Observando

La religión cae y el espíritu se alza

Por el 11 octubre, 2010

¿Crees en un posible castigo después de la muerte, si durante la vida no has sido “bueno”?
¿Has oído alguna vez algo así?: “No voy a misa ni rezo, pero soy buena gente”.
¿Todavía consideras que hay que creer en algún Dios para vivir una vida espiritual?

Los sistemas de creencias de las religiones se programan tan eficazmente en sus seguidores que resulta muy laborioso desprenderse de las mismas. En realidad devenir libre de la moral religiosa y, de pronto, sentirse ajeno a las amenazas que ésta proclama cuando se desobedecen sus preceptos, es un acto natural en la evolución que, lejos de forzarse, debe suceder de la misma forma que se desprende el fruto del árbol. Tiene su momento.

Tal vez aquellos que en alguna medida hemos vivido en un tiempo en que la mayor parte de la sociedad occidental era religiosa, no podemos menos que sentir cierta nostalgia al contemplar la inocencia y la belleza, por ejemplo de los ritos hinduistas, ritos que asombran al humilde viajero que contempla como se reúnen cada día miles de personas junto al sagrado Ganges a ofrecer, pedir, y cultivar la esperanza de que les llegue lo que parece imposible.

Qué emocionante resulta contemplar la llamada “devoción” en el seno de estos pueblos. La devoción es un sentimiento obsoleto en Occidente, un sentimiento que entre los “creyentes” se manifiesta en una clara relación de amor con la divinidad. En realidad inspira un gran respeto la sencillez de estos devotos que bailan ambivalentes entre el amor y el temor. Sí, un amor incondicional por el que se vivencia la entrega desde la esencia, y también un temor que subyace a un Más Allá que aguardando al momento de cada muerte, parece contabilizar el bien y el mal acumulados. Sin duda aspectos que se hacen presentes, tanto en Fátima, como en Lourdes o en el mencionado Ganges… aspectos que conmueven al racionalista occidental, sobre todo el día en que se topa con ritos cristianos, en los que por ejemplo un sacerdote derrama agua sobre la cabecita de un recién nacido, como acción salvadora que se realiza ante una emocionada abuelita que hace la señal de la cruz inundada de respeto y reverencia.

Cuán admirable e inteligente resulta la trama que las religiones tejen para blindar de la ruptura y la desestructuración a los millones de familias indias, familias basadas en parejas que no se formaron precisamente desde lo que en Occidente llamamos amor, sino que fueron elegidas y decididas por el mandato de una tradición religiosa encarnada en la decisión del padre. En realidad el 20% de los 1.200 millones de indios, en la actualidad ya se casan por ese amor importado de occidente, un amor tan libre como pasional. Y según ellos el resultado de estas modernas uniones es un rotundo fracaso. Nunca atrás se habían dado en la India tantas rupturas en cadena. Realmente la cultura india vivencia que continuidad de la familia no era cosa de pensárselo. Se trataba de un Sí que implicaba no arriesgarse la terrible desaprobación de los padres, así como al rechazo de la sociedad, y a la iracunda amenaza de los cielos.

Lógicamente y para mantener tal mandato, la religión propone a las unidades familiares que en cada atardecer, canten y recen todos unidos, en ritos en los que los abuelos, los hijos y numerosos nietos, convocan a la Gracia y cultivan el vínculo sagrado.

Frente a esta realidad de hermosa apariencia, se hallan los mundos desarrollados de EEUU, Europa, Japón… mundos en los que la razón y el consiguiente imperio de la ciencia han barrido creencias basadas en la mítica fe de “creer en lo que no vimos”. Son países en los que hemos perdido a Dios, y sin embargo, a cambio se comienza por recuperar al Espíritu. En realidad para muchos seres, “Dios” suena a religión, y religión suena a cultura, suena a política económica disfrazada de culto, a tinglao ya escrito, obligado, institucionalizado y muerto. Al tiempo que el espíritu, lo espiritual, nos suena a íntimo, vivencial, trascendente, creativo y Transpersonal.

Mientras que religión se asienta en la mente, en el pensamiento, en palabras y creencias, por el contrario espíritu es corazón, intuición, silencio y hondura del sentir. En realidad si la religión separa a los seres por las ideas, el espíritu los une por el amor. Si la religión jerarquiza, el espíritu unifica. Si la religión tiene a Dios en propiedad, el espíritu Es en lo divino de la propia esencia. En realidad la religión nace tan solo para transmitir la vivencia espiritual original.

Mientras que las religiones hablan de amor, la vivencia espiritual realiza a éste en la anónima e infinita hondura de cada célula. Es por ello que una gran parte de seres humanos habitantes de países desarrollados, comienzan a valorar todo aquello que los puede conducir hacia la experiencia espiritual. Los nuevos buscadores ignoran a los neopredicadores y a los credos, por muy pulidos que estos se presenten. Y poco a poco también ignoran los templos en los que se proclaman los discursos del Buda o del Cristo con toque exótico y traducción simultánea.

Bien cierto es que todos merecen el máximo respeto, los unos y los otros. Todos responden a una edad evolutiva, a una parte de la propia mente, a un íntimo proceso, a un brote de la vida inteligente, sin embargo nos recreamos en discernir lo efímero del pensamiento dual, y lo Real que supone el infinito y despierto sosiego del océano Transpersonal.

¿Ha llegado ya el tiempo de vivenciar lo que tan floridamente se habla?
¿Ejercemos y expresamos ya lo que sabemos pronunciar? … Y aún así, ¡Todo está bien!

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0 Comentarios
  1. Lola

    11 octubre, 2010

    ¿Nuestros nuevos ojos y nuestra nueva mente lo verán?.
    …»La Espiritualidad unirá la lucha de religiones…»

    Palestina es la Tierra Santa de los cristianos, es la tierra bíblica de los judíos y en ella se encuentran varios lugares sagrados para los musulmanes..
    Desde esa mirada transpersonal este macro-cosmo es lo mismo que el micro-cosmo humano.
    Cuerpo-mente-espíritu.
    Seguiremos caminando y expandiéndonos, hasta que todo pueda ser integrado y alejado de intereses y por ende, fuera también lo será.

  2. Elena Carlota

    13 octubre, 2010

    Namasté! Gracias por este hermoso texto. Siempre sentí en lo más profundo de mi ser la llamada del Espíritu. La religión no dio respuesta a esa llamada. A lo largo de los años he ido aprendiendo de aquí y de allá, como Siddhartha, disciplinas que me condujeran hacia la Verdad. Encontré la conexión con la Esencia por medio de la meditación, de la Presencia. He llegado a constatar la verdad de que esa Esencia es la misma para todos los seres que existen; la que se manifiesta y expresa en cada uno de nosotros de manera peculiar, única e irrepetible. Las religiones de por sí, si se quedan en meras creencias y en vacías prácticas no conducen a al evolución del ser humano… Es hermoso despertar y contemplar el horizonte: el mismo para todos los seres.
    Gracias por estos textos tan preciosos.

  3. Bodi

    13 octubre, 2010

    Nada es despreciable, todo tiene cabida en su justa medida, siempre que prime el «sentir» del espíritu en pensamiento, palabra y obra, y que prevalezca ante las ideas alienantes y traumatizantes de moral dogmatico-religioso. Todo redunda en favor del equilibrio del alma, y ésta tiende siempre a aunar opuestos y amar «lo otro». Un buen ejemplo para mi lo constituye lo paradógica y razonable que es mi hija; recuerdo que en una ocasión estando en un hotel en Madrid me dijeron: esta niña, si no fuera porque se parece a la madre, diría que la han adoptado en la India. Si bien, se obsesiona con que no le falte comida, he llegado a pensar que en otras vidas ha pasado hambre, no obstante, cuando va al extranjero se aburre de las burguer y añora la sopa de puerros o las espinacas gratinadas. Es sumamente tolerante pero sabe disfrutar de todo lo que se le presenta en la vida, y de vez en cuando me dice «mani, rezamos», esto es, con devoción, no por obligación. Todo está bien, vivenciando y discurriendo con la vida. Un abrazo a tod@s.

  4. Luz

    15 octubre, 2010

    «Dios no es venganza, Dios es Amor.
    El único castigo que impone consiste en obligar, a todo aquel que interrumpe una obra de amor, a continuarla»

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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