Sin afán de provecho
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Sin afán de provecho

Por el 17 octubre, 2011
Cuando era joven me hice miembro de una “sociedad secreta” que se constituía y operaba en grupos de siete miembros. El propósito de pertenecer a la misma, era desarrollarse mental y espiritualmente a fin de ejercer un competente servicio a la Humanidad, una forma de reconocer la propia misión con la que navegar por el mundo.

Recuerdo que la atmósfera de aquellos rituales, así como las ceremonias y ropajes que acompañaban la transmisión del conocimiento, era de corte esotérico y su funcionamiento era tan solemne como ceremonial. En realidad, los conocimientos allí impartidos, resumían la antigua sabiduría, la ciencia contemporánea y una espiritualidad transreligiosa.

Reconozco que uno de los factores en los que se hacía más hincapié, era lo que puede denominarse como: “La impersonalidad del iniciado” o “el anonimato del servidor”, una manera de señalar que todo servicio sincero al desarrollo integral del ser humano, debía realizarse sin provecho personal alguno, es decir, que tan solo debía bastar el goce de sabernos útiles en la modesta cuota de acción que cada uno podía aportar, sin buscar el reconocimiento externo ni provecho material por tales acciones.

Y lo curioso era que para ritualizar tal entrenamiento de impersonalidad, era obligación de los miembros que conformábamos cada una de aquellas heptadas, el llevar puesta una máscara que tapase nuestro rostro mientras duraba el encuentro. Sin duda un proceder por el que se primaban los hechos frente a las palabras, así como una menor atención al ego en beneficio de aspectos más hondos y esenciales del ser.

Se trataba de un entrenamiento que de alguna forma recordaba esas palabras del evangelio: “Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto. O bien: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean”.

En realidad, una gran parte de la raza humana aunque actualmente sea agnóstica, de alguna forma tiene larvado en su subconsciente la creencia de que toda acción solidaria, es decir de servicio a la humanidad, es directamente contabilizada por un angelito que va tomando nota y acumulando puntos. Se cree que una vez llegada la muerte, todos esos bonus favorecerán el tramo de acceso y la calidad de acomodo en el Más Allá.

Tal vez esta idea, cuando es procesada por otros niveles de conciencia que el de la pura visión mítica, lleva a cuestionarnos cualquier existencia de “juicio” sobre nuestros actos, incluido el famoso “Juicio Final” que parece avecinársenos a la hora de la muerte. Un cuestionamiento por el que no tardamos en proclamar la inocencia cósmica de todo ser, incluso por “asesino en serie” que parezca.

En realidad, y a poco que indaguemos, descubriremos que nadie es en verdad un asesino o un santo. En todo caso, lo único que podemos vislumbrar es que “su conducta” es asesina o virtuosa, pero no que ese ser sea un asesino o un santo, ya que el ser ES, y eso significa mucho más que un cliché parcial de una o muchas conductas condicionadas.

Podremos clasificar conductas, denunciar conductas, protegernos de conductas, castigar conductas, todas ellas inherentes al complejo nivel persona, pero sería una osadía tratar de encerrar la esencia infinita de un ser humano en un cliché reduccionista y condenatorio.

Nadie conoce la íntima subjetividad con que nuestra mente opera e interpreta todo lo que percibe y que a su vez, moviliza a la acción. A poco que profundizamos en el camino del autoconocimiento, tendremos más respeto y suspensión del juicio a la hora de mirar y mirarse.

“Conócete a ti mismo y conocerás a Dios”, decía el oráculo de Delfos.

Pues bien, aquellos antifaces que uno utilizaba en los rituales sagrados de aquella Orden esotérica, no eran otra cosa que un intento ritual de honrar la esencia intangible. Con aquel disfraz se trataba de ocultar el rostro, a menudo demasiado manipulador, al tiempo que se tomaba conciencia de todo el juego sutil de seducciones e influencias emocionales que tienden a contaminar la pureza de nuestro quehacer, y a menudo la grandeza de nuestros propósitos.

La búsqueda a ultranza de reconocimiento y gloria en el ser humano, señala un implícito temor psicológico y un bajo grado de autoestima; una búsqueda siempre legítima pero que en nada resuelve aspectos tales como la carencia egoica, el auto desprecio y el hondo dolor con que cada uno viaja por la vida. Tal vez un puntual reconocimiento público pueda actuar como analgésico para quien se sienta avergonzado o bien herido por determinados hechos, hechos a menudo “olvidados” no solo de su propia biografía, sino también de la de su propia familia.

Es por ello que la sanación no estará en el busto de piedra, ni en la placa, ni en el aplauso, ni en el puesto de poder, ni en el éxito social, aunque a nivel persona todo esto ayude. La verdadera medicina que devolverá la conexión esencial y hará renacer la paz perdida, se hallará en el servicio desinteresado y en el alineamiento con valores que más tienen que ver con la sobriedad y la coherencia, que con el clamor de fotógrafos y articulistas.

Estamos solos y moriremos solos por más gentes que nos rodeen, una soledad que se atraviesa mientras terminamos por reconocer que la fuente del amor, no está en ese abrazo romántico, ni en ese puesto de reconocimiento, ni en ese título de poder… sino en el seno del Misterio que late en nuestro corazón.
Bien sabemos que el trabajo evolucionario es cada vez más hondo y silencioso, y que la sanación profunda vendrá desde la serena aceptación de lo que hay y el reconocimiento de la sabiduría que subyace tras lo que sucede.

“No habrás vivido un día perfecto, aunque te hayas ganado un sueldo, si no has hecho algo por alguien que nunca será capaz de devolvértelo”.

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0 Comentarios
  1. lola

    18 octubre, 2011

    …Nadie conoce la íntima subjetividad con que nuestra mente opera e interpreta todo lo que percibe y que a su vez, moviliza a la acción. A poco que profundizamos en el camino del autoconocimiento, tendremos más respeto y suspensión del juicio a la hora de mirar y mirarse.

    Desde este «sueño»…¿qué diferencia existe entre un personaje disfrazado de gótico y una hoja al viento?….

    ..»La obra es al Artista, lo que el Artista es a Dios».

    La íntima realidad no está al alcance de la vista…y si la ves, ¿qué disfraz llevas puesto?

  2. hbueno80

    21 octubre, 2011

    tengo poco en practicar la meditacion ya que por necesidad y desesperacion de dar un cambio a mi vida, accidentalmente di conun audio de Jose Maria, me impacto y sirvio de mucho. No me canso de escucharlo y quisiera sconocer mas, mucho mas de la meditacion.
    saludos

  3. Laura

    26 octubre, 2011

    Qué bonito… Gracias¡¡

  4. JAVIER

    19 diciembre, 2011

    La soledad es fecunda cuando es sublimada en el altar del amor por un compromiso de vivir y morir, en la abundancia y en la escasez, con un amor desinteresado y sin condiciones que nos hace gozar siendo servidores y servidos. «Todo nace del amor predica un aforismo sufí, porque «Tu Corazón es mi morada», de la misma manera que sin mérito y gratuitamente lo es nuestro propio corazón. Dice el evangelio: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa pero hágase tu voluntad y no la mía». Y este es el gratuito regalo inmenso que el Univeverso en su Esencia nos hace para que comprendamos que nunca caminaremos solos, mientras dure el tránsito, el paso, el pereginaje hacia EL Oceáno Amoroso como final y principio de todas las cosas y seres.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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