Tenía un proyecto
Mágico vivir

Tenía un proyecto

Por el 4 junio, 2012

 

Cuando alguna vez dudo de si detrás de las apariencias existe una red de conciencia que teje un Plan de Vida, acude a mi mente lo sucedido en una carretera española, un episodio que deja pequeño el término casualidad.

Era la década de los 80 y mi vida fluía con mucho movimiento de aventura y búsqeda. Había salido de Inglaterra días atrás y acababa de llegar a Madrid rodando sobre mi moto, una potente Honda 1.100. No permanecería en Madrid más horas de las justas con lo que me disponía a partir hacia Algeciras y embarcar allí en un Ferry en dirección a Tenerife.

Una hora antes de salir, sonó el teléfono, era Cristina, me gustó mucho oírla y al poco quedamos en la gasolinera para tomar un café y despedirnos.

¡Oh Sorpresa! Cuando esta llegó traía un inesperado regalo, lo abrí curioso y agradecido, y de pronto, apareció un reluciente casco negro. No pude evitar fruncir el ceño un tanto contrariado… hacía ya muchos años que había soltado todo intento de llevar casco, por lo que conducía mi moto “a pelo”. En realidad y por sensatez había probado en variadas ocasiones a rodar llevándolo, pero tras sentir la abismal diferencia que suponía una vivencia respecto de otra, había decidido rotundamente circular de forma libre y no dejar de sentir en directo todos los vientos y los juegos de la curvas, vivenciando esa deliciosa tensión que conlleva el contacto con la naturaleza.

Reconocía que aquello del casco era una medida de seguridad y a excepción de Inglaterra en donde era legalmente obligatorio, no estaba dispuesto al acartonamiento de esas sensaciones de vuelo que me producía la intensidad del viento en la cara. No estaba dispuesto a renunciar a la gama de olores y sonidos que aparecían mientras rodaba con los sentidos bien abiertos y manteniendo mi atención enfocada y despierta. No estaba tampoco dispuesto a perder la insustituible sensación de libertad, de aventura y de riesgo que me inundaba al rodar velozmente con ese juego de desnudez y balanceo en el que uno volaba literalmente por el mundo. Para mí el rodar con casco era lo mismo que galopar sobre un brioso caballo vestido con una armadura.

En tal época agradecía que todavía en España se pudiese circular sin casco. De hecho años más tarde cuando nos hicimos “civilizados” y tuvimos que usarlo sí o sí, muchos motoristas poéticos y soñadores, sufrimos una gran pérdida.

Pues bien, en aquel momento Cristina me hacía un regalo con un ruego que no pude menos que sentir exagerado. No se trataba de decirme “te regalo este casco para que te cuides”, no. Era mucho más contundente.

Por favor, me vas a prometer… que ahora mismo desde esta gasolinera… que ya te conozco, y a los tres kilómetros vas parar, te vas a quitar el casco y meterlo en la maleta… te estoy pidiendo que me prometas que durante todo este viaje no te lo vas a quitar…. ¿Verdad que me lo vas a prometer? … ¡¡¡Todo el viaje!!! ¿Vale?, ¿vale?…

Cristina no hacía de madre conmigo, era una gran cómplice y habíamos hecho muchos kilómetros juntos en moto y sin casco. Me sorprendía de pronto aquella actitud tan insistente, sobre todo porque su confianza en mi conducción era tal que en una ocasión, viniendo conmigo en moto desde Galicia a Madrid, se llegó literalmente a dormir sobre mi moto. Por ello su insistencia en que ahora me pusiese el casco, casi obsesiva, me sorprendía todavía aún más.

Su ternura y amorosa recomendación me fue calando dentro. Así que aunque fuese por complacerla y darle la paz que pedía, decidí ponerme aquella terrible burbuja plastificada, asumiendo que a partir de aquel momento, mi rodaje sería más un desplazamiento técnico que aquel habitual vuelo vitalista que constituía mi ir y venir por el mundo.

Nos despedimos. Mi moto se fue alejando al tiempo que su bella imagen en el retrovisor se hacía más y más pequeña…  Y rumbo al Sur, enfilé carretera hacia Algeciras apretando el puño del acelerador.

Ufff sentía lo diferente y aséptico que resultaba aquel blindaje que me impedía palpar el viento. Por otra parte, el ruido del tubo de escape también estaba amortiguado y en realidad aunque tenía tentaciones una y otra vez de parar y quitarme aquel artefacto, recordaba las palabras insistentes de Cristina,

“Prométeme que no te lo vas a quitar”.

Pues bien… ¡¡Ah!! Misterioso destino. Sucedió que a la altura de Sevilla, cuando llevaba recorridos unos doscientos cincuenta kilómetros, y circulando a mi velocidad de crucero que eran 180 kilómetros por hora sobre un tramo de carretera absolutamente recto, la moto hizo un movimiento inesperado que nunca supe el porqué ni posiblemente lo sabré. El caso es que de pronto resbaló… y… salí disparado hacia arriba mientras ella caía y se arrastraba por la carretera adelante. Pero lo que fue realmente inexplicable es que ya suspendido en el aire y mientras caía, mi percepción se ralentizó en una increíble “cámara lenta”, permitiéndome observar absolutamente todo lo que sucedía, incluidos los pensamientos que durante aquellos instantes aparecían en mi mente.

Me vi volando literalmente en el aire, hasta que caí al asfalto detrás de la moto. Era increíble, no había rastro alguno ni de miedo ni de extrañeza… me daba cuenta con total nitidez de todos los detalles. De pronto al impactar sobre el asfalto, oí un fuerte “crak” dentro del casco que ocupó toda mi percepción. En aquel instante sentí que si aquel impacto en mi cabeza no hubiese estado amortiguado por aquel protector, no seguiría vivo. Se hizo entonces presente Cristina con toda nitidez.

A todo esto, podía ver mi moto como resbalaba delante de mi cuerpo, dando giros y giros al tiempo que sacaba chispas del roce metálico con el asfalto. Yo la seguía más o menos a dos metros y registraba como ambos resbalábamos a toda velocidad y sin posibilidad de freno por el centro de la carretera. Así lo haríamos hasta que acabase la inercia o nos arrollase un vehículo que en ese momento circulase coincidentemente en sentido contrario, cosa que no habría sido de extrañar ya que era carretera general y eran las 5 de la tarde.

Observé que mi cuerpo iba haciendo una especie de surfeo sobre mi trasero como único punto de contacto sobre el asfalto. Algo me decía que debía mantener el equilibrio de esa increíble postura todo lo que fuese capaz y con los codos bien en alto. Sabía que si no soportaba la tensión de deslizarme y dejaba mi cuerpo girar, me rompería no sólo los codos sino tal vez muchos huesos. Reconocía la enorme velocidad que llevábamos en ese deslizamiento de más de 100 kilómetros por hora. Debimos recorrer unos largos trescientos metros hasta que la moto ya a muy poca velocidad chocó contra una valla metálica de carretera, y yo con ella detrás.

Una vez detenido, mi percepción cambió del modo “cámara lenta” a su habitual velocidad, al tiempo que me pregunté cuántos huesos me habría roto.

No lo podía creer, la suerte como tal se quedaba corta… parecía un milagro… tan solo un rasguño.

Pensé que si contaba algún día lo que acababa de vivir, nadie me lo creería. Pensarían que en algún punto de mi relato estaría exagerando. Una vez más aquello no era lógico, ¿qué era entonces?, ¿translógico? Me estaba  levantado del suelo como el que se levanta de una siesta, al tiempo que me preguntaba.

¿Qué me ha salvado?

Primero pensé en Cristina con ese infinito amor que va más allá de lo conocido… aquel tremendo impacto en la cabeza lo más seguro es que hubiese sido mortal. En segundo lugar aparecía en el juego el factor “misterio”, favoreciendo que en aquel preciso instante del accidente, el tráfico pareciese que se había detenido. Era curioso que ningún vehículo circulando en sentido contrario se hubiese topado con una moto de 400 kilos que como un torpedo se lanzaba disparada hacia su capó con un señor detrás incluido en el kit. Y por último y en mi caso, concurría una increíble fuerza atencional que brotó en mi naturaleza, permitiéndome resbalar sin girar, mirando al cielo y en perfecto equilibrio.

Lo curioso de esto es que el roce sobre el asfalto no dejase más que un rasguño casi inapreciable en mi pantalón, ¡Qué calidad de vaqueros! Pensé, aún así me pregunté.

¿Iría flotando?

Tal vez nunca lo sabré. En cualquier caso mi destino no era morir en aquella carretera, posiblemente tenía muchas cosas interesantes y creativas que vivir.

¿Sabemos cuándo vamos realmente a morir? ¿Acaso si nos sentimos en mitad de un “proceso” en complicidad con el Universo, intuimos que no es tiempo todavía para morir, y pasan milagritos?

Esa y otras preguntas me hacía, aunque la energía fundamental que barría mis pensamientos era el mirar adelante. Había un barco que me estaba esperando y todavía kilómetros de carretera por rodar. Ya indagaría cuando contemplase las estrellas desde cubierta.

Al poco, logré levantar la pesada moto, probé a arrancarla y comprobé que funcionaba a la primera. A ella también le había sucedido algo insospechado, ni un arañazo. Me monté sobre aquella compañera de camino, y partí hacia Algeciras sin abrir mi mochila ni para cambiarme de pantalones. Finalmente llegué puntual al barco.

Aquella noche, contemplando el mar y el cielo azul estrellado, sentí que quizás no había muerto todavía porque tenía un proyecto de luz en mi corazón. Un proyecto que realizar día a día en el mundo.

Y sentí que quien tiene un proyecto tiene un tesoro.

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0 Comentarios
  1. CARMEN

    12 junio, 2012

    Todavía estoy impresionada del relato de esta experiencia.
    Conforme lo leía lo iba visualizando.
    El destino ?
    La suerte ?
    Cristina ?
    Sea lo que fuera, agradezcamos que hoy podamos disfrutar de las enseñanzas, de la bondad y de la sabiduría de D. José María.

JOSÉ MARÍA DORIA

Presidente-Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal y la Fundación para la Educación y el Desarrollo Transpersonal.

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