Meteora y el juego de aprender a vivir
Mágico vivir

Meteora y el juego de aprender a vivir

Por el 25 junio, 2012
Al final de mi etapa de titiritero en los años 80, me encontraba de viaje regreso de Turquía camino de Atenas. Viajábamos tres personas en una furgoneta: Frank, su compañera Ilenia y yo.

Era la noche de Reyes… ¿Quién iba a decirme que en aquella noche viviría una experiencia que determinaría el nuevo proyecto de mi vida? ¿Acaso el trabajar como titiritero para niños había despertado ese Principito primordial que llevamos muy dentro y que quiere vivir jugando?, ¿Vivir la vida como un juego?, ¿El gran juego?

El día había sido largo recorriendo carretera, así que decidimos llegar hasta un lugar de gran calado energético y allí descansamos. El nombre de aquel increíble espectáculo describe lo que parece imposible que se haya formado de manera natural, me refiero a Meteora, un grupo de conformaciones rocosas que cuando apareció ante mis ojos pensé de inmediato que había sido obra directa de extraterrestres. ¿Puede uno imaginar la existencia de variadas elevaciones que como “tubos” de roca emergen hasta una altura que llega a sobrepasar los 600 metros?

En realidad, aunque la explicación del por qué de aquellas plataformas cilíndricas fuese la erosión, uno no podía imaginar otra cosa que no fuese la acción consciente de una inteligencia que moviendo vientos y lluvias, esculpiese aquella maravilla. Al contemplar aquellas montañas tan perfectamente talladas de roca viva, uno sentía estar ante grandes presencias que conjugando la tierra elevada y el cielo descendido, observaban ecuánimes e inafectadas el pequeño y humano devenir.

En realidad las planicies de sus cumbres no debieron pasar desapercibidas para los antiguos místicos, ya que desde el siglo XV construyeron allí sus monasterios. Abajo quedaba el mundo, sus ruidos, temores y deseos… Arriba: silencio, disciplina, estudio, trabajo, oración…

Me enteré que para llegar a sus alturas había que ascender por el único acceso posible, unas escaleras de piedra excavadas en sus laderas. Y conforme miraba la perfección de aquella gigantesca obra y sus alturas lo que percibí, fue cada vez más sobrecogiendo mi alma. No cesaba de contemplar maravillado aquellos enigmáticos cilindros de roca… Parecían tallados por manos ciclópeas. Observaba sus cúspides que en contacto con las nubes, formaban un paisaje en el que en aquella noche tan especial, podía pasar cualquier cosa.

El mantra: “Todo es posible”, expandía mis límites y rondaba mi conciencia

Observé que mis compañeros, cansados por el viaje, se fueron rápido a dormir en el interior de la furgoneta. No había hoteles y nos encontrábamos en medio de aquella energía de roca y viento.  Por mi parte y al no poder conciliar el sueño, decidí indagar dirigiéndome hacia las interminables escaleras de una de aquellas enormes presencias. Recordaba que una hora antes había visto sobre su planicie alguna luz encendida. Mis colegas griegos me habían dicho que todo acceso a este monasterio estaba cerrado y que el horario de los escasos visitantes que podían allí llegar, había concluido. Me dijeron asimismo, que los monjes que vivían en aquel retiro del cielo eran gente reacia a recibir a extraños, ya que estaban acostumbrados a vivir en retiro contemplativo sobre la cumbre de aquellas curiosas montañas.

Pero a pesar de las advertencias me sentía decidido. No lo dudé, era inevitable. Así que sin dudar comencé a ascender por la rocosa escalinata peldaño a peldaño… la noche oscura y el viento frío, azotó mi rostro durante una hora y media de ascenso sin parar. De pronto llegué a una puerta de hierro que cerraba el estrecho camino de ascenso e impedía mi paso. Algo en mí no se lo creía… sentí que aquella noche podía pasar de todo, así que empujé la verja…

¡¡Uff!! Aquella puerta a pesar de las apariencias y contra todo pronóstico estaba abierta, así que atravesé aquel primer umbral con una mayor presencia de superación y aventura.

Vivía aquel ascenso como si de un camino iniciático se tratase, un camino con obstáculos, perseverancia y un propósito de llegada. Proseguí pues mi camino y seguí subiendo escaleras entre vientos e incertidumbres.  Caminado otro gran trecho, me encontré ante una segunda puerta de hierro que con el mismo aspecto que la anterior pero más pesada, de nuevo cerraba mi paso. Seguí confiando, si había atravesado una, podría atravesar la siguiente. La empujé y de nuevo contemplé maravillado, que se abría lentamente. Así que dejando atrás aquella segunda puerta y con un sentimiento más intenso de prohibición y riesgo, seguí mi camino hacia la cumbre.

Finalmente a eso de las once de la noche llegué a la planicie sobre la que vi el monasterio. Era una edificación que para haber sido construida con materiales llevados por aquellas interminables escaleras, resultaba impresionante. De nuevo la gran puerta, en este caso ya la del propio monasterio parecía detener mi aventura. Pensé que si quería continuar tendría que llamar, pero a esas horas… era toda una osadía. Por si acaso empujé no obstante la puerta y… insólito, también se abrió… no vi a nadie en su gran vestíbulo.

Penetré sigiloso en su interior no sin sentirme un auténtico intruso. Se oyeron de pronto unos pasos que se acercaban, pensé que tal vez me habían oído, así que instintivamente me escondí detrás de una gran tinaja. Desde mi escondite vi a unos imponentes sacerdotes con sus hábitos negros, sus largas barbas cuadradas y un tocado también cuadrado sobre sus cabezas. Deduje que había llegado a un monasterio de la Iglesia Ortodoxa… No hice ruido, ni siquiera sabía qué iba a hacer allí dentro ni qué diría si me descubrían. Sentí la insolencia que suponía por mi parte el haberme colado hasta allí dentro con tantos avisos y letreros de prohibido el paso. Sin embargo, ya era tarde para seguir el hilo de ese tipo de pensamientos:

“Voy a seguir hasta el final”, me decía, “quiero descubrir lo que la vida me reserve en esta aventura. Luego, cuando ya no quede ni un solo monje despierto y haya husmeado todo lo que hasta aquí me trae, regresaré hasta la furgoneta”

Cuando los dos monjes se alejaron, reanudé mi incursión por aquellas dependencias, me sentía un infiltrado, quizá una mezcla de peregrino y espía. Y así poco a poco, fui husmeando aquel entorno de grandes y silenciosas dependencias de madera y piedra. Era impresionante. Sentí reverencia y honré aquel lugar sagrado. Me venía a la mente que quienes viviesen en tal lugar debían ser seres de gran vocación, consciencia y apertura de corazón. Mi respeto hacia todo lo que me rodeaba crecía junto cada paso que daba.

Hasta aquel momento había conseguido pasar desapercibido, pero cuando ya llevaba un rato descubriendo aquel recinto, de pronto, oí una voz atronadora a mis espaldas,

¡¡¡Horror, me habían descubierto!!!

“¿Qué hace usted aquí?”

Me preguntaron un tanto iracundos tres graves habitantes de aquel recinto, pensando probablemente que podría ser un ladrón o un loco…. Estaban sorprendidos y nerviosos.

Les expliqué que era un viajero que venía al monasterio. Los tres sacerdotes me dijeron que ya era de noche, que no se podía entrar y que ¿como lo había conseguido? Les expliqué que todas las puertas estaban abiertas… Noté que discutían, aquellas puertas debían haber permanecido cerradas y se preguntaban quién de ellos habría dejado las verjas abiertas. Por lo visto, aquel tipo de situación no era algo común en la vida de aquel lugar. No se lo explicaban y me observaban desconfiados.

De pronto, uno de ellos mirándome fijamente me preguntó solemne si era religioso ortodoxo, al tiempo que señalaba el enorme crucifijo que llevaba sobre el pecho. Les respondí, en inglés que mi sintonía era la de “el Cristo Cósmico”.

No les convencía mi respuesta por lo que de nuevo insistió en lo que parecía la prueba de fuego y volvió a preguntarme en voz muy alta y casi amenazante, que si era “ortodoxo” poniéndome su crucifijo en mis narices. Le respondí de nuevo con un lacónico “cósmico”, desviando la mirada y señalándoles el cielo lleno de estrellas, añadí en voz baja,

“El Cristo de todas las estrellas, y no tan solo de una parte de ellas”, dije osado.

No aceptaban mi respuesta. Necesitaban escuchar mi rotundo Sí a su fe, por lo que de nuevo me preguntaron en un tono amenazante “¿Ortodoxo?” Y les respondí lacónico y casi automático: “Universal”, señalando entonces dentro de mi pecho, al tiempo que explicaba en tres palabras.

“Mi Cristo interior es totalidad”.

Aquello aunque fuese muy filosófico y abierto, les sentó muy mal, por lo que seguidamente me echaron de allí con cajas destempladas. Aquel lugar, no podía ser pisado más que por los ortodoxos, decían con rigor.

Ante aquella situación sentí que se desempolvaba una ráfaga de violencia ideológica que tanto desamor había traído en la historia de los pueblos. Lo benéficas que las religiones podían ser en una de sus caras, y lo limitado y sectario que presentaban en la otra.

Me parecía normal y legítimo lo que habían hecho conmigo. Posiblemente yo también lo habría hecho en su lugar, pero en aquel gesto de rigor patriarcal había algo de exigencia, juicio e indignación que me heló la sangre. Sentí que faltaba la energía de un corazón abierto y humanista que uniese a las gentes de buena voluntad más allá de ideologías, doctrinas y creencias.

Sentí los efluvios de una caduca era de Piscis, con su ideología doctrinal y excluyente que se alejaba de este planeta. Se decía que las nuevas radiaciones acuarianas emergentes eran por el contrario integradoras, incluyentes y cooperativas.

Aquel rechazo tan visceral me inundó de un sentimiento de rabia e impotencia. Reconocía que, aunque mi sentir del Cristo cósmico era amplio y esencialista, tan solo con haberles dicho que mi persona era ortodoxa, podría haber abrazado a aquellos seres, comulgado con ellos y cantado sus cánticos en aquella noche estrellada de Reyes. Pero mi inmadurez no  me lo permitió.

¡Qué joven era!

¡Cuánta importancia otorgaba todavía a los pensamientos y creencias!

¡Cuánta identificación! Uff… seguí reconociendo que me faltaban unos cuantos retiros de silencio y desidentificación con eso que llamamos mente pensante.

Al poco, descendí los miles de escalones y regresé a la furgoneta. A las pocas horas y antes del amanecer, ascendí a otro de aquellos cilindros de roca, pero en esta ocasión la planicie de su cumbre estaba vacía, no había edificación alguna, allí me senté en ella a meditar. Estaba amaneciendo y respiraba una y otra vez la rabia que todavía traba de canalizar. Parecía que siglos de persecuciones, hogueras y matanzas tan solo por un mundo de las ideas, revivían ahora con todo su atavismo en lo hondo de mis células.

¿Cómo abrir la mente de aquellos que todavía pensaban en términos de exclusión?, ¿Cómo combatir aquella rancia estrechez de la letra pequeña de la vida y cómo abrir el corazón a una fraternidad universal más allá de las creencias y doctrinas?

De pronto apareció en mi mente una imagen que pondría de nuevo patas arriba mi vida. Un nuevo reto creador estaba germinando en mi pecho. En esta ocasión no sería un libro, ni tampoco unas cartas de consulta, ni siquiera un audio o un vídeo convincente… No… ahora lo que haría… lo vi claro.

¡¡Un juego de mesa!!

Un juego que expandiese conciencia y colase diplomáticamente la apertura y profundidad inocente y lúdica que en mi pecho latía. Allí nació el Antakarana, un poco como medicina ampliadora y otro poco como cabreo por lo sucedido en la noche. Aquel juego cuyo desarrollo me demandaría un año y que enseñaría a sus futuros jugadores una integración de la dualidad en este caso, de la astronomía y astrología, integraría tanto la ciencia como el arte. Sentía necesidad de dejar claro de que el cielo estrellado e infinito integraba a todo ser vivo, más allá de sus creencias sectarias. Sí, aquel juego era lo más interesante que podía hacer en aquel momento, era la semilla de cultivo y enfoque que me llevaría de vuelta a mi casa de Tenerife. Al día siguiente dejaría mi antigua vida y comenzaría un proyecto que encendería mi camino de tensión creativa.

Aquella misma noche sabía ya que la mecánica de aquel futuro juego se inspiraría en el conocido y tradicional juego de La Oca. Una inspiración que a partir de aquel momento y durante doce largos meses, me llevaría a dialogar horas y horas con astrónomos del Instituto Astrofísico de Tenerife, astrónomos que me hablaron de las estrellas y permitieron a mis ojos mirar por telescopios.  Tomé asimismo contacto con varios expertos en la psicología astrológica más avanzada. Desecharía la astrología predictiva de los horóscopos cotidianos y buscaría una psicología más profunda que llevase a la comprensión de sí mismo, a una psicología de las estrellas.

También conecté con Jan, un ilustrador alemán que realizó magistralmente la tapa de la caja en donde iría el tablero, los dados y las demás cartas y piezas del juego. Se trataría de un juego no competitivo. El primer jugador que tras una travesía de pruebas y obstáculos llegase al centro, a la luz, volvería sobre sus pasos hasta encontrar al último, y recorrería con él las pruebas que faltasen hasta completar su llegada. Los jugadores no sólo tenían que responder a pruebas de conocimiento, sino también realizar actos, comunicaciones, dibujos y experiencias vivas.

Con ello, el juego no sólo integraba la ciencia y el arte, sino también la vivencia y el conocimiento, así como la competitividad y la solidaridad. Suponía un enfoque de síntesis de todos los opuestos que habían sido zanjados brutalmente en aquella noche monasterial.

Durante un año me dediqué a crear este proyecto, el cual se editó y vendió en ferias especializadas y grandes almacenes, hasta que al cabo de varios meses se agotó. Fue un juego mágico llamado “Antakarana”, un nombre que había descubierto años antes en el monasterio de Montserrat, lugar en el que me había retirado a estudiar el “Discipulado de la Nueva Era” de Alice A. Bailey.

Recibí muchas cartas de reconocimiento y gratitud. En realidad aquel juego sirvió de base a muchos comentarios acerca de las vivencias a menudo familiares que los padres compartían con sus hijos. Su exitosa acogida se debió tal vez porque hasta entonces no había nada sencillo y lúdico que con un serio contenido didáctico pudiese ser compartido en familia.

Una vez concebido, materializado y distribuido en las redes comerciales el juego, y a su vez  comprobado que funcionaba bien, concebí un segundo juego que, en este caso, activase el corazón, la naturaleza y la vida.  Un juego en el que los participantes tuviesen que hacer pruebas de teatro, dibujo, danza… un proyecto didáctico “El Anahata” que a su vez combinase ecología, alimentación, vida natural, y en definitiva un proyecto todavía más vivencial. Se parecía al “Trivial” pero tan solo en su parte intelectual, ya que contaba con experiencias integrales de sentir, arriesgar, crear, representar, actuar… que le daban a la reunión una enorme magia de aprendizaje y autoconocimiento.

Reconozco que viajé mucho para realizar ambos proyectos, entre otros sitios me dirigí a Puerto Rico en donde Rafael Trelles, el pintor del tarot, Gradisa su compañera con su hijo Guillo, me recibieron con los brazos abiertos. Rafael pintó magistralmente los tableros de ambos juegos. Allí hubo mucha magia en el aire, entre otras cosas conocí a una gran escultora Dhara, (el fuego de Dios), una bella diosa de piel oscura a la que amaría y viajaríamos como cómplices hacia el conocimiento y la creatividad por las montañas andinas de Venezuela, las calles de New York y finalmente Barcelona.

Gracias queridos monjes. Vuestra coherencia con la fe me llevó a recrear el conocimiento.

Os deseo que las alturas y el silencio de lo profundo,  abran vuestros corazones.

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0 Comentarios
  1. paco

    25 junio, 2012

    de estrella a estrella
    y tiro porque me enseña…

    ¡quiero jugar!

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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