Oración y meditación. Creencias privadas y palabras de trascendencia universal.
Por el 5 abril, 2014

En el espacio de crecimiento integral que cada día ocupa mi trabajo con la Escuela de Desarrollo Transpersonal, observo que al practicar meditación en grupo y así cultivar colectivamente la dimensión profunda, hemos conscientemente evitado, el pronunciar rezos y otras verbalizaciones semejantes. Con ello lo que sucede es que quien desee realizar tales formulaciones, lo hace en el nivel íntimo y privado de su persona.

Ante esta realidad uno se hace varias preguntas:

¿Por qué hemos soslayado esta bella acción de orar que tan presente está en todas las tradiciones espirituales? ¿Por qué en nuestro caso, honrando y valorando la oración, la hemos orientado a la más completa privacidad? ¿Por qué ha hecho esto una Escuela como la nuestra que paradójicamente acompaña la formación académica con prácticas de silencio y meditación?

La respuesta es simple: Al sentirnos inmersos en el proceso integrador de culturas que acontece en el mundo actual, hemos elegido la universalidad más propia de la esencia que de la mente y sus formas. Y sin duda esto supone además una apuesta por la coherencia con esa identidad profunda que vamos desplegando. Una identidad que en su manifestación va más allá de los dogmas, las ideologías y las creencias. En realidad, como escuela, ni somos ni queremos vivirnos desde un pensamiento sectario o posicionarnos como religión.

Observamos que entre las palabras que formulan la mayor parte de las oraciones que conocemos, suelen subyacer creencias encubiertas e institucionalizadas. Me refiero a creencias sobre lo que sentimos como Dios, creencias sobre el más allá de la muerte, creencias sobre la vida y la felicidad, creencias sobre el alcance evocador del pensamiento, creencias y más creencias… sobre las que suelen apoyarse las verbalizaciones dirigidas a nuestra particular idea del misterio divino, o como queramos llamar al plano de lo Absoluto y sin causa.

En realidad, es muy normal que las personas con una educación religiosa, cuando se encuentran afligidas, eleven sus emociones y decidan rezar. Imaginemos entonces que pronuncian algo tan cotidiano y sencillo como:

“Dios de cielo, danos consuelo en estos momentos de dolor”.

Pues bien, al pronunciar tales palabras estaremos diciendo que creemos en un Dios como ente invisible que está en algún plano desconocido sin ser visto, y que nos escucha cuando le hablamos. Sin duda esto es una creencia de la que no todo el mundo participa; el Budismo por ejemplo no cree en un Dios creador que está detrás de su creación al uso cristiano, en todo caso reconoce a Buda, un hombre lúcido que alcanzó el estado de liberación y trascendió el sufrimiento. Y en esto momentos en el mundo hay más de 2.000 millones de budistas. Y también decimos en creencia implícita, que este Dios tras escuchar mi oración, tiene el poder y la voluntad de complacerme emitiendo un “algo” mágico que va a transformar mi vida. Una segunda creencia que aunque subyace en el contexto del consuelo de la mayor parte de las religiones, tampoco todos los seres participan en ella.

Y aunque bien sabemos por nuestra cultura psicológica y los descubrimientos de la neurolingüística que el simple hecho de pronunciar lo que anhelamos, evoca en nuestra mente realidades que ya de por sí alivian, el hecho de pronunciarlas envueltas en creencias acerca de un poder llamado Dios y el compasivo milagro que conlleva, hace que tal acción sea en sí misma “religiosa”.

Por todo ello pienso que si la Escuela de Desarrollo Transpersonal “rezase en grupo”, entraría tarde o temprano en contradicción con las creencias de sus múltiples alumnos procedentes de múltiples partes del mundo que en ella se forman. La Escuela en realidad alienta el cultivo de la espiritualidad como una forma de maduración personal y de sana ampliación del horizonte existencial; y como bien sabemos la espiritualidad es entendida como una vivencia íntima más allá de dogmas y creencias.

En este contexto hemos investigado en ocasiones qué pasa al crear por ejemplo de forma grupal y consciente otro tipo de oración, por ejemplo así que suene así:

“Reconocemos una “Realidad Una” más allá
de nuestras pequeñas mentes pensantes,
una Realidad intangible e inabarcable que sentimos ES,
y que por el hecho de enfocarnos y respirar conscientes en ella,
nos sentimos reconfortados en la esperanza de mejora.”

¿Qué efectos tiene este tipo de oración? ¿Siguen acaso subyaciendo las mismas creencias que las de la oración atrás mencionada?

Tal vez en este caso la formulación se halla más allá de la posición patriarcal de un Dios Padre y un nosotros los hijos que “pedimos” milagros y bienestar. Cosa que sin duda merece el respeto más profundo a quienes así configuren su relación con lo divino. Tal vez esta última verbalización se halla algo más filtrada de creencias, pero si somos rigurosos deberemos reconocer que también señala una realidad más allá de nuestras mentes, y asimismo que el hecho de reconocerla, exista objetivamente o no, evoca alivio en nuestras personas.

En realidad la línea de la Escuela ha tratado en todo momento de ser universalista e integradora, y es por ello que me pregunto a menudo por qué me siento tan atento y “sensible” a las creencias religiosas de los seres que conozco en mis viajes por el mundo. No tardo entonces en recordar la potente programación que recibí cuando era niño por parte de mis educadores religiosos sin dejar de lado a mi querida abuela, que por otra parte era miembro activo de una cristiandad dogmática.

Con los años he observado que, tras dejar atrás en mi adolescencia aquellas reglas y ritos, también solté mis creencias acerca de todo un universo construido alrededor de ellas. Reconozco asimismo que aquellas primeras hormonas pudieron con las reglas. Y así, tras caminar ajeno a los códigos de mi abuela durante más o menos 14 años, me sentí finalmente vacío en el alma, y tuve de nuevo la necesidad de reencontrarme con las fuentes de energía esencial que diesen sentido a mi vida diaria. En realidad necesitaba volver a casa.

Recuerdo que en aquella búsqueda partí primero hacia los Andes tratando de resonar con las raíces chamánicas. Y allí percibí creencias relacionadas con la Madre Tierra y los elementales de la naturaleza. El cóctel que conformó mi mente con extraterrestres, chamanes, maestros, espíritus y mundos intangibles de una incipiente New Age, recorrieron mi percepción como si de los paisajes de un tren se tratara.

Más tarde partí decidido al otro punto del mundo, salí en busca de la consciencia. Mi ser necesitaba silencio y distancia con las emociones, los mitos y las fuerzas salvadoras externas. Así que no tardé en llegar a los Himalayas, un lugar del mundo en el que mis creencias tomaron distancia en el despliegue interno del Testigo y la Atención plena. Allí fui apostando por observar de manera neutra la desnuda vivencia directa de lo que sucede cada día dentro y fuera. Se trataba de observar entre otras cosas mis creencias, que más tarde se convertirían en hondas y silenciosas certezas. El Testigo transpersonal y siempre presente se había desplegado y las creencias con las que vivía identificado quedaban relativizadas.

Poco a poco fui comprendiendo cómo estos programas de la mente, programas llamados creencias, tenían el poder de “crear realidades” en este mundo ilusorio del samsara. Pues bien, una vez despertó mi consciencia, sucedió que tales creencias pasaron a otro plano de menor relevancia. Por lo cual sucedió que cuando conocía a alguien que defendía lo sagrado desde el puro “coco” y tan solo con conceptos dogmáticos en superficial “moralina”, es decir, sin vivencias hondas que lo avalasen, percibía el agrio sabor de una actitud sectaria. Algo que aunque virtual e intelectualista me inspiraba un profundo respeto ya que comprendí que el ser humano utiliza las creencias que necesita como programas recambiables en cada etapa de vida. Aquello dio origen a una máxima que tratamos de recordar entre terapeutas y educadores:

“Cada persona tiene las creencias que necesita”.

Lo que señala que a lo largo de la vida nuestra mente adopta creencias distintas sobre los temas claves de la existencia.

Comprendí asimismo que en aquel ciclo tocaba no sólo descubrir los restos de creencias que podían quedar en mis programas subconscientes, sino aprender a respetar la diversidad cultural planetaria que ante mis ojos viajeros aparecía en cada templo que visitaba.

No tardé en descubrir la dificultad que ofrecía debatir con quiénes no fuesen plenamente auto conscientes de las creencias que por sus propias mentes circulaban, y por tanto que no se hubiesen desidentificado de las mismas. Por lo que una y otra vez cuando salía a la palestra el “gran tema” del vivir, confirmaba a Don Quijote cuando dijo:

“¡Con la Iglesia has topado, Sancho!”.

Los unos por sus identificaciones con corrientes políticas y los otros por lo mismo con las religiosas, decidí mejor interiorizar tales temas, y reorientar la mirada a la contemplación silenciosa.

Me fui asimismo dando cuenta de que el fanatismo era uno de los peores virus que habían asolado la historia de los imperios y culturas de este planeta. Las creencias podían convertirnos en asesinos y sufridores infelices en nombre de Dios y la Patria. Y las gentes que no hubiesen observado sus propios programas mentales y, en consecuencia relativizado sus mandatos, me parecían más peligrosas que una ametralladora cargada.

Más tarde, cuando fundé la Escuela y con mis compañeros comencé a desarrollar un corpus de conocimiento académico, cuidamos todos de que éste fuese permanentemente acompañado de la vía de la contemplación y la atención plena. Así pues pusimos esmero en el no transmitir implícitas creencias en el kit de capacitaciones que nuestro proyecto ofrecía.

En mi caso y tras ejercer más de una década como psicoterapeuta transpersonal, me di cuenta de que la “verdad última” nunca podrían ser debatida, razonada ni programada. En realidad si quería expandir consciencia y facilitar entrenamiento mindfulness que proclama atención plena, no habría otra que promover una cultura del silencio y, desde el íntimo misterio que de ésta se revela, invitar a que cada cual conformase su visión lingüística del más allá del pensamiento a la medida de su consciencia.

Por todo lo dicho cuando en alguna ocasión quiero evocar el sabor de la trascendencia, construyo oraciones que no contengan creencias encubiertas, en todo caso señalo certezas universales que laten en la esencia.

Universo, abre mi corazón al tiempo que soy útil al alivio del sufrimiento
y la angustia de la vida humana”.

“Reconozco la verdad, la compasión y la belleza
que florecen en el alma humana”.

“Reconozco la bondad primordial y la inocencia que todo ser
en su íntima mismidad manifiesta”.

“Reconozco el respeto y reverencia que merece toda vida sobre la tierra
y honro la creación cósmica como fuente de amor y sabiduría del Misterio
en la infinitud de la Conciencia”.

“Reconozco que todos los seres merecen la felicidad
y eso orienta la acción plena de sentido de mi propio existir”.

“Qué todos los seres se liberen de la ignorancia y la inconsciencia
para abrir sus mentes y corazones a la lucidez y el amor que somos”.

Tal vez esta forma de orar conlleva un sentir transpersonal, un sentir que va más lejos porque comenzamos a trascender el pequeño yo, al tiempo que reconocemos a todo lo existente como movilizado por la misma Fuente. Se trata de momentos en los que sentimos que Eso es nosotros y que Eso es quien lo mueve todo, incluidas nuestras oraciones. Ya no hay diferencias entre el Padre y yo, entre La Realidad Suprema y yo, entre los valores nobles del corazón y yo. En realidad se reconoce que no hay tú y yo, sino que más bien se vive en una espaciosidad que puede nombrarse como NO DOS y que quizás es la antesala del último escalón de la carrera evolutiva de la Humanidad: la conciencia de unidad.

Desde este estado se siente que no puede más que proclamarse la benevolencia universal y manifestar que:

Todo es perfecto, incluidas las ganas que tiene nuestro pequeño nivel persona de cambiar las cosas”.

¿Cuál es la conclusión de esta reflexión?

Que la Escuela al ofrecer un proyecto de crecimiento que integra, por una parte, la capacitación maduradora de la persona, y por la otra la expansión de su autoconciencia, precisa de total honestidad y coherencia. Y esto no puede hacerse sin un exquisito cuidado a los contenidos sutiles de sus enseñanzas profundas. Reconozco que tan afinada labor nos demanda el permanecer atentos a desarticular cualquier rastro de “pensamiento único” que pueda surgir; es decir, una actitud cuya música resultaría tan estrecha como sospechosa.

Reconocemos que nuestra misión como formadores es estar atentos permanentemente a cualquier identificación que pueda surgir con ideologías espiritualistas o dogmáticas que en realidad nada tienen que ver con la sencillez y silenciosa vacuidad de la esencia. Un cometido que como equipo permanecemos atentos en este proyecto de vanguardia que aporta sentido a nuestra vida.

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0 Comentarios
  1. Fernando Guzmán Bousquet

    17 abril, 2014

    Me llama gozosamente la atención converger desde una cultura educativa distinta a las ideas acá expresadas por José María.
    Qué desafío nos depara el no dar vuelta la espalda a nuestra formación y a la vez abrirse a la conciencia universal, a respetar todas las creencias y a su vez depurar nuestro interior.
    Bello artículo.

    Un saludo y un abrazo,

    Fernando Guzmán Bousquet

  2. Su

    2 mayo, 2014

    Por alguna razón, desconocida aún para mí, abrí este artículo en el que me sentí primitivamente identificada. Y reconocí ese silencioso llamado interior a una búsqueda de la VERDAD más profunda. Inmersa aún en creencias adquiridas, reconozco encontrarme en el llano de esa apertura de conciencia universal, pero transitando lentamente hacia el desarrollo que vislumbro.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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