era muy alto de casi dos metros, rubio con bucles modelo angelote y payaso, tenía ojos muy grandes y azules y una nariz enorme “en dos tiempos”. Era flaco, muy flaco. Con un talante inocente, alma sensible e inofensiva y en clave constante de humor.

Al igual que otros allí llegados, había soltado su familia, su tierra y su seguridad cotidiana. Y según nos relató, su interior le orientó a la isla de Tenerife y tras una serie de circunstancias, dio con nuestra casa, tocó a su puerta y allí se quedó.

Se sentaba en el suelo en un lugar concreto de la casa y observaba sin nada pedir. Solamente saludaba a todos. “¡Hola, Hola!” y seguía en su íntimo proceso de intuición. Simplemente había llegado hasta allí y sentía que debía quedarse un tiempo.

Todos los que estábamos en la casa, sintonizábamos con esa forma de ser de todo peregrino en busca de una realidad mayor. Entendíamos que había algo más allá de la lógica que iba marcando el rumbo de los seres humanos, al menos en alguna etapa importante de su existencia.

Los viajeros

Siempre había en la casa alguna cama disponible para aquellos viajeros, que tan bien comprendíamos y a los que tratábamos como magos del camino. Los sentíamos inocentes y en un estado de “no interferencia”. Se trataba de seres que permitían que las cosas sucediesen y servían a los demás y a todas las causas de su alrededor, mientras iban encontrando su propio camino.

Eran seres que apoyaban todo lo que brotaba genuino a su alrededor. Sentíamos que no estorbaban nunca, vivían interiorizados y manifestaban un gran corazón. Eran seres que sabían esperar a que las cosas sucediesen, cosas que a su vez les relacionasen con otras gentes en su misma sintonía. En este caso, la sintonía de Alex era con  la tribu de artistas y buscadores que trabajábamos en aquella peculiar mansión de Tenerife.

En aquella época en la que era más habitual dejar pronto la casa de los padres, los caminantes de la vida eran toda una legión. Se trataba de un grupo humano importantísimo que en su etapa de juventud, solían soltar las referencias conocidas y se lanzaban a las inciertas vivencias de maduración y autonsciencia. Sabían intuitivamente a donde se dirigían, pero estaban abiertos a las señales del amor y a las de las sincronías. Estaban atentos a su propia voz interior tras lograr apagar en la medida de lo posible sus viejas referencias, intenciones y dependencias. No tenían pasado ni futuro, y tan solo sentían una gran presencia.

Vivían al día, fluyendo en el mundo. Trabajaban hoy aquí y mañana allá. Les pasaban muchas cosas sincrónicas que les reforzaba su estilo de vida, frente a las resistencias de la sociedad global. No podían mostrarse muy selectivos y simplemente atendían al movimiento constante de su interior. Se trataba de personas que se complacían sintiéndose útiles a su búsqueda, una búsqueda en la que encontraban el sentido de sus vidas.

En esa legión había periodistas, escritores, comunicadores, sanadores, artistas, terapeutas, masajistas… personas sensibles y atentas a la magia de cada día, tal vez porque se sentían conectadas con una realidad global más amplia que la de su propia mente lógica.

En realidad aquel personaje de Praga, Alex, era uno de estos caminantes.

El proyecto

Pues bien, sucedió que a las tres semanas de su llegada, aterrizó también por aquella casa mi buen amigo Frank con quien entrenaba sable y florete. Mi antiguo compañero de aventuras hizo muy buena amistad con aquel personaje alto, delgado y recién llegado que estaba muy interesado en construirse un muñeco para moverlo como títere. En realidad coincidió que ambos querían aprender el arte de los títeres y construir muñecos que diesen vida a los niños del mundo. Como ambos tenían todo el tiempo que quisieran, dedicaron las semanas siguientes a construirse dos muñecos que finalmente nos dejaron a todos boquiabiertos.

Alex hablaba con dificultades el español y debido a esa forma de expresarse, iba siempre a la esencia en todo lo que decía. Capté muy hondamente su proyecto y dado que mi persona era la responsable final de aquella casa convertida en un gran taller de creatividad, apoyé con entusiasmo a sus muñecos ya que el tema de los títeres trabajados con consciencia, me parecía de gran beneficio para todos.

En realidad me atrajo mucho la idea de que alguien trabajase esta manualidad desde la conciencia más profunda y la expresase a los niños. Sentí que el hecho de trasmitirles grandes principios, suponía una enseñanza alternativa a la de las escuelas. Era excelente utilizar títeres para activar emociones que tan bien desencadenaban aquellos grandes muñecos.

Por lo que sentía, tanto Alex como Frank transmitirían una filosofía envuelta en pequeños cuentos, principios y bromas, que la actual sociedad no podía todavía ofrecer a los infantes con su acento en la racionalización. Una sabiduría milenaria que señalaba la esencia de lo que humanamente convenía hacer resonar en sus almas. Pues bien, dado que su móvil era magnífico, los apoyamos de corazón y al poco partieron de viaje.

Así pues, trabajando juntos recorrieron Europa. Su vocación les permitía cubrir sus necesidades al tiempo que daban vida a aquellos títeres nacidos en nuestra casa y a los que habíamos asistido como ginecólogos sutiles. En realidad, eran depositarios de toda la energía vibratoria que manejábamos como comunidad de personas venidas de diversas partes del mundo. Una iniciativa en la que estaba presente ese intangible “algo más”.

La propuesta

Cuando volvían de sus giras, los recibíamos con muchísima alegría. Fue por ello que un día Alex y Frank me propusieron.

“¡Constrúyete tu también un muñeco y vente con nosotros un tiempo! Puedes hacer guiones que podemos ofrecer a través de nuestro espectáculo de títeres…”

En aquella etapa de mi vida todo encajaba para querer y en consecuencia poder hacer, aquello que me propusieron Alex y Frank. Sentí que pasaba un tren por mi vida, un tren que en alguna ocasión había deseado. Con lo cual me permití otro trecho de la llamada locura. En realidad poco tenía que perder, el Tarot ya había sido creado y sentí que aquella salida airearía mis ideas sobre el quehacer futuro.

Por otra parte observé que aquellos titiriteros no se privaban de nada. En realidad sus vidas eran sencillas porque tal vez se sentían plenamente satisfechos con lo que hacían. Si necesitaban dinero extra para pagar el billete de un avión, trabajaban unas horas más y la gente, sobre todo en Europa, los premiaba no sólo por sus singulares personalidades, sino porque movilizaban una energía ultra sensible.

“Encuentra tu personaje… encuentra tu muñeco… Doria. Indaga, ¿Cuál puede ser?”, me decían.

Le di muchas vueltas a aquel asunto, hasta que por fin, de pronto –quizá en memoria de mi hermano que era músico- empecé a diseñar un violinista. Iba a ser un muñeco de casi ochenta centímetros de alto y con aspecto  de sabio y mago.

Alex y Frank me fueron dando los secretos y técnicas del “cómo hacerlo”.

“Hay que elegir cuidadosamente la madera que después se forra con algodón… Y los brazos hay que rodearlos de esparadrapo… Para que fluyan bien las articulaciones hay que colocarlas con unos tornillos determinados.”.

Me iban explicando cómo hacer el muñeco y muchas veces me ayudaban físicamente. Poco a poco fui construyendo a Asbartax el violinista, nombre con que lo bauticé. Cuando en su proceso de fabricación llegué a los ojos, les conferí una expresión de viveza y sabiduría que fue un acierto. Le puse asimismo un tipo de barba que le daba madurez y seriedad a su música. Rodeando la frente, coloqué una cinta y un símbolo en su centro.

A todo esto tuve que comprar un enorme muñeco para quitarle los zapatos y ponérselos a mi violinista, ya que no me los vendían sueltos. Finalmente lo vestí con un traje azul tipo uniforme con una jarretera dorada en los pantalones. La chaqueta muy bien cortada y a medida que confeccionó especialmente una modista.

No sólo nació aquel personaje, sino también una personalidad, un carisma y un carácter. Después de casi un mes de dedicación plena destinada a decidirlo, a sentirlo y a vestirlo, aquel títere ya casi hablaba.

Después llegó el momento de darle movimiento y vida. Le pusimos los hilos en marcha y ya me hice cargo de aquella vida, no sin antes conseguir un pequeño violín de gran autenticidad. En realidad, cada parte de aquel muñeco suponía toda una cruzada, pero tarde o temprano todo se encontraba.

Fijé aquel violín a la mano y a la mandíbula del violinista y cuando movía sus hilos parecía realmente que Asbartax tocaba el instrumento y entraba en trance con la música. Seguidamente conseguí un pequeño aparato con dos altavoces muy potentes, con los cuales hacía sonar unas magníficas obras que transportaban al mismísimo cielo. Y comencé a entrenarme y entrenarme en esas melodías hasta que me las supe de memoria. Entonces aprendí a mover con los hilos el brazo del violinista y a levantar su cabeza en los momentos claves, en los sonidos altos. También lo hacía parar y concentrarse, mirar a diferentes lados, encogerse, saltar, abrir sus brazos y abrazar a los niños que alucinaban emocionados.

El camino

Así comenzó a cobrar vida aquel personaje que después comenzó a viajar conmigo por distintas partes de Europa. Recuerdo una de mis primeras actuaciones en Tenerife, en una escuela de niños. Fue muy emocionante, se lo creían, escuchaban música fascinados.

Después Alex partió él solo hacia una gira por Europa, al tiempo que por mi parte volé a Grecia. Íbamos siempre juntos el muñeco y yo. En Grecia Frank, su compañera y yo alquilamos una furgoneta y a bordo de esta viajamos a Turquía.

Ya a la vuelta, recuerdo aquella Grecia del medio-invierno, en la cual comenzaba a hacer realmente frío. En las esquinas y en la calle donde actuábamos mi muñeco y yo, se notaban las bajas temperaturas. Todos los niños que pasaban por allí con sus padres o familiares se detenían y se quedaba asombrados al ver a un personaje de su misma altura, tocando el violín y sintiendo que se relacionaba con ellos.

Los niños son seres mágicos y enseguida sintonizaban con ese mundo de las proyecciones y la simbología. Por mi parte sentía que no solamente les ofrecía música, sino también emociones, creatividad y humor. Les ofrecía un personaje que yo ya llevaba de alguna forma en mi corazón, y que por designio kármico no le había dejado casi salir.

Había utilizado prioritariamente la palabra como medio de expresión creativa, por lo que la música era mi asignatura pendiente así como una increíble vía de acceso al corazón. Si podía compartir y bailar aquella música por medio del muñeco, que además de violinista era un bailarín que hacía hasta claqué, la comunicación era todavía mucho mejor. Recuerdo que además, que entre el público que se detenía había muchos niños realmente fascinados. Niños que se acercaban y dejaban el dinero que les daban sus madres como regalo, lo depositaban dentro de una bolsa que yo había colocado en el suelo.

Aquel camino con mi títere lo recorría con un gran sentido, el de trasmitir algo distinto a todos los pequeños que pasaban por la calle. Era consciente de que los niños desarrollan la memoria y programan pautas de lo que perciben y les emociona. A  veces sucede que en sus vidas hay pequeños encuentros que dan magia a su corazón y que perviven en ondas resonantes de su futura vida. Aquel violinista era sin duda una de ellas.

Así fue mi corta etapa de titiritero. Pronto la vida me llamaría para desarrollar otras actividades. Aquel muñeco ya estaba integrado dentro de mí, por lo que un día, llegando su hora, lo acosté a dormir en su pequeña casa, una maleta negra en la que comenzó a hibernar.

La enseñanza

Pasado el tiempo sentía que así como yo había sido capaz de mover los hilos de un personaje que daba vida, ¿quién o qué movería realmente los hilos de mi vida? Tal vez hilos que hacían mover otros hilos, y  que a su vez movían otros hilos, un infinito que a su vez, que a su vez, que a su vez…

Pensaba en la danza cósmica, multidimensional de los hilos de la vida, en sus escalas macrocósmicas y microcósmicas. Hilos que se mueven en planos sobre planos, en juego holoárquico de niveles de conciencia.

Al final, me preguntaba:

¿Qué mueve nuestros hilos? ¿Somos pensados?, ¿Elegimos realmente algo?, ¿Acaso existen hilos, que a imagen y semejanza de los que movemos nosotros, nos mueven a nosotros?

Me quité importancia como “movedor” de las cosas de la vida. Si era capaz de mover a otros, también podría ser yo mismo objeto movilizado por otra inteligencia.

Gracias Asbartax, muñeco que naciste del corazón y que a tantos niños emocionaste con tu violín. Gracias a los que te escucharon, a los que te vertieron monedas agradecidos y a Alex y Frank por apoyar tu nacimiento con tanta paciencia y amor.

Y despido mi crónica deseando a todos los titiriteros del mundo que la vida les regale camino. Y que nunca les falte el amor y el conocimiento que tan lúcidamente entregan a los niños de la tierra.

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JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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